lunes, 31 de octubre de 2016

SOBRE LA MANIPULACIÓN


En La tarea del héroe (Premio Nacional de Ensayo de España, 1982), Fernando Savater propone una ética “cuyo fundamento es comprender al hombre como ser activo” (reseña de la contraportada del libro). La ética debe ser el objetivo de la política, pues de otro modo la democracia seguirá siendo apenas un ideal, pero no una forma política efectivamente existente aquí y ahora.

Desde hace un poco más de diez años, cuando leí por primera vez esta obra, La tarea del héroe se convirtió en un referente permanente para muchas de mis actividades como docente, y alimenta muchas de las reflexiones que me ocupan, las mismas que comparto periódicamente con los amigos que me visitan o que generosamente se asoman a mis textos.

La única complicidad que intento establecer al escribir es la que se sustenta en la afirmación del derecho que a todos nos asiste para encontrar razones comprensibles y válidas con respecto a las decisiones que tomamos en cada escenario en el que actuamos. Es un derecho de todos y ejercerlo nos permite con-versar con nosotros mismos y con personas cercanas (no física sino existencialmente).

Dice Savater que “Cuando se manipula a los hombres, aunque se empleen para ello palabras o signos de otro tipo, siempre es el peso de la necesidad lo que les abruma, la mano asfixiante de lo irremediable, de lo que carece de alternativa y elección”.

Se manipula, pues, porque hay desesperación, porque no se ven salidas, porque no se comprende qué amenaza pende como espada ominosa sobre quien acepta la “guía” de un “líder”, de alguien que ofrece respuestas para preguntas que pocos hacen, como sucede con los estudiantes de todos los países en todas las latitudes cuando aceptan que un “profesor” (pocas veces un maestro) responda a sus inquietudes. Los maestros, por supuesto, no dan respuestas: contra-preguntan.

A la desesperación no se puede responder con fórmulas. Primero, porque a los desesperados (quienes no han encontrado razones para la esperanza) no los mueven las mismas motivaciones (es tan variada la forma como nos agreden, y son tantos los modos como nos desencantamos). Si nos muestran que lo irremediable es perdernos, y perder la razón de soñar, de creer, de inventar, de crear; y si aceptamos que lo irremediable es real, probablemente aceptaremos que necesitamos un guía, algún mesías que se ofrezca como generoso orientador de grupos, comunidades o países, como líder o gobernante, para que señale el camino que debemos transitar.

Segundo, porque padecemos circunstancias diversas: experimentamos situaciones que nos confrontan con personas cercanas, con normas, con poderes, con afectos, con recelos, con deseos.

Tercero, porque las llamadas “fórmulas”, cuando se piensa en aplicarlas a la vida, muestran su improbable capacidad de acertar. La vida es dinámica y sabemos que dos situaciones problemáticas que parecen similares no producen los mismos resultados cuando se emplea para resolverlas una única vía. La dimensión causal de cada evento se compone de innumerables elementos, la mayoría de los cuales no alcanzamos a percibir.

Y Savater sigue: “…el énfasis en la mano que el término manipulación comporta, y que podría aparecer a primera vista como una limitación o una inexactitud (cuando se refiere a humanos) aporta connotaciones que no dejan de ser fundamentalmente relevantes para intensificar la noción intuitiva de que estamos tratando: se refuerza la idea de posesión en su sentido más inmediato y físico, destacando el carácter material y, por tanto, necesario —o que juega con necesidades— del proceso, y también se facilitan imágenes de moldeamiento, experimentación y empleo minucioso o esmerado de instrumentos con vistas a un fin. Todas esas connotaciones cobran su pleno sentido a la luz del resto del significado de manipulación, esto es, el de que se refiere exclusivamente al manejo de cosas.”

Así, pues, quien manipula cosifica a los sujetos. Por ello el término resulta más que adecuado para referirse a la intención del manipulador de transformar a los manipulados en cosas, en objetos inertes y “sin posibilidad alguna de subjetividad racional y de iniciativa creadora”.



El manipulador crea los escenarios propicios para lograr su cometido. Se rodea de aquellos a quienes ha manipulado previamente, mediante el ejercicio de otorgarles pequeñas dosis del poder que detenta, a través de discursos irrefutables (“sustentados” en creencias, en entelequias, en “verdades” que se imponen por la fuerza o por la apropiación excluyente de recursos, entre ellos de la información o el conocimiento que permitirían desnudar sus intenciones).

El manipulador agrede del modo más infame a quienes manipula porque los convierte en cosas suyas. Los separa de lo que podrían alcanzar por su iniciativa y su fuerza propia, les niega la posibilidad de saber, de pensar, de elegir. Lo logra ocultando lo que contraviene sus ideas, o falseándolo, o inventando lo que conviene para alcanzar su propósito.

En Colombia (en el mundo entero, mejor) se miente y se manipula en todas las esferas del poder, tanto en las del Estado como en las de las colectividades que lo mantienen, en los rígidos círculos de quienes se proponen como guías incuestionables de otros, en las instituciones “educativas” (en la medida en que todas ellas suscriben un discurso incontrovertible que se traduce en unos programas con determinadas orientaciones y en unos estatutos que generalmente abarcan dimensiones que van más allá de la expresa “intención” de formar en una disciplina a los estudiantes que se matriculan). Cada quién sabe en qué otros escenarios, comenzando por aquellos reducidos ámbitos en los que crecemos.

Hago estas anotaciones porque en nuestra historia reciente es cada vez más evidente que hay manipuladores en casi todas las esferas de nuestra vida. En la política abundan.

La reflexión puede extenderse, pero para comenzar valdría la pena que nos pensemos y que des-cubramos cómo y por qué actuamos.


Con el guiño, un abrazo.

miércoles, 5 de octubre de 2016

DESPACIO, QUE HAY PRISA...

- ... Hay cosas capaces de moverse, que tienden a un fin,
y hacen esfuerzos para conseguirlo. Pues bien, si en cada
uno de estos arranques pasan al lado del fin o meta sin
tocarlos, ¿procede esto de que se mueven con medida o,
por el contrario, de que se ponen en movimiento sin ella?
- Sin medida, evidentemente.                                           
Platón, El sofista o del ser.


Hablo de proceso de paz, del plebiscito del 2 de octubre, de este país.

Que no hubiera "Plan B" en ningún caso (que ganara el SÍ, que ganara el NO) no es demasiado grave. En La Perrilla, de Marroquín leemos:

"Es flaca sobremanera
toda humana previsión,
pues en más de una ocasión
sale lo que no se espera."

Y como el resultado de las urnas ha sido inesperado para todos, ahora resulta que se buscan por todos los medios argumentos de los que no se disponía, y de nuevo se apela a opiniones poco consistentes, sobre todo emotivas, para "cercar" a los contradictores, o para eludir compromisos, o para "demostrar" que las razones de un lado pesan y valen más que las del otro.

Y como hay prisa, porque las condiciones pueden variar, porque el "diálogo" ya no es entre dos sino entre tres, es necesario considerar el panorama con la complejidad que tiene, porque el simplismo, el reduccionismo y el apasionamiento nos llevan a no ver (a distinguir) ni el bosque ni los árboles.

No creo que quienes promovieron el NO en el plebiscito del domingo 2 de octubre sean ingenuos. No creo que su idea de que "se hizo entrega del país a las FARC" tenga sustento sólido: saben que los acuerdos que se sometieron a refrendación son el resultado de arduas discusiones que tomaron algo más de cuatro años; saben que los negociadores del gobierno no son ni miembros, ni cómplices, ni simpatizantes, ni voceros de las FARC; saben que las conversaciones llevaron a momentos álgidos y que hubo más de un momento en el que estuvieron a punto de suspenderse, saben que cuando se negocia los límites de un posible acuerdo los fijan los interlocutores de cada parte...

Los negociadores de las dos partes llegaron a la conclusión de que el acuerdo final era el punto medio de la discusión. Por eso se redactó el documento y por eso se planteó la firma.

Ahora el asunto es de interpretación. Veamos:

En el escrito de Iván Duque Márquez, vocero del Centro Democrático, publicado por el diario EL ESPECTADOR en la edición dominical del 2 de octubre, se plantea que "Con el NO estamos pidiendo que se corrija el artículo 36 del Acuerdo de Justicia, que contrario a lo que dice nuestra Constitución, está permitiendo que los máximos responsables de crímenes de lesa humanidad puedan llegar a cargos de elección popular." (sic)

El simplismo en la formulación deja de lado contextos, condiciones y resultados del acuerdo. Primero, porque lleva a pensar que no hay juzgamiento, que no hay exigencia de verdad, que no hay reparación, que no hay penas privativas de la libertad y de derechos (por ejemplo, a elegir y ser elegidos, para quienes no se sometan a las condiciones pactadas). Obviamente, las penas de una Justicia Transicional no son las mismas que prevé la justicia ordinaria, porque entonces no habría acuerdo. Segundo, porque olvida que decenas de países del mundo y organizaciones internacionales (incluidas la ONU, la OEA, Aministía Internacional, Human Wrights Watch, la Unión Europea, para mencionar algunas) harán el seguimiento de cada paso que se dé en la implementación de cualquier acuerdo (el pactado o el que resulte de una "re-negociación", aunque creo que se trata más de unas precisiones para quienes leyeron mal). Tercero, porque desconoce el fundamento de un acuerdo de paz entre quienes se han enfrentado en una guerra: no se trata de "vencer" y "someter" a la contraparte, negándole cualquier posibilidad de actuar, sino de construir un escenario en el que quienes negocian puedan seguir actuando sin tener que regresar a la situación previa (es decir, a la confrontación con armas "legales" e "ilegales").

Sigue Iván Duque: "Con el No estamos pidiendo que se corrija el artículo 38 del Acuerdo de Justicia, donde se quiere convertir el asesinato de soldados y policías en un delito conexo al delito político con fines de amnistía, llamándolos `muertes en combate a la luz del DIH´, cuando las FARC nunca han cumplido con esos lineamientos".

La generalización es peligrosa. Las FARC seguramente asesinaron soldados y policías, pero también combatieron con soldados y con policías. Jamás un medio de comunicación, al referirse a la muerte de un guerrillero, habló de asesinatos; siempre se dice que los contrarios son "dados de baja". Del mismo modo podría pensarse que los muertos de Hiroshima y Nagasaki son "bajas" y no asesinados; o que los muertos civiles en bombardeos no son asesinados, o que las víctimas de los llamados "falsos positivos" no son jóvenes asesinados (dijeron que eran "bajas", lo cual constituye un doble crimen). De nuevo se pierden contextos y condiciones.

En casi todo el texto hay interpretaciones basadas en el supuesto de que la mayoría de los puntos acordados esconden una "non sancta" intención. Pueden leerlo, pues seguramente el documento se encuentra en el sitio del periódico en la red.



En entrevista concedida a CM&, la Ministra de Relaciones Exteriores planteó que "la carga de la argumentación está ahora del lado de los promotores del NO". Entre tanto, algunos amigos del NO expresaban en las redes sociales que "ahora se quiere que asumamos la responsabilidad por el éxito o el fracaso de las negociaciones".

Gobierno y FARC negociaron. Llegaron a un acuerdo (el que pudieron). El plebiscito invalida ese acuerdo (no una parte, lo invalida todo). Lo que sigue debe ser plantear otro acuerdo (quizás manteniendo algunos puntos del que se invalidó). Pero los argumentos de los dos partes que negociaron se plantearon y se discutieron durante más de cuatro años. Un nuevo actor plantea que no se le escuchó y que tiene nuevos elementos y nuevos argumentos para re-negociar: ¿Quién debe negociar?

Se involucran en el proceso o no están en él. Al parecer, se espera que el gobierno nacional le imponga a las FARC los nuevos elementos y los nuevos argumentos que los promotores del NO consideran que deben reorientar el proceso. Dicen que es el "mandato" de las urnas.

La razón de ser de un acuerdo es que se llega a una posición intermedia. Por eso se habla de que no puede haber vencedores ni vencidos. Se ofrece y se cede de parte y parte. La negación del otro no puede ser ni comienzo ni fin de un diálogo (porque entonces se trataría de un "monólogo" disfrazado, de un ejercicio de poder).

Hay un TERCER actor en la negociación, que reclama no haber sido escuchado. La idea es que se le escuche por parte de quien señala como su contradictor y como quien obtuvo ventajas insostenibles. El gobierno negoció y llegó hasta donde pudo llegar (de nuevo, no puede creerse que los negociadores del gobierno fueron ingenuos o que son apátridas o que son guerrilleros): lo que se esperaría es que los NOÍSTAS convenzan a las FARC de que acojan sus propuestas de cambio en el acuerdo. Que los expongan (no pueden pretender que los negociadores del gobierno, en quienes no creen, los presenten en un nuevo ciclo de conversaciones) y que además expongan sus argumentos, y que convenzan a las FARC de que el único acuerdo posible, viable, justo y razonable para alcanzar una paz estable y duradera es el que ellos proponen.

*          *         *          *          *

Hay prisa, porque el tiempo es un bien escaso y porque la incertidumbre crea un ambiente que favorece la posibilidad de que se actúe pasionalmente.

*          *          *

La semana pasada leí la novela del nicaragüense Omar Cabezas, La montaña es algo más que una inmensa estepa verde, en la que narra que estando en una vereda alejada del país "urbano" habló con una mujer y le explicó que la tierra gira alrededor del sol y sobre su propio eje, y que no es plana. Ella lo miraba incrédula y llegó a pensar que era objeto de burla.


De nuevo mis abrazos para tanto amigo que lee, comenta y conversa.

En Bogotá, octubre 5 de 2016

lunes, 3 de octubre de 2016

POR QUÉ   GANÓ EL

LA NOTA: Escribo porque pienso, porque creo (de creer y de crear), porque siento, porque amo, porque me duelo, porque dudo, porque imagino, porque espero, porque quiero a cada uno de mis amigos y me quiero...  Por tanto, me alegra cada vez que alguien replica, copia, comparte o discrepa: el mundo se ensancha, yo me ensancho.


La primera reacción, la mía, fue expresión de incredulidad y desconcierto. La segunda, de tristeza. Tarde en la noche escuché en la radio un programa realizado por jóvenes universitarios, que entrevistaban a otros jóvenes para conocer las razones que tuvieron para votar en uno u otro sentido. Y casi todas eran razones pobres, casi todas producto de la desinformación, casi todas fundadas en opiniones prestadas.

Solía escribir en el tablero, al hacer (no dictar) mis primeras clases en la Universidad Central de Bogotá, una frase del poema "Loa a la Educación", de Bertold Brecht (después de hablar un poco del dramaturgo alemán, de situar la época en la que escribió, antes del ascenso del nazismo en Alemania): "...lo que no sabes por ti mismo, en verdad no lo sabes".

Era el comienzo de unos viajes de 48 o de 64 horas semestrales, y había que plantear qué idea tengo sobre la producción del conocimiento, sobre los métodos, sobre metas, sobre expectativas...

Si el saber es de quien lo produce, el camino no puede pasar por la imposición de una verdad (la propia) sino que se descubre en cada estudiante y, con suerte, permite que este halle el modo de transitarlo.

Me duelen los estudiantes de este país, porque todavía no contamos con docentes apasionados y comprometidos con su trabajo. Nos han impuesto un sistema que atiende más a los títulos que se posean (otra cara del negocio de la educación) que a la calidad de los docentes: y tenemos muchos doctores ya en las Universidades sin que esto signifique que hay mejores personas al frente de una clase. Y quizás por ello las razones que esgrimen los estudiantes del Sí y los del No son igualmente pobres: son opiniones y, peor, son opiniones prestadas.

Sin embargo, en las respuestas de esos estudiantes descubrí que hay razones más que suficientes para transformar la tristeza en esperanza.



Primera: El triunfo del NO en las urnas solo fue posible porque los promotores de esta opción declararon que son partidarios de la paz. Esto supone que se derrumba la idea de que el conflicto armado en Colombia únicamente puede superarse mediante la continuación de la guerra, y afirma la vía de la negociación como alternativa para la tramitación de cualquier confrontación. Es decir, en este caso gana la opción política sobre la opción guerrerista. La política supone que haya escenarios para que quien no piensa como uno tenga la posibilidad de expresar sus ideas, debatirlas y llegar a acuerdos.

Negociar implica que no se somete al contradictor: se debe hallar un punto de acuerdo, y se tendrá que ceder porque las posiciones extremas no son conciliables en una discusión.

Segunda (y consecuencia de la anterior): En adelante (es decir, desde hoy, 3 de octubre de 2016), ninguna fuerza política en Colombia (en particular, las que promovieron el voto por el NO) podrá plantear que los conflictos entre colombianos se resuelven por la vía de una "solución final", es decir, mediante el escalamiento de una confrontación armada hasta lograr acorralar a los contradictores, provocar su rendición y su sometimiento. Esto supone un cambio sustancial en uno de los paradigmas de la "acción política" por parte de los poderosos y los fundamentalistas: no se puede (no se vale) suprimir a los contradictores, se debe NEGOCIAR con ellos.

Tercera: Como hay múltiples actores, y cada quien tiene posturas y convicciones diferentes, cualquier negociación deberá escuchar todas las voces alrededor de cada tema de interés nacional. Y habrá que escuchar a las minorías, y habrá que escuchar a quienes no comulgan con nuestros puntos de vista. La opción política, entonces, derrota la exclusión como alternativa y da lugar a la participación.

Cuarta: En las zonas más azotadas por la guerra el SÍ obtuvo mayoría. En esas zonas se gesta y se fortalece la idea de una necesaria integración regional para garantizar que se atienda a las demandas y las expectativas de miles de colombianos que han padecido los males mayores de la confrontación.

Quinta: Queda claro que el asunto de la paz en Colombia no se resuelve con el cese al fuego y de hostilidades definitivo. Si el anhelo común es la paz "estable y duradera" (que suscriben los partidarios del NO), entonces habrá que trabajar sobre las causas de la confrontación, que se remontan al despojo, la exclusión y el empobrecimiento que desde mediados del siglo pasado convirtieron en resultado de su práctica política los partidos Liberal y Conservador, y que han mantenido la mayoría de los nuevos clanes y partidos de este siglo.

Por estas razones, ganó el SÍ.

Seguramente hay más razones... las buscaré y las compartiré, con mi abrazo de siempre.

Miguel Hernández (1910-2010)

CANCIÓN ÚLTIMA (Miguel Hernández)

Pintada, no vacía:
pintada está mi casa
del color de las grandes
pasiones y desgracias.

Regresará del llanto
adonde fue llevada
con su desierta mesa
con su ruidosa cama.

Florecerán los besos
sobre las almohadas.
Y en torno de los cuerpos
elevará la sábana
su intensa enredadera
nocturna, perfumada.

El odio se amortigua
detrás de la ventana.

Será la garra suave.

Dejadme la esperanza.

Luis Jaime, en Bogotá, octubre 3 de 2016

miércoles, 28 de septiembre de 2016

SUSTITUCIÓN DE CULTIVOS ILÍCITOS
Y COMBATE CONTRA LA DESNUTRICIÓN INFANTIL

En 1991 un grupo de amigos de FUNDALCO (Fundación Alternativas para la Comunidad), docentes de la Facultad de Educación de la Universidad del Valle, me invitaron a participar en un proyecto que adelantaban en el corregimiento de San Lorenzo (Riosucio, Caldas) para diseñar algunas estrategias de comunicación.

San Lorenzo corresponde a un resguardo indígena integrado por 22 veredas, en una zona con una topografía muy quebrada, cuyos habitantes descienden de los indígenas chamíes. FUNDALCO había creado una granja agro-ecológica en un terreno de algo más de cuatro hectáreas, donde un ingeniero agrónomo (Alfredo Añasco) y su compañera (Gladys Gutiérrez), lograron el milagro de producir variedad de plantas alimenticias en terrazas y criar animales (cerdos, gallinas, gallinetas, conejos, patos, peces) de un modo que aseguraba la sostenibilidad de la granja. Había un cultivo de algas que alimentaba a los peces, pero también se les aportaban otros nutrientes vegetales, los cerdos eran "vegetarianos" y crecían aceleradamente, los pobladores de las veredas podían allí aprender sobre prácticas agrícolas y pecuarias que luego replicaban en sus parcelas.

Frente a la granja había un lugar acondicionado para que las mujeres asistieran a talleres de culinaria que Gladys realizaba casi todos los fines de semana: allí aprendían a utilizar las bellotas de los racimos de plátano como ingrediente para unos guisos "de flores", a preparar cerca de 18 recetas a partir de la soya, a utilizar en sus comidas muchas "malezas" abundantes en harinas vegetales y proteínas que antes ignoraban en sus recorridos por la carretera y por las trochas de su resguardo, a utilizar el chachafruto, la crotalaria, el bore, muchos productos que antes empleaban únicamente para alimentar a los animales de sus fincas.



En algún momento, antes de que yo tuviera la posibilidad y la suerte de trabajar con ellos, los amigos de FUNDALCO supieron por los médicos de un puesto de salud que había inquietantes datos sobre la desnutrición que padecían muchos niños del corregimiento. Se les ocurrió que la soya podría incorporarse a la dieta de la población, aunque en la zona jamás se había cultivado. Llevaron semillas del Valle y las sembraron en la huerta, pero además comenzaron los talleres de culinaria e hicieron una distribución de semillas entre las señoras del corregimiento para que sembraran en sus huertas caseras o en huertas comunitarias. La granja ofrecía información y asesoría permanentes, y la gente de las veredas se acostumbró a pasar constantemente por allí para aprender de lo que allí se hacía.

En un año los médicos informaron que habían descendido significativamente los casos de desnutrición infantil.

Hace casi quince años vi un programa de la National Geographic en el que documentaban una experiencia en Senegal con el uso de la moringa (en Centro América se conoce como "marango", ha sido muy estudiada, pero se emplea como forraje para el ganado). En Senegal, un grupo de médicos usa las hojas de moringa como suplemento alimenticio (recogen nueve cosechas anuales de hojas), pero también utilizan sus frutos (es una leguminosa) y hasta su raíces, que retienen mucho líquido y permiten que los arbustos crezcan en suelos con poca agua.

En todas las regiones de Colombia hay productos ricos en proteínas, minerales, harinas, fibra. Los hay en todos los ecosistemas, en todos los departamentos.

He pensado que una forma de combatir la desnutrición infantil puede apoyarse en el estudio de muchas especies vegetales que hoy en día se desechan o se emplean para usos distintos de la alimentación de nuestra población. Pienso en el árbol del pan (Artocarpus altilis), el chachafruto (Erythrina edulis), la misma soya (que corrientemente se emplea para la producción de concentrados o de aceites), la quinua (Chenopodium quinoa), muchas especies diferentes que pueden convertirse en productos que alimenten a nuestros niños de Chocó, Guajira, Amazonas, Putumayo, de todas las regiones en las que a diario padecen hambre y sufren los estragos de la desnutrición.

Un camino es el de la sustitución de cultivos ilícitos. Podrían crearse centros agrícolas en los que haya ingenieros agrónomos, nutricionistas, personas que animen procesos sociales, personas que enseñen en talleres la preparación de alimentos. Puede pensarse inclusive en procesos industriales, para que los productos de unas regiones puedan llegar a lugares diferentes de aquellos en los que se trabaje con determinadas especies. Se puede pensar en la comercialización de muchos productos.

La experiencia existe, el conocimiento también (en Costa Rica hay estudios rigurosos y extensos sobre la moringa, en Colombia se han estudiado muchas variedades de plantas potencialmente ricas para alimentar a nuestras gentes).

El asunto, como siempre, depende de la imaginación y de la llamada "voluntad política" de nuestros gobernantes. Los periódicos abundan en estos días en noticias sobre decenas de muertes de niños en rancherías de Guajira. Se hacen campañas para enviar alimentos y se aplican paños de agua tibia con comisiones que salvan algunos niños llevándolos a hospitales. Peor el problema no se resuelve de ese modo. La innovación social implica pensar de otros modos el estudio y la búsqueda de soluciones para problemas de la salud, la educación, la producción agrícola, la participación comunitaria en la búsqueda de opciones de vida.

He querido conversar sobre esto con mi amigo Eduardo Díaz, ahora encargado por el presidente para atender el tema de la sustitución de cultivos ilícitos. Pero no sé hacer lobby, ni me gustan los pasillos de los edificios gubernamentales, ni tengo aspiraciones políticas. Quizás lea esta nota (que le haré llegar), quizás alguien se anime a pensar que aquí hay un enorme potencia, y que bastaría con decidirse a convertir ideas como la que sugiero en proyectos para una política de seguridad alimentaria (y otra de sustitución de cultivos ilícitos) que se complementen, en lugar de "inventar" procesos con "vocación industrial" que se fundan en la posibilidad de que nuestros campesinos se conviertan en "empresarios" y sueñen con exportar productos para beneficio de otros países y otros pueblos.

L.J., septiembre 28 de 2016





martes, 27 de septiembre de 2016

PUEDE REPRODUCIRSE, COPIARSE, PIRATEARSE, MULTICOPIARSE, ENVIARSE A FUNDAMENTALISTAS Y A RECALCITRANTES, A CONFIADOS Y A ESCEPTICOS, USTED VERÁ (Y EL PAÍS VERÁ).

HACE FALTA VER LA OTRA CARA DEL
PAÍS
LA QUE MUESTRA QUE PODEMOS PENSAR AL REVÉS
AP

(SÍ AL PLEBISCITO)

lunes, 26 de septiembre de 2016

LO COMÚN POSIBLE - LA CONFIANZA


Alguna vez escribí que lo más "común" es que estemos de acuerdo con la mayoría de las personas con las que nos relacionamos, aunque no sea lo más corriente que lo advirtamos.

Lo común es lo que nos hace cercanos, lo que surge de las coincidencias (es decir, del hecho de que compartimos contextos, circunstancias, de lo que solemos llamar casualidades y, sobre todo, de las "causalidades"). Pero lo común no aparece espontáneamente, y debemos esforzarnos por descubrirlo o por construirlo para poder ser y hacer con los demás. Lo común es una esperanza. Ya dije en otra oportunidad que la esperanza es lo último que se gana, pues no nacemos con ella sino que la alcanzamos como conquista cuando al fin sabemos que, como dijo el poeta Machado, "se hace camino al andar": el camino hacia lo común es la esperanza.

Lo común en la sociedad es siempre un punto de llegada y no, como suele creerse, la condición para que la sociedad exista. Vivimos en sociedad porque no hay plenas coincidencias sobre lo que percibimos, pensamos, creemos o deseamos. La sociedad, rica en matices y diferencias, nos da la posibilidad de construir lo común (comunidades) y, luego, alcanzar modos de fortalecerlo, enriquecerlo con nuevas visiones (nuevos matices, nuevas diferencias).


Recuerdo una charla del maestro Gustavo Wilches Chaux, con ocasión de un taller realizado en el marco del proyecto Biopacífico, hace ya más de 20 años. Nos decía que la diversidad es una de las condiciones de supervivencia de la vida sobre el planeta. Y lo es porque por ella los seres vivos llegamos a superar limitaciones, a adaptarnos, a evolucionar. La sexualidad sustenta la diversidad en la medida en que la unión de dos seres diferentes permite la creación de un tercero, también diferente, que se adapta mejor al medio, a las condiciones que enfrentará. Socialmente la diversidad es condición del real desarrollo de una comunidad, de un pueblo, de un país: Colombia es un país rico no solo porque posee variedad en su topografía y en sus ecosistemas sino sobre todo, porque alberga una población diversa. Cada región nos habla de creaciones, de invenciones, de adaptaciones a los ecosistemas que alberga el territorio, de aportes a la supervivencia material, de productos naturales, de formas de percibir y de celebrar, de riqueza lingüística y cultural, de vida.

Cuando se valida la diferencia de pareceres no se busca el distanciamiento sino la posibilidad de un encuentro que propicia una nueva visión del colectivo.

Facundo Cabral, a quien cito frecuentemente por la lucidez de sus improvisaciones en el Palacio de Bellas Artes de México, en un recital que ofreció en 1978, dejó el verso de una baguala en la que dijo:

"Si yo golpeo a tu puerta,
no te vas a confundir.
No es para entrar que golpeo,
golpeo para salir."


Claro, no estaba interesado en convencer a otros sobre su visión, en imponer miradas. Hablaba de hallar consensos.



Hace unos días apenas, en mi "madriguera", me visitó un amigo muy querido y conversé con él sobre el proceso de paz que vivimos en Colombia. Hablamos sobre la confianza.

Le dije que, en mi opinión, la confianza no se puede sustentar en la exigencia que podamos hacer a otros para poder "desarmarnos" (en términos materiales o espirituales o de la razón). Si así fuera, no podríamos actuar con otros, ni siquiera con quienes están cerca, quienes conforman nuestros círculos de vida cotidiana. La confianza se construye cuando nos hacemos confiables: si lo logramos, abrimos puertas, salimos.

Colombia necesita construir confianzas, no miedos. Y la confianza se pierde cuando mentimos, cuando atribuimos a otros las perversas intenciones que imaginamos cuando tememos abrir puertas a los demás.

Es todo, por hoy. Mañana ya veremos.

Abrázo-les. 

viernes, 16 de septiembre de 2016

La conciencia “tranquila”

Dicen casi todos los políticos, los servidores y los administradores de los recursos públicos, cada vez que se cuestionan sus gestiones y sus procederes —y lo suelen hacer público—, que tienen la conciencia tranquila. También lo están diciendo quienes hoy se aprestan a tomar una decisión sobre los acuerdos de La Habana para “la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera”.

El conflicto no termina porque se silencien las armas de dos bandos que se enfrentan. Termina realmente si se escudriña sobre sus causas y se pacta para que estas se superen y no reaparezcan. Es decir, la paz no es el resultado de acuerdos exclusivamente referidos a frenar la confrontación armada sino el producto de una decisión comprometida con suprimir los factores que desencadenaron esa confrontación. Así, el acuerdo de La Habana no puede limitarse a un cese al fuego bilateral y definitivo, porque lo que se ha acordado justamente es el tránsito por vías que resuelvan las causas del fuego.

Esas causas se remontan a los orígenes mismos de la historia nacional. Durante todo el siglo XIX y casi todo el siglo XX “se cocinaron” los conflictos que desembocaron en la creación de organizaciones armadas. La mayor parte de las veces, esos conflictos enfrentaron a grupos dominantes de las élites liberal y conservadora, que hábilmente —y apoyándose en la carencia de educación de la mayoría de los colombianos— lograron que sus disputas se resolvieran en cruentos enfrentamientos entre gentes del pueblo. La mayoría de tales enfrentamientos tienen que ver con los intereses de hacendados, ganaderos, industriales, propietarios de empresas financieras o transportadoras o comercializadoras o exportadoras o de medios de comunicación… Y la mayoría de los mismos se asocian con la propiedad de la tierra o el control de los medios para mover diversos sectores de la actividad económica del país.

Si se lee el acuerdo, se verá que el mayor énfasis está puesto en pensar un “nuevo campo colombiano”, en pensar sobre posibles zonas productivas y de reserva, en resolver carencias con respecto a la infraestructura (vial, de riego, eléctrica, de servicios), a pensar en estímulos para la producción agropecuaria, en el mercadeo de los productos agrícolas, en la formalización laboral de las labores rurales… No se piensa en la agroindustria, en los terratenientes, en los ganaderos más poderosos, pues en gran medida el conflicto tiene que ver con el “viejo campo”, el mismo que se mantuvo casi inalterado desde comienzos del siglo XIX y que se sustentó en prácticas heredadas de la mentalidad feudal de la España colonizadora.

Si se lee el acuerdo, se verá que hay un énfasis grande en el tema de la participación política de los colombianos en todas y cada una de las instancias y las decisiones que les afectan. Y es porque la participación ha sido una quimera, pues nuestra “democracia” se sustenta en la “representación” que quienes nunca han tenido poder delegan en los que se han apropiado del poder y lo han empleado para incrementar sus fortunas y para mantener un “orden” que es “su” orden (y cacarean, todavía hoy, en favor de la libertad Y EL ORDEN, obviamente porque el ordenamiento lo han impuesto y lo han mantenido de manera que no contraríe sus aspiraciones).

Si se lee el acuerdo se verá que hay un énfasis especial en el tema de la justicia transicional. Y esto es porque la otra justicia, la de siempre, no es una justicia equilibrada e imparcial. Sabemos que muchos políticos eluden la justicia de todas las formas posibles: pagan fianzas elevadas, viajan al exterior y se pierden, cuentan con abogados que solo ellos pueden pagar, pactan arreglos con los administradores de la justicia para que se les rebajen penas o se les otorguen beneficios… Cuando se trata de dineros, los tienen en cuentas en el exterior que no pueden ser rastreadas o intervenidas…



La justicia es la de quien tiene el poder, en cualquier época y en cualquier  lugar. Sería extraño que se juzgara y se condenara a un presidente de los EE.UU. por las muertes de civiles (ningún combatiente) en Hiroshima y Nakasaki, o en Vietnam… A nadie condenaron en Colombia por la masacre de las bananeras en 1928, y a ningún político de los partidos tradicionales sometieron a la justicia por miles y hasta millones de muertos colombianos en todas las mal llamadas guerras “civiles” del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX…

La conciencia “tranquila” no puede ser la conciencia de quienes creen que no tienen velas en el entierro de tantos muertos (la expresión debe ser literal, y por eso mismo es falsa: en realidad casi todos los colombianos tenemos, o deberíamos tener, velas… porque un familiar, un amigo, un vecino o un conocido han sido víctimas de lo que hemos aceptado como normal).

Es hora de tener la conciencia intranquila, aunque sepamos que muchos insistirán en su tranquilidad (en los pueblos vallecaucanos dicen que viene de “tranca”).

Luis Jaime Ariza Tello

Septiembre 16 de 2016