Lo que se dice en la red

Loading...

lunes, 16 de junio de 2014

Para una pedagogía política no formal...

NOTA: Aquí se trata de contribuir a la reflexión sobre asuntos políticos de importancia, aunque no con la pretensión de quien dicta una cátedra sino en la perspectiva de un ciudadano del común que piensa en voz alta (en este caso, escribe) sobre temas que considera importantes para una pedagogía política que tanta falta hace en Colombia. Seguramente habrá voces doctas o saberes académicos depurados que puedan objetar el nivel de elaboración o la pureza conceptual con los que se abordan los temas. En lo que a mí concierne, el ejercicio busca principalmente que los lectores piensen, comenten, cuestionen y precisen cómo entienden y asumen las ideas que someto a su consideración. No creo que la pedagogía política se deba sustentar en definiciones de especialistas más que en la experiencia de cada quien; por otra parte, la posibilidad de tener varias visiones puede ser mucho más productiva que la adopción de conceptos que sólo operan en ambientes académicos. Lo que intento, en suma, es provocar y animar una conversación con quien tenga interés en pensar en cómo vive la política y cómo participa o no en la política.

¿Qué es la Patria?

Jorge Luis Borges, creo, dijo alguna vez que la patria es la infancia. Más allá del evidente sentido metafórico de la expresión, ésta contiene una idea esencial que podemos asociar con raíces, con orígenes, con aquello que nos ancla afectivamente a un entorno familiar, cultural, emocional, cercano a lo que en otros discursos llamaríamos el nacimiento a la vida social.

Tanto en Cali como en Bogotá, cuando estoy en cualquiera de estas ciudades, suelo recorrer los lugares que tuvieron importancia en mi vida; es decir, aquellos sitios en los que viví, tuve amigos, jugué, amé, trabajé o estudié, en los que tuve experiencias importantes o decisivas vinculadas con inquietudes o preocupaciones de cada momento.

La patria, dicen los diccionarios etimológicos, tiene que ver con el lugar de la familia, del padre, del clan. En las sociedades modernas es muy difícil hablar de una patria porque hay demasiada movilidad. En mi caso, por ejemplo, tengo la "patria" paterna (el Chocó) y la "patria" materna (el norte del Cauca), pero hay pedacitos de "patria" que tienen que ver con épocas en las que la familia vivió en Medellín, luego en Cali y finalmente en Bogotá. Por causa de mi desaplicación escolar terminé viviendo en casa del tío Marco Tulio, en Palmira, donde disfruté de años maravillosos mientras terminaba mis estudios de bachillerato. Sólo he podido sentir parcialmente la idea de que Colombia es mi patria estando fuera del país, y en realidad más que sentir a Colombia sentí a América Latina, sentí a los pueblos indígenas de toda América, sentí a los pueblos negros de África y a los pueblos de Asia. Poca identificación logré advertir con los europeos, a pesar de que en la cultura letrada de las universidades de nuestros países tienen tanto protagonismo, y se habla de que tenemos en Europa "madres" patria.





Cuando un grupo de poder habla de patria, en general apela a valores culturales de un pueblo o a nacionalismos chatos, carentes de fuerza (en general, creo que todo nacionalismo es chato y carente de fuerza, porque no hay uno sólo que se sustente en hermandades o solidaridades ciertas, amplias y desinteresadas). Los discursos sobre la patria son sospechosos, porque la idea que se expresa siempre es abstracta, difusa, pretende borrar diferencias que se han impuesto en las sociedades por el ejercicio del poder de algunos (las naturales las conocemos y las aceptamos, como cuando hablamos de la piel; las étnicas y las culturales también son ciertas y respetables, porque hablan de modos de supervivencia, de formas de producir conocimientos y de estar en el mundo, de maneras de sentir y de crear, de convenciones y acuerdos colectivos); los que hablan de la patria esconden que imponen a otros (a la mayoría) una noción del derecho y un ejercicio de la política que les niega toda posibilidad de expresar sus pareceres y de participar en la vida de un país como fuerzas con capacidad y posibilidad real de tomar decisiones.

Más grave es que se hable de intereses de la patria, y más que se afirme que tales intereses están por encima de toda una población. La patria es una entelequia que sirve a los poderosos para convocar a los despojados del poder en torno a sus propios intereses. Cuando las minorías hablan de patria lo hacen convencidos de que es posible socialmente pensar por y para todos los habitantes de un país, pero sabemos que esta idea de patria es una más de las utopías de la humanidad.

Los estados-nación surgieron del sueño burgués que imaginó sociedades organizadas en función de la libertad, la igualdad y la fraternidad. Pero muy pronto y sistemáticamente estas conquistas se hicieron de unos pocos, y en las luchas por ampliar los beneficios para sí mismos distintos grupos de poder han apelado a la idea de la patria para lograr que muchos se enreden en guerras fratricidas para defender sus propias ideas de lo que debe ser la patria. No la de quienes mueren en las guerras sino las de quienes las alientan, las alimentan y crean ejércitos para hacerlas.



¿Cómo se materializa la patria? Podríamos preguntarle a los soldados de cualquier ejército de cualquier país, y de seguro no podrán expresar en qué consiste la patria por la que se supone deben estar dispuestos a dar la vida.

Creo que la idea de patria es la que cada quien quiera tener. Y me quedo con la idea de que la patria es la infancia; al menos, en mi caso, me siento renacer cuando recorro las casas que habité, los sitios en los que he sido feliz, los caminos por los que pude andar algún día tomado de una mano amorosa.

martes, 10 de junio de 2014

La elección final...


En 1958 se eligió al primer presidente del Frente Nacional. Recuerdo, con apenas cinco años de edad, salir de la mano de mi madre a la Avenida El Dorado para ver una caravana (cara vana) entrando a Bogotá, presidida por una gigantesca fotografía en blanco y negro del seguro primer mandatario de esa serie que comenzó a adormecer a los colombianos con respecto a la necesidad y el derecho de ser protagonistas de su destino. El siguiente gobierno, el de Guillermo León Valencia, tomó por sorpresa a mi familia: mi padre, entonces catedrático de la Universidad del Valle y Representante a la Cámara por el Chocó, quien fue nombrado por el "cazador" como gobernador de su terruño. Recuerdo su alegría al pensar que tenía la oportunidad de hacer algo por un departamento que ya entonces era el más olvidado por los gobiernos "nacionales". Recuerdo también que debió renunciar antes de cumplir su período, y que hizo cuentas de presidiario al dejar el cargo (sabía cuántos años, meses, días, horas y minutos había permanecido en su cargo), las cuentas que hace quien dedica su tiempo y su inteligencia a tratar de cumplir con un propósito que no es el suyo sino el de gentes huérfanas, en un país cuyos gobiernos decidieron aprovechar la miseria para consolidar una casta de politiqueros hambrientos, negociantes de la necesidad y, por ello, necesariamente corruptos. Se hablaba entonces de "los lentejos", expresión que se aplicaba a quienes se dejaron comprar con puestos y prebendas para asegurar lo que hoy llaman "gobernabilidad" los capataces de nuestra más que precaria "democracia".

Herencia del Frente Nacional es la abstención, y son herencia también el desprestigio de la acción política, del discurso político, de la reflexión política y del análisis político. Sumidos como estamos en el desbarajuste y el peor "mass-mediatismo", los colombianos vivimos un momento crucial para el país al mismo tiempo que padecemos de la mayor inconsciencia de nuestra historia: los comuneros de 1782 sabían que luchaban contra los altos impuestos y el mal gobierno de los representantes de un rey que no sabía (como no saben quienes han gobernado el país durante los últimos setenta años) qué pasaba en "sus dominios". Lo más grave es que acabamos de votar por un grupo de candidatos (algunos candidotes), entre los cuales hubo quien se atrevió a plantear como disyuntiva la escogencia entre "políticos" y "no políticos"...

Creo que el desprestigio de la política en Colombia beneficia a los herederos del Frente Nacional. El clientelismo, el compadrazgo, el cohecho, el padrinismo, el soborno, las lentejas (hoy la mermelada, el nombre es lo de menos), la mentira y la calumnia, el tráfico de influencias y mil males más que se han hecho costumbre entre quienes crean cada vez más nuevos "partidos", acceden a corporaciones públicas, dirigen organismos descentralizados, son nombrados en cargos diplomáticos y, en fin, "mandan" en Colombia (porque mandan a joder al 98% de los colombianos), han hecho de la política una práctica innoble, despreciable y digna de la más grande condena.

Si hay que elegir, entonces, no hay más opción que la de procurar que haya otros modos de actuar en el escenario político. Es decir, el imperativo para los colombianos no es otro que confrontar prácticas (que no discursos, ya que cualquiera inventa un modo de agradar), y romper tradiciones (como aquella de actuar a la manera de las avestruces asustadas). Habrá que arriesgar hablando con quienes están a nuestro lado, intentando aclarar ideas o llegar a la necesaria confusión que hemos evitado.

Nadie ha dicho que la política debe ser simple. Si alguien lo cree así, de seguro que se trata de quien vive de ella o de quien, en un extremo opuesto, la padece.

Cuando se elige se corre el riego de cometer errores. Siempre pasa, y vamos aprendiendo de a poco, muchas veces recolectando cicatrices. Pero en Colombia no estamos ante fenómenos nuevos: hay una historia que se viene repitiendo desde los tiempos de la "Patria Boba": aquí el "juego" se trata de que hay gatos y hay ratones.

Uno puede aceptar que haya juegos de poder, luchas por el poder, afán de lucro. Lo grave, lo tremendamente inaceptable e inmoral, es que además de querer disfrutar del poder haya quienes quieran obligarnos a creer en un Estado que no se ha podido construir, en una Patria que no existe más que para la defensa o la búsqueda de prebendas de los siempre encumbrados. ¡Qué triste escuchar a un gobernante hablar de los intereses superiores de la patria, cuando esa misma patria es aquella que beneficia a su familia! ¡Qué tragedia tener que soportar a un gobernante que te dice cómo pensar, cuándo hacer el amor, o dónde invertir (si puedes, porque la palmicultura es muy costosa).

Sé que los señores del azúcar, en Valle del Cauca, acabaron con las pequeñas fincas de cientos de campesinos para apoderarse de sus tierras. Corrían cercas, cambiaban el curso de algunos ríos, empujaban su ganado para que destruyera alambrados y pisara cultivos. Así se hicieron Riopaila, Castilla, Providencia, Manuelita, Central Tumaco, Colombina, los grandes ingenios y trapiches de los señores de Asocaña. La guerra se la inventaron quienes hoy se lucran con el producto de las tierras de cientos de miles de campesinos: a quienes no pudieron hacer vender los convirtieron en víctimas de bandidos (antes de ayer "pájaros", ayer paramilitares, hoy miembros de "bacrim", mañana "centro-demócratas").

Esta vez no hay retorno. Aporto algo de memoria, algo de información. Tampoco hay tiempo.

Toca elegir.

sábado, 17 de mayo de 2014

El estiercolero...

La más grande degradación de la política caracteriza el mal llamado debate electoral en Colombia. Ningún interés que no sea el de un grupúsculo asociado con el poder de la economía, o el apetito burocrático (que no es otra cosa que el ingreso a dineros mal habidos a través de cualquier entuerto, chanchullo, tráfico de influencias, cohecho, y las mil y una variantes de actos de corrupción que nuestros "políticos" inventan o copian o "descubren", que parecen convertirse su modus operandi), o las ganas de "transformar" lo que se cree inviable o improductivo o negativo por la vía de leyes improvisadas y miopes... Casi ningún candidato escapa al comadreo y a la burda estrategia de denigrar de los demás sin atreverse a exponer con claridad sus propuestas (cuando hay alguna).

La verdad, una campaña que entristece, que hace crecer la apatía y la desconfianza por el quehacer político. Más triste aún es el hecho de que la mayoría de los llamados "ciudadanos de a pie" piensen que la forma de hacer política es la que nos muestran los candidatos a la presidencia del país y a las corporaciones públicas.

Lo más grave es que la degradación de la acción política se nutre intencionalmente por la mayoría de tales candidatos. Sólo a ellos conviene que la apatía crezca, porque las mañas inventadas por las maquinarias de los partidos desde mucho antes del invento del Frente Nacional se sustentan en el clientelismo, el cacicazgo, el chantaje o la intimidación, la compra de conciencias y el trueque de favores por dinero o por dominios que procuren el apuntalamiento o la ampliación de cualquier forma del poder. Las maquinarias seguirán permitiendo que se sigan eligiendo los cultivadores del estiercolero en que se ha convertido la acción política en Colombia, y no valdrán opciones como el voto en blanco (de lograr una cifra importante se llegarían a cambiar los candidatos... por otros de los mismos partidos que, como decían los viejos gaitanistas, son "la misma perra con distinta guasca") o la abstención (las maquinarias harán lo suyo y los abstencionistas dirán que ganaron, como siempre, la confirmación de que no cuentan).

Aquí sólo cabe la educación política, basada en la Política cierta, la que no riñe con la ética, la que no se basa en el engaño, la que se nutre con el diálogo abierto y la crítica, la que consulta con el conjunto de la población y no se emplea como estrategia para la imposición de un modo particular de ver el mundo, la que no se nutre con la criminalidad y el terrorismo para obtener ventajas de fantasmas y de miedos, la que sabe que todas las expresiones diversas son amigas de la democracia, la que no convierte en negocios las posibilidades de que un pueblo disfrute del derecho a vivir con dignidad.

Quienes no hablan sobre temas políticos se hacen cómplices del estiercolero. No importa que no se tengan toda la claridad sobre cada asunto ni todos los argumentos para sustentar una posición. Lo que importa es que se hable y que se acepte que puede haber razones más sólidas que las nuestras, y que hablando se gane en la comprensión del sentido y la necesidad de que todos seamos políticos.

Hay que rescatar la política de manos de los mal llamados políticos. Y se puede y se necesita comenzar ya.

Bogotá, mayo 17 de 2014


jueves, 6 de marzo de 2014

Colombia Elige...


A diferencia de muchos de mis colegas blogueros, no tengo ninguna recomendación específica frente a candidatos para la selección de los congresistas de Colombia este 9 de marzo. Sólo unas consideraciones que, en mi sentir, valdría la pena que se sometan a la consideración de quienes asumimos que algo se puede hacer para que el país ande por otras sendas, que no sean la de la supresión de los contradictores, la de las ciegas adscripciones a liderazgos mesiánicos, la de las complicidades con personajes que no leen ni estudian ni se interesan por aquellos a quienes dicen representar, la de la confianza ciega en tradiciones que en general han mostrado no servir más que para el mantenimiento de un statu quo que afirma la consolidación de unas diferencias que deberían avergonzarnos como ciudadanos, como demócratas, como humanos.

Están lejos los tiempos en los que milité en la izquierda. En mi familia la tradición indicaba que debía ser conservador, muy cercano a sectores bastante radicales. En una y otra vereda pude percibir autoritarismos, visiones sectarias y estrechas, intolerancia y discriminación hacia quienes no comulgaban con los idearios de cada colectivo. Al final, identifiqué las "líneas" de cada uno como expresiones de "iglesias" cerradas (aunque etimológicamente la palabra aluda a congregación, algunos estudiosos sugieren que de entrada el término hace referencia a grupos excluyentes, lo que daría para pensar que "iglesia cerrada" es casi un pleonasmo). De hecho, me excluí de una iglesia una vez viví la experiencia de conocer por dentro un Seminario, y de la otra una vez que expresé una opinión contraria a la de un grupo y fui prácticamente acusado de ser algo así como un contra-revolucionario.

He dedicado mi vida desde entonces (desde hace ya más de treinta años) a actuar de acuerdo con mis convicciones, en las que priman las ideas de servir a otros, de andar del lado de la vida en cualquiera de sus manifestaciones, de valorar la diferencia como principio y garantía de preservación de la vida misma (como tan bien lo saben los biólogos y los ambientalistas), la de disfrutar de lo que soy capaz de conquistar con mi trabajo y mis ideas (por éso el enorme disfrute del estudio, de la literatura, de la música, del cine, de mis diarias caminatas o paseos en bicicleta, del amor, del humor....). Si el mundo no es mejor cada día para cada uno, en sus pequeños dominios (la casa, el espacio en el que trabaja, el vecindario, los círculos de amigos), y si no es posible que aportemos para hacerlo mejor, no es mucho lo que se puede disfrutar del estar vivos.

Creo que los políticos tienen como misión principal educar, y sé que los nuestros casi nunca lo hacen. Creo que un político debe generar confianza por todas y cada una de sus actuaciones, y advierto que en Colombia hay muy pocos políticos que lo logran; más bien se esmeran por alcanzar altos niveles de descrédito. Creo que para ser políticos se necesita más que hacer política (es decir, que la política verdadera se hace en escenarios que no son propiamente aquellos en los que nuestros políticos brillan más: los de la invención de leyes para todo y la negación a buscar soluciones por fuera de imposiciones y normas; los de la acumulación de poder económico, influencias y capacidad de negociación para beneficio personal; los del cultivo de una imagen mediática que pocas veces tiene que ver con la personalidad real de la mayoría de quienes muestran sus máscaras cada cuatro años en los tarjetones).

Y los políticos deben servir a la gente, independientemente de quién los elija, cosa que rara vez vemos. Lo que llamamos vocación de servicio parece estar del lado de personas altruístas que se organizan en torno a proyectos que se realizan generalmente por vías distintas a las que proponen los políticos.

Y los políticos deben ser generosos y solidarios, cosa que tampoco vemos corrientemente.

Y los políticos deben ser honrados.

Y no deben ser oportunistas.

Un abrazo para quienes se atreverán a votar este domingo, y ojalá lo hagan de la manera políticamente más consecuente.

Luis Jaime, marzo 7 de 2014

lunes, 30 de diciembre de 2013

Que no nos maten porque nos dejamos...

NOTA: Comencé a escribir esta nota el 28 de diciembre de 2013. El calendario gregoriano habla del día de los inocentes, pero en 1582 nadie sospechaba que nuestro mundo redujera su tamaño (los entusiastas usuarios de las nuevas tecnologías de la información creen que sus dimensiones crecen, y que tener más datos supone saber más y tener mayor control sobre lo que ocurre). Hay formas de leer, y hay una que indica que cada vez tenemos más información pero sabemos menos, abarcamos más pero reducimos nuestra capacidad de comprensión, tenemos "más poder" pero podemos menos, resolvemos con mayor celeridad las minucias de la vida pero perdemos la vida en ello.


Hace apenas una hora, en el canal de televisión de National Geographic, estuve viendo un programa sobre las terribles predicciones que muchos científicos del mundo hacen sobre lo que le espera a la humanidad en este siglo en materia de desastres "naturales".

La naturaleza, como bien dijo el filósofo colombiano Danilo Cruz (poco leído, poco conocido), es parte del mundo que dejamos atrás los humanos cuando creímos ser amos y señores del planeta. Los mitos y las creencias (o las opiniones, como preferiría Platón) dieron paso al reino de la razón, preconizado por Descartes y celebrado por Kant, y aclamado por quienes se sintieron amos del mundo y constructores de un futuro venturoso cabalgando a lomos de la ciencia. Los comerciantes, los industriales y los gobernantes, sobre todo, imaginaron un mundo de abundancia basado en la eficacia y la eficiencia de nuevas y cada vez más sofisticadas tecnologías. Y nos están matando.

Uno se deja matar cuando cree ciegamente en las bondades del mal llamado desarrollo. Te han dicho que el desarrollo supone que vayas a una escuela, que ingreses a una universidad, que te conviertas en funcionario de un sistema que a duras penas te permite ganar un salario mensual, pagar tu casa y tus "obligaciones", alimentar a tus hijos, jubilarte y morir de viejo. La vida se redujo, se contrajo, se hizo miserable y triste. Y ahí vas, trasegando (que no caminando) un sendero que a duras penas conduce a un entierro de segunda clase.



Cada nuevo año, desde que escucho la radio y veo canales internacionales de televisión, la temporada de huracanes que comienza con el solsticio de verano es más feroz (no hablo de tifones y de ciclones, que son lo mismo aunque aluden a otras etnias, otras culturas y a gentes que solemos ignorar). Si mal no recuerdo, los terribles efectos de Katrina, aunque fueron predichos, no pudieron evitar que cientos de miles de habitantes de Nueva Orleans perdieran sus casas y sus enseres, sus animales y sus sueños, en una inundación que anticipa las decenas que habrá en el futuro próximo en las costas de los Estados Unidos. Nueva York sigue jactándose de ser la capital del mundo, sin intuir que se puede ser la capital de los desastres que provocan justamente la enorme atracción de esta ciudad, su desmesurado crecimiento, su desbordado consumismo, sus irracionales modelos de vida, su gigantesca insensibilidad y todo aquello que hoy concentran las grandes ciudades, que es la insolidaridad y el despilfarro, que es la funcionarización de la vida, que es la ceguera y el desconocimiento de la responsabilidad frente a un futuro venturoso que negamos a nuestros hijos, nietos, sobrinos, a todas las generaciones del siglo que creímos sería el de la redención de la miseria, el de la democratización de la educación, el de la liberación de las últimas etnias y naciones víctimas de colonialismos y tiranías e injusticias políticas o sociales.

Hace un poco más de treinta años intenté escribir una serie de relatos cuyo tema central era la muerte. No porque le rinda culto. Me atemoriza, sobre todo cuando no encuentro razones para que actúe, cuando es forzada, cuando nos la imponen. Contaba en uno de ellos cómo nuestra especie inventó el asesinato, que no existe en otras especies animales; hablaba de algunos misteriosos pasajes que quizás se abran para quienes abandonan el mundo que conocemos; afirmaba que el suicidio es una forma de matar en el que la sociedad, por la interpuesta mano de la víctima, muestra una de sus más horrendas caras...

Daniel Viglietti, canta-autor uruguayo cuyas canciones conocí desde finales de la década de 1960, dice que nuestras sociedades nos matan cuando trabajamos y cuando no lo hacemos, que hay niños que se parecen a los hombres (nos imitan) cuando matan a otros con el trabajo o con el despojo, que hay "ciegos" peores que aquellas personas que no pueden ver...



No hay nada de "natural" en las tragedias que se anuncian, ni se trata del final de los tiempos, ni hay profecías de inminente e inevitable cumplimiento en materia de mortandades. Sólo hay lo que todos conocemos pero frente a lo cual permanecemos pasivamente conformes: abusos del poder, políticos corruptos, traficantes de armas y de drogas, negociantes, imperios industriales, explotación intensiva de bienes ambientales, esclavitudes, comercio con todo aquello que signifique lucro enorme y poca inversión, estupidez generalizada en medio (y gracias a los medios) de todo aquello que pueda convertirse en espectáculo, moda (o, lo que es lo mismo, cambio sin transformación)...

Contra los "apocalípticos", creo en las bondades de la investigación científica y de los creadores o desarrolladores de nuevas tecnologías. Acaban de implantar un corazón artificial a un hombre y sigue vivo, hay cientos de amputados por minas y que caminan, disponemos de las mayores fuentes de información con que haya podido contar la humanidad en toda su existencia.

Contra los "integrados", pienso que nos dejamos llevar por el atractivo de la basura en que nos ha metido el modelo funcional de vida en el que estamos.

Para comenzar el nuevo año, sólo quisiera que cada uno de quienes leen esta nota pensara en qué tontería puede abandonar entre las pocas o muchas que ha incorporado a su vida; o qué uso creativo y solidario podría hacer de cualquier elemento que tenga a su alcance. Se puede llamar a un amigo para hacerle sentir la amistad y el apoyo en una circunstancia, se puede escribir un poema, se puede crear un cuento, se puede intentar comprender por qué se producen los huracanes y qué relación tienen con lo que hacemos diariamente. Se puede decidir que no se apoya a determinados políticos por razones de "tradición" o de conveniencia personal y ocasional. Se puede acariciar a un niño en la calle, se puede cantar y volver a las canciones de cientos de artistas que decidieron que no todo en el arte es comercio, se puede leer tanta y tan hermosa producción literaria que habla de historias ciertas de personas o de países cuya expresión decidimos ignorar en favor de las ligeras y tontas series de televisión que nos ofrecen algunas multinacionales en alta definición.

No es que este mundo esté matando gente lejana, ajena, distante. Es que nos mata y nos hace cómplices de la muerte.

No te dejes matar, no mates.

jueves, 5 de diciembre de 2013

MADIBA


"Amo de mi destino, capitán de mi alma"

En mayo de 2000 decidí perderme por las calles de Londres, en compañía de William y Anelio, dos indígenas Kunas que conocí cuando fui invitado por el Institute of Development Studies, de la Universidad de Brighton, a un Encuentro-Taller sobre "Comunicación para la Transformación Democrática de la Sociedad".

Perderse es esa forma de viajar que escogimos quienes no recalamos en hoteles y ansiamos tener real contacto con los sitios que visitamos, es decir con la gente que los habita. Y mis extravíos fueron seguidos por mis acompañantes, quienes no estaban interesados en los grandes monumentos para hacer fotografías en ellos sino en descubrir otro modo de vida, el de los londinenses atareados, el de millares de turistas del mundo entero queriendo untarse un poco de historia y disfrutando del verano que llegaba con soles esplendorosos y cielos azules, con días enormemente largos y sonrisas espontáneas en las calles.

Lo curioso de nuestra caminata dominical es que, andando sin rumbo, nos topamos con un busto de Nelson Mandela después de salir de una avenida y subir una escalera en medio de varios edificios, a pocas cuadras del Big Ben y el edificio del Parlamento, y un poco antes de llegar al "London eye", en una orilla del Támesis.

Dije curioso, pero creo que en el no calculado trayecto que recorrimos ese día terminamos por encontrar escenarios que corrientemente no se muestran en las guías turísticas, en los que afirmábamos la idea de que el mundo es cualquier parte y todas las partes, sobre todo en una urbe cosmopolita en la que una buena parte de los ciudadanos sabe valorar y respeta las diferencias con los demás habitantes del planeta.


Como sé que en estos días se contarán y se descubrirán cientos de historias sobre la vida de Nelson Mandela, y yo sé realmente poco sobre su vida, quiero compartir una idea que, creo, poco se resalta con respecto a la labor que este hombre generoso hizo por todos los sudafricanos.

Los noticieros y los periódicos del mundo entero hablarán sobre sus luchas. Yo siento que uno de los rasgos de grandeza de Mandela fue justamente percibir que la Vida no lucha, sólo persiste, se multiplica, se desarrolla, supera las amenazas y las contingencias que la acechan. La perspectiva de la lucha hace énfasis en la idea de una confrontación, de un enemigo, y en esa perspectiva es probable (suele ocurrir) que quienes aman la Vida terminen perdiendo batallas.

Mandela pensó de manera diferente, pues de otro modo habría transitado el camino de la mayoría de sus compatriotas víctimas del aparheid, una política de Estado construida sobre la idea de la superioridad de un grupo sobre otros, expresada mediante una segregación brutal y sangrienta. Había que pensar en un país posible para la minoría blanca y la mayoría negra, había que mostrarle al mundo que el absurdo sistema impuesto en 1948 subsistía porque otros países lo hacían posible al negarse a ver las inequidades y las injusticias del régimen, había que decir a grito herido que es posible un humanismo fundado en la solidaridad y la apertura de espacios para todos, porque ningún Derecho puede validarse con fundamento en la idea de que hay humanos que merecen más que otros.

Hay un cuestionamiento muy fuerte tras los gestos y las acciones de Mandela. Alguna vez Wilhelm Reich habló sobre la invitación que Jesús hacía para que cuando recibamos un golpe en una mejilla pongamos la otra ante el agresor. Y señalaba que el gesto no tiene la intención de darle aliento al agresor para que siga cometiendo tropelías sino para que descubra su cobardía frente a alguien que, inerme, lo enfrenta con argumentos y con razones.

Esta es mi nota de hoy. No se puede simplemente llorar y estar de luto.

Mi abrazo para los amigos que conversan conmigo cada vez que me leen.

sábado, 16 de noviembre de 2013

El grado 12

Sostengo que el bachillerato, en el sistema educativo colombiano, es una de las más grandes estupideces que se hayan podido inventar: se hace gran alharaca con la importancia de las matemática y el español, y los estudiantes terminan odiando los números y la literatura; se dictan clases de geografía y de historia, pero casi nadie sabe cómo y a cuenta de qué han cambiado los límites de muchos países, y cuáles son los nuevos, o por qué diablos se constituyeron, ni por qué hubo y hay guerras o presidentes fundamentalistas, amantes de los caballos y convencidos de que un país es una finca en la que sólo hay animales y peones.

En Colombia hay una ministra, ex-esposa de otro ministro (palmicultor o, en todo caso, amante de la agroindustria de la palma africana, que acabó con buena parte de la llanura del Pacífico, y con las tierras colectivas de las comunidades afrocolombianas del Chocó y de Urabá, y que se relame con los llanos del oriente del país). Conocí la oficina del nuevo Ministro de Agricultura en Bogotá, hace ya unos dos años, y me impresionaron su "latifundio" burocrático, su gordura temprana, su tontería de beato seminarista impenitente (estudié con ese señor en 1965, en el Seminario Conciliar San Pedro Apóstol, de Cali, del que fui casi expulsado justamente por no tener "espíritu seminarístico", virtud que agradezco a la vida, la salud y la felicidad de las que hoy disfruto).


CITO:

Martes, 30 de Abril de 2013 

Tras la propuesta del Banco Mundial (BM) y la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) sobre la implementación del grado 12, varios colegios de Bogotá ya vienen adelantando estrategias y programas piloto para evaluar la viabilidad de la propuesta planteada. Lo que se busca con la propuesta del grado 12 en los colegios de Bogotá es que el año o los dos años más en el bachillerato sirvan para que los estudiantes salgan como técnicos o tecnólogos y, al mismo tiempo, fortalezcan sus aspiraciones y se combata la deserción escolar en las universidades.

Actualmente en Bogotá se han identificado 35 colegios que iniciarán el grado 12 y 42 colegios en los que se están verificando las condiciones para poder dar inicio al grado 12 durante el segundo semestre de este año. La estrategia consiste en que el colegio y la facultad empiezan a trabajar en equipo en décimo y once, implementando el 25 y el 40 % del currículo, con el fin de llegar al grado 12 con el 100%. La idea es que a medida que el estudiante sea bueno, la universidad le dará créditos desde el grado décimo, once y todo doce, que le servirán para la universidad. A los jóvenes que optan por los grados 12 y 13 se les imparten seis áreas del conocimiento: ciencias económicas y administrativas; arte y diseño; educación física y deportes; matemáticas, ingeniería y tecnologías de la información; ciencias naturales; biología, física y química; y lengua y humanidades.

El objetivo primordial de esta iniciativa es llegar a vincular a los jóvenes de los grados 10º y 11º de colegios distritales de todo Bogotá a programas que les permitan reconocer sus intereses y así llegar a una articulación con la educación superior de manera efectiva. (Plan Nacional de Educación -PNDE- 2006/2016 (http://www.plandecenal.edu.co/).

NOTA 1: Edité el texto anterior, porque estaba MUY mal escrito, como si hubiera sido redactado por un estudiante universitario de cualquier facultad de comunicación, con grados 11 y 12, lo que no garantiza que se dominen la escritura expositiva o los géneros periodísticos....


REGRESO A MIS PENSAMIENTOS:

Suelo decirle a mis estudiantes universitarios que el bachillerato es un padecimiento inútil. Les cuento que el maestro Estanislao Zuleta decidió "saber" y por ello decidió renunciar a los colegios cuando aún no llegaba a la mayoría de edad. Se formó al lado de Fernando González, el "poeta de a pie", amigo de su padre, con quien se acercó a la literatura y a la filosofía. Después se abrió su apetito por otros saberes y otras expresiones, y leyó sin cansancio sobre todos los temas que le inquietaban. Un autodidacta, como podría ser cualquier persona que simplemente hace preguntas y busca respuestas. Para éso no se necesita estar sentados doce años en salones de clase con profesores mal pagados y malamente informados, sin pasión por su oficio y a duras penas interesados en los finales de cada mes, cuando se les consigna un pago por una labor que no realizan bien.



En 1981 asistí a un curso de Psicoanálisis que dictaba el maestro Zuleta. No aprendí mucho sobre el tema, pero me interesé por la obra de Freud, y más tarde leí a Wilhelm Reich, y me acerqué a los escritos de Jung, y compré libros de Igor Carusso, de Mannoni, de Lacan, de Winnicott, de Groddeck...

La educación, supe, no tiene que ver con abundancia de contenidos sino con la siembra de inquietudes.

Cuando hacía mi especialización en Sociología, el amigo y profesor Alberto Valencia insistía en la condición de pensador de Zuleta. No se trataba de un "sabedor" de múltiples asuntos sino de un individuo que se situaba en sus circunstancias y hacía preguntas -las que muchos podríamos hacer- sin esperar a que las respuestas estuvieran dadas, sobre todo si esas respuestas provenían de personas ajenas a las realidades propias. No se puede aceptar una respuesta a una pregunta que no hemos hecho: el sistema educativo colombiano ofrece millares de respuestas (el ICFES lo sabe y juega con ello) a preguntas que nada tienen que ver con quienes "se educan". Sabemos tanto que no sabemos nada.

Cuando la Ministra de Educación (!!!!!) propone añadir un año (un grado) a la tortura de la educación básica secundaria no hace más que promover el incremento formal de la estupidización de nuestra juventud. ¿Acaso pretende que los estudiantes  aprendan a pensar?, o ¿piensa que nuestros jóvenes serán capaces, con un año más de encierro, de redactar textos claros, concisos y coherentes?, ¿o que se interesarán más por la lectura?, ¿o que llegarán a las universidades con ideas claras con respecto al tipo de sociedad en la que vivimos, y con proyectos de vida y de trabajo que permitirán transformar la sociedad y hacer que sus vidas sean menos trágicas que las de sus padres?

El problema de la educación no es de cantidad de cursos o materias sino de calidad de los maestros y de claridad en los propósitos. He afirmado que no es necesario que un niño dedique cinco años (en la primaria) para apenas saber medio leer y no leer casi nada, o poder sumar y no tener qué (lo mejor y más práctico sería aprender la resta y la división, porque personas como la ministra no permiten pensar en sumar y multiplicar).

Necesitamos educadores diferentes, comprometidos, deseosos de cambiar el tierrero en que vivimos (reemplácese esa expresión por cualquier otra que ilustre con más claridad el tipo de mundo al que se somete a la mayoría de la gente en este país). Pero éso no es fácil, porque los educadores suelen ser más un tipo de funcionarios del sistema educativo que una especie de individuos conscientes de su papel como gestores de individuos pensantes.

El objetivo de la educación, si no es el de formar personas capaces de pensar, no es ninguno, más que el de re-producir una realidad que a pocos sirve. La sociedad inequitativa, desigual e injusta en la que vivimos se sostiene y se alimenta de gente que no sabe, que no piensa, que no se hace preguntas. Un grado más en el "régimen" de "educación" secundaria no haría más que fortalecer la incapacidad de nuestra juventud para aspirar a cambiar el país.

La ministra no es tonta. Sabe de qué va este cuento. Sabe por qué propone un grado más de estupidez para nuestra juventud. Jamás se le ocurrirá plantear el tema de la calidad de la educación (ella misma parece ser fruto de la cantidad, no por nada dirigió la Cámara de Comercio de Bogotá), o asociar la calidad con la formación de los educadores y la investigación sobre estrategias para desarrollar el pensamiento crítico y reflexivo en nuestra juventud. El tema es tremendamente simple para los funcionarios, los burócratas y los políticos tradicionales: más de lo mismo, que es nada; una suma de información destinada al olvido y al alejamiento del saber.


NOTA: Se permite (se estimula) la reproducción de cualquier texto del autor. No importa que no se cite la fuente, ni qué medios se utilicen.