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jueves, 6 de marzo de 2014

Colombia Elige...


A diferencia de muchos de mis colegas blogueros, no tengo ninguna recomendación específica frente a candidatos para la selección de los congresistas de Colombia este 9 de marzo. Sólo unas consideraciones que, en mi sentir, valdría la pena que se sometan a la consideración de quienes asumimos que algo se puede hacer para que el país ande por otras sendas, que no sean la de la supresión de los contradictores, la de las ciegas adscripciones a liderazgos mesiánicos, la de las complicidades con personajes que no leen ni estudian ni se interesan por aquellos a quienes dicen representar, la de la confianza ciega en tradiciones que en general han mostrado no servir más que para el mantenimiento de un statu quo que afirma la consolidación de unas diferencias que deberían avergonzarnos como ciudadanos, como demócratas, como humanos.

Están lejos los tiempos en los que milité en la izquierda. En mi familia la tradición indicaba que debía ser conservador, muy cercano a sectores bastante radicales. En una y otra vereda pude percibir autoritarismos, visiones sectarias y estrechas, intolerancia y discriminación hacia quienes no comulgaban con los idearios de cada colectivo. Al final, identifiqué las "líneas" de cada uno como expresiones de "iglesias" cerradas (aunque etimológicamente la palabra aluda a congregación, algunos estudiosos sugieren que de entrada el término hace referencia a grupos excluyentes, lo que daría para pensar que "iglesia cerrada" es casi un pleonasmo). De hecho, me excluí de una iglesia una vez viví la experiencia de conocer por dentro un Seminario, y de la otra una vez que expresé una opinión contraria a la de un grupo y fui prácticamente acusado de ser algo así como un contra-revolucionario.

He dedicado mi vida desde entonces (desde hace ya más de treinta años) a actuar de acuerdo con mis convicciones, en las que priman las ideas de servir a otros, de andar del lado de la vida en cualquiera de sus manifestaciones, de valorar la diferencia como principio y garantía de preservación de la vida misma (como tan bien lo saben los biólogos y los ambientalistas), la de disfrutar de lo que soy capaz de conquistar con mi trabajo y mis ideas (por éso el enorme disfrute del estudio, de la literatura, de la música, del cine, de mis diarias caminatas o paseos en bicicleta, del amor, del humor....). Si el mundo no es mejor cada día para cada uno, en sus pequeños dominios (la casa, el espacio en el que trabaja, el vecindario, los círculos de amigos), y si no es posible que aportemos para hacerlo mejor, no es mucho lo que se puede disfrutar del estar vivos.

Creo que los políticos tienen como misión principal educar, y sé que los nuestros casi nunca lo hacen. Creo que un político debe generar confianza por todas y cada una de sus actuaciones, y advierto que en Colombia hay muy pocos políticos que lo logran; más bien se esmeran por alcanzar altos niveles de descrédito. Creo que para ser políticos se necesita más que hacer política (es decir, que la política verdadera se hace en escenarios que no son propiamente aquellos en los que nuestros políticos brillan más: los de la invención de leyes para todo y la negación a buscar soluciones por fuera de imposiciones y normas; los de la acumulación de poder económico, influencias y capacidad de negociación para beneficio personal; los del cultivo de una imagen mediática que pocas veces tiene que ver con la personalidad real de la mayoría de quienes muestran sus máscaras cada cuatro años en los tarjetones).

Y los políticos deben servir a la gente, independientemente de quién los elija, cosa que rara vez vemos. Lo que llamamos vocación de servicio parece estar del lado de personas altruístas que se organizan en torno a proyectos que se realizan generalmente por vías distintas a las que proponen los políticos.

Y los políticos deben ser generosos y solidarios, cosa que tampoco vemos corrientemente.

Y los políticos deben ser honrados.

Y no deben ser oportunistas.

Un abrazo para quienes se atreverán a votar este domingo, y ojalá lo hagan de la manera políticamente más consecuente.

Luis Jaime, marzo 7 de 2014

lunes, 30 de diciembre de 2013

Que no nos maten porque nos dejamos...

NOTA: Comencé a escribir esta nota el 28 de diciembre de 2013. El calendario gregoriano habla del día de los inocentes, pero en 1582 nadie sospechaba que nuestro mundo redujera su tamaño (los entusiastas usuarios de las nuevas tecnologías de la información creen que sus dimensiones crecen, y que tener más datos supone saber más y tener mayor control sobre lo que ocurre). Hay formas de leer, y hay una que indica que cada vez tenemos más información pero sabemos menos, abarcamos más pero reducimos nuestra capacidad de comprensión, tenemos "más poder" pero podemos menos, resolvemos con mayor celeridad las minucias de la vida pero perdemos la vida en ello.


Hace apenas una hora, en el canal de televisión de National Geographic, estuve viendo un programa sobre las terribles predicciones que muchos científicos del mundo hacen sobre lo que le espera a la humanidad en este siglo en materia de desastres "naturales".

La naturaleza, como bien dijo el filósofo colombiano Danilo Cruz (poco leído, poco conocido), es parte del mundo que dejamos atrás los humanos cuando creímos ser amos y señores del planeta. Los mitos y las creencias (o las opiniones, como preferiría Platón) dieron paso al reino de la razón, preconizado por Descartes y celebrado por Kant, y aclamado por quienes se sintieron amos del mundo y constructores de un futuro venturoso cabalgando a lomos de la ciencia. Los comerciantes, los industriales y los gobernantes, sobre todo, imaginaron un mundo de abundancia basado en la eficacia y la eficiencia de nuevas y cada vez más sofisticadas tecnologías. Y nos están matando.

Uno se deja matar cuando cree ciegamente en las bondades del mal llamado desarrollo. Te han dicho que el desarrollo supone que vayas a una escuela, que ingreses a una universidad, que te conviertas en funcionario de un sistema que a duras penas te permite ganar un salario mensual, pagar tu casa y tus "obligaciones", alimentar a tus hijos, jubilarte y morir de viejo. La vida se redujo, se contrajo, se hizo miserable y triste. Y ahí vas, trasegando (que no caminando) un sendero que a duras penas conduce a un entierro de segunda clase.



Cada nuevo año, desde que escucho la radio y veo canales internacionales de televisión, la temporada de huracanes que comienza con el solsticio de verano es más feroz (no hablo de tifones y de ciclones, que son lo mismo aunque aluden a otras etnias, otras culturas y a gentes que solemos ignorar). Si mal no recuerdo, los terribles efectos de Katrina, aunque fueron predichos, no pudieron evitar que cientos de miles de habitantes de Nueva Orleans perdieran sus casas y sus enseres, sus animales y sus sueños, en una inundación que anticipa las decenas que habrá en el futuro próximo en las costas de los Estados Unidos. Nueva York sigue jactándose de ser la capital del mundo, sin intuir que se puede ser la capital de los desastres que provocan justamente la enorme atracción de esta ciudad, su desmesurado crecimiento, su desbordado consumismo, sus irracionales modelos de vida, su gigantesca insensibilidad y todo aquello que hoy concentran las grandes ciudades, que es la insolidaridad y el despilfarro, que es la funcionarización de la vida, que es la ceguera y el desconocimiento de la responsabilidad frente a un futuro venturoso que negamos a nuestros hijos, nietos, sobrinos, a todas las generaciones del siglo que creímos sería el de la redención de la miseria, el de la democratización de la educación, el de la liberación de las últimas etnias y naciones víctimas de colonialismos y tiranías e injusticias políticas o sociales.

Hace un poco más de treinta años intenté escribir una serie de relatos cuyo tema central era la muerte. No porque le rinda culto. Me atemoriza, sobre todo cuando no encuentro razones para que actúe, cuando es forzada, cuando nos la imponen. Contaba en uno de ellos cómo nuestra especie inventó el asesinato, que no existe en otras especies animales; hablaba de algunos misteriosos pasajes que quizás se abran para quienes abandonan el mundo que conocemos; afirmaba que el suicidio es una forma de matar en el que la sociedad, por la interpuesta mano de la víctima, muestra una de sus más horrendas caras...

Daniel Viglietti, canta-autor uruguayo cuyas canciones conocí desde finales de la década de 1960, dice que nuestras sociedades nos matan cuando trabajamos y cuando no lo hacemos, que hay niños que se parecen a los hombres (nos imitan) cuando matan a otros con el trabajo o con el despojo, que hay "ciegos" peores que aquellas personas que no pueden ver...



No hay nada de "natural" en las tragedias que se anuncian, ni se trata del final de los tiempos, ni hay profecías de inminente e inevitable cumplimiento en materia de mortandades. Sólo hay lo que todos conocemos pero frente a lo cual permanecemos pasivamente conformes: abusos del poder, políticos corruptos, traficantes de armas y de drogas, negociantes, imperios industriales, explotación intensiva de bienes ambientales, esclavitudes, comercio con todo aquello que signifique lucro enorme y poca inversión, estupidez generalizada en medio (y gracias a los medios) de todo aquello que pueda convertirse en espectáculo, moda (o, lo que es lo mismo, cambio sin transformación)...

Contra los "apocalípticos", creo en las bondades de la investigación científica y de los creadores o desarrolladores de nuevas tecnologías. Acaban de implantar un corazón artificial a un hombre y sigue vivo, hay cientos de amputados por minas y que caminan, disponemos de las mayores fuentes de información con que haya podido contar la humanidad en toda su existencia.

Contra los "integrados", pienso que nos dejamos llevar por el atractivo de la basura en que nos ha metido el modelo funcional de vida en el que estamos.

Para comenzar el nuevo año, sólo quisiera que cada uno de quienes leen esta nota pensara en qué tontería puede abandonar entre las pocas o muchas que ha incorporado a su vida; o qué uso creativo y solidario podría hacer de cualquier elemento que tenga a su alcance. Se puede llamar a un amigo para hacerle sentir la amistad y el apoyo en una circunstancia, se puede escribir un poema, se puede crear un cuento, se puede intentar comprender por qué se producen los huracanes y qué relación tienen con lo que hacemos diariamente. Se puede decidir que no se apoya a determinados políticos por razones de "tradición" o de conveniencia personal y ocasional. Se puede acariciar a un niño en la calle, se puede cantar y volver a las canciones de cientos de artistas que decidieron que no todo en el arte es comercio, se puede leer tanta y tan hermosa producción literaria que habla de historias ciertas de personas o de países cuya expresión decidimos ignorar en favor de las ligeras y tontas series de televisión que nos ofrecen algunas multinacionales en alta definición.

No es que este mundo esté matando gente lejana, ajena, distante. Es que nos mata y nos hace cómplices de la muerte.

No te dejes matar, no mates.

jueves, 5 de diciembre de 2013

MADIBA


"Amo de mi destino, capitán de mi alma"

En mayo de 2000 decidí perderme por las calles de Londres, en compañía de William y Anelio, dos indígenas Kunas que conocí cuando fui invitado por el Institute of Development Studies, de la Universidad de Brighton, a un Encuentro-Taller sobre "Comunicación para la Transformación Democrática de la Sociedad".

Perderse es esa forma de viajar que escogimos quienes no recalamos en hoteles y ansiamos tener real contacto con los sitios que visitamos, es decir con la gente que los habita. Y mis extravíos fueron seguidos por mis acompañantes, quienes no estaban interesados en los grandes monumentos para hacer fotografías en ellos sino en descubrir otro modo de vida, el de los londinenses atareados, el de millares de turistas del mundo entero queriendo untarse un poco de historia y disfrutando del verano que llegaba con soles esplendorosos y cielos azules, con días enormemente largos y sonrisas espontáneas en las calles.

Lo curioso de nuestra caminata dominical es que, andando sin rumbo, nos topamos con un busto de Nelson Mandela después de salir de una avenida y subir una escalera en medio de varios edificios, a pocas cuadras del Big Ben y el edificio del Parlamento, y un poco antes de llegar al "London eye", en una orilla del Támesis.

Dije curioso, pero creo que en el no calculado trayecto que recorrimos ese día terminamos por encontrar escenarios que corrientemente no se muestran en las guías turísticas, en los que afirmábamos la idea de que el mundo es cualquier parte y todas las partes, sobre todo en una urbe cosmopolita en la que una buena parte de los ciudadanos sabe valorar y respeta las diferencias con los demás habitantes del planeta.


Como sé que en estos días se contarán y se descubrirán cientos de historias sobre la vida de Nelson Mandela, y yo sé realmente poco sobre su vida, quiero compartir una idea que, creo, poco se resalta con respecto a la labor que este hombre generoso hizo por todos los sudafricanos.

Los noticieros y los periódicos del mundo entero hablarán sobre sus luchas. Yo siento que uno de los rasgos de grandeza de Mandela fue justamente percibir que la Vida no lucha, sólo persiste, se multiplica, se desarrolla, supera las amenazas y las contingencias que la acechan. La perspectiva de la lucha hace énfasis en la idea de una confrontación, de un enemigo, y en esa perspectiva es probable (suele ocurrir) que quienes aman la Vida terminen perdiendo batallas.

Mandela pensó de manera diferente, pues de otro modo habría transitado el camino de la mayoría de sus compatriotas víctimas del aparheid, una política de Estado construida sobre la idea de la superioridad de un grupo sobre otros, expresada mediante una segregación brutal y sangrienta. Había que pensar en un país posible para la minoría blanca y la mayoría negra, había que mostrarle al mundo que el absurdo sistema impuesto en 1948 subsistía porque otros países lo hacían posible al negarse a ver las inequidades y las injusticias del régimen, había que decir a grito herido que es posible un humanismo fundado en la solidaridad y la apertura de espacios para todos, porque ningún Derecho puede validarse con fundamento en la idea de que hay humanos que merecen más que otros.

Hay un cuestionamiento muy fuerte tras los gestos y las acciones de Mandela. Alguna vez Wilhelm Reich habló sobre la invitación que Jesús hacía para que cuando recibamos un golpe en una mejilla pongamos la otra ante el agresor. Y señalaba que el gesto no tiene la intención de darle aliento al agresor para que siga cometiendo tropelías sino para que descubra su cobardía frente a alguien que, inerme, lo enfrenta con argumentos y con razones.

Esta es mi nota de hoy. No se puede simplemente llorar y estar de luto.

Mi abrazo para los amigos que conversan conmigo cada vez que me leen.

sábado, 16 de noviembre de 2013

El grado 12

Sostengo que el bachillerato, en el sistema educativo colombiano, es una de las más grandes estupideces que se hayan podido inventar: se hace gran alharaca con la importancia de las matemática y el español, y los estudiantes terminan odiando los números y la literatura; se dictan clases de geografía y de historia, pero casi nadie sabe cómo y a cuenta de qué han cambiado los límites de muchos países, y cuáles son los nuevos, o por qué diablos se constituyeron, ni por qué hubo y hay guerras o presidentes fundamentalistas, amantes de los caballos y convencidos de que un país es una finca en la que sólo hay animales y peones.

En Colombia hay una ministra, ex-esposa de otro ministro (palmicultor o, en todo caso, amante de la agroindustria de la palma africana, que acabó con buena parte de la llanura del Pacífico, y con las tierras colectivas de las comunidades afrocolombianas del Chocó y de Urabá, y que se relame con los llanos del oriente del país). Conocí la oficina del nuevo Ministro de Agricultura en Bogotá, hace ya unos dos años, y me impresionaron su "latifundio" burocrático, su gordura temprana, su tontería de beato seminarista impenitente (estudié con ese señor en 1965, en el Seminario Conciliar San Pedro Apóstol, de Cali, del que fui casi expulsado justamente por no tener "espíritu seminarístico", virtud que agradezco a la vida, la salud y la felicidad de las que hoy disfruto).


CITO:

Martes, 30 de Abril de 2013 

Tras la propuesta del Banco Mundial (BM) y la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) sobre la implementación del grado 12, varios colegios de Bogotá ya vienen adelantando estrategias y programas piloto para evaluar la viabilidad de la propuesta planteada. Lo que se busca con la propuesta del grado 12 en los colegios de Bogotá es que el año o los dos años más en el bachillerato sirvan para que los estudiantes salgan como técnicos o tecnólogos y, al mismo tiempo, fortalezcan sus aspiraciones y se combata la deserción escolar en las universidades.

Actualmente en Bogotá se han identificado 35 colegios que iniciarán el grado 12 y 42 colegios en los que se están verificando las condiciones para poder dar inicio al grado 12 durante el segundo semestre de este año. La estrategia consiste en que el colegio y la facultad empiezan a trabajar en equipo en décimo y once, implementando el 25 y el 40 % del currículo, con el fin de llegar al grado 12 con el 100%. La idea es que a medida que el estudiante sea bueno, la universidad le dará créditos desde el grado décimo, once y todo doce, que le servirán para la universidad. A los jóvenes que optan por los grados 12 y 13 se les imparten seis áreas del conocimiento: ciencias económicas y administrativas; arte y diseño; educación física y deportes; matemáticas, ingeniería y tecnologías de la información; ciencias naturales; biología, física y química; y lengua y humanidades.

El objetivo primordial de esta iniciativa es llegar a vincular a los jóvenes de los grados 10º y 11º de colegios distritales de todo Bogotá a programas que les permitan reconocer sus intereses y así llegar a una articulación con la educación superior de manera efectiva. (Plan Nacional de Educación -PNDE- 2006/2016 (http://www.plandecenal.edu.co/).

NOTA 1: Edité el texto anterior, porque estaba MUY mal escrito, como si hubiera sido redactado por un estudiante universitario de cualquier facultad de comunicación, con grados 11 y 12, lo que no garantiza que se dominen la escritura expositiva o los géneros periodísticos....


REGRESO A MIS PENSAMIENTOS:

Suelo decirle a mis estudiantes universitarios que el bachillerato es un padecimiento inútil. Les cuento que el maestro Estanislao Zuleta decidió "saber" y por ello decidió renunciar a los colegios cuando aún no llegaba a la mayoría de edad. Se formó al lado de Fernando González, el "poeta de a pie", amigo de su padre, con quien se acercó a la literatura y a la filosofía. Después se abrió su apetito por otros saberes y otras expresiones, y leyó sin cansancio sobre todos los temas que le inquietaban. Un autodidacta, como podría ser cualquier persona que simplemente hace preguntas y busca respuestas. Para éso no se necesita estar sentados doce años en salones de clase con profesores mal pagados y malamente informados, sin pasión por su oficio y a duras penas interesados en los finales de cada mes, cuando se les consigna un pago por una labor que no realizan bien.



En 1981 asistí a un curso de Psicoanálisis que dictaba el maestro Zuleta. No aprendí mucho sobre el tema, pero me interesé por la obra de Freud, y más tarde leí a Wilhelm Reich, y me acerqué a los escritos de Jung, y compré libros de Igor Carusso, de Mannoni, de Lacan, de Winnicott, de Groddeck...

La educación, supe, no tiene que ver con abundancia de contenidos sino con la siembra de inquietudes.

Cuando hacía mi especialización en Sociología, el amigo y profesor Alberto Valencia insistía en la condición de pensador de Zuleta. No se trataba de un "sabedor" de múltiples asuntos sino de un individuo que se situaba en sus circunstancias y hacía preguntas -las que muchos podríamos hacer- sin esperar a que las respuestas estuvieran dadas, sobre todo si esas respuestas provenían de personas ajenas a las realidades propias. No se puede aceptar una respuesta a una pregunta que no hemos hecho: el sistema educativo colombiano ofrece millares de respuestas (el ICFES lo sabe y juega con ello) a preguntas que nada tienen que ver con quienes "se educan". Sabemos tanto que no sabemos nada.

Cuando la Ministra de Educación (!!!!!) propone añadir un año (un grado) a la tortura de la educación básica secundaria no hace más que promover el incremento formal de la estupidización de nuestra juventud. ¿Acaso pretende que los estudiantes  aprendan a pensar?, o ¿piensa que nuestros jóvenes serán capaces, con un año más de encierro, de redactar textos claros, concisos y coherentes?, ¿o que se interesarán más por la lectura?, ¿o que llegarán a las universidades con ideas claras con respecto al tipo de sociedad en la que vivimos, y con proyectos de vida y de trabajo que permitirán transformar la sociedad y hacer que sus vidas sean menos trágicas que las de sus padres?

El problema de la educación no es de cantidad de cursos o materias sino de calidad de los maestros y de claridad en los propósitos. He afirmado que no es necesario que un niño dedique cinco años (en la primaria) para apenas saber medio leer y no leer casi nada, o poder sumar y no tener qué (lo mejor y más práctico sería aprender la resta y la división, porque personas como la ministra no permiten pensar en sumar y multiplicar).

Necesitamos educadores diferentes, comprometidos, deseosos de cambiar el tierrero en que vivimos (reemplácese esa expresión por cualquier otra que ilustre con más claridad el tipo de mundo al que se somete a la mayoría de la gente en este país). Pero éso no es fácil, porque los educadores suelen ser más un tipo de funcionarios del sistema educativo que una especie de individuos conscientes de su papel como gestores de individuos pensantes.

El objetivo de la educación, si no es el de formar personas capaces de pensar, no es ninguno, más que el de re-producir una realidad que a pocos sirve. La sociedad inequitativa, desigual e injusta en la que vivimos se sostiene y se alimenta de gente que no sabe, que no piensa, que no se hace preguntas. Un grado más en el "régimen" de "educación" secundaria no haría más que fortalecer la incapacidad de nuestra juventud para aspirar a cambiar el país.

La ministra no es tonta. Sabe de qué va este cuento. Sabe por qué propone un grado más de estupidez para nuestra juventud. Jamás se le ocurrirá plantear el tema de la calidad de la educación (ella misma parece ser fruto de la cantidad, no por nada dirigió la Cámara de Comercio de Bogotá), o asociar la calidad con la formación de los educadores y la investigación sobre estrategias para desarrollar el pensamiento crítico y reflexivo en nuestra juventud. El tema es tremendamente simple para los funcionarios, los burócratas y los políticos tradicionales: más de lo mismo, que es nada; una suma de información destinada al olvido y al alejamiento del saber.


NOTA: Se permite (se estimula) la reproducción de cualquier texto del autor. No importa que no se cite la fuente, ni qué medios se utilicen.

miércoles, 30 de octubre de 2013

Más - caras de la Complejidad

El tema llega, como llegan o se van las actividades de cada día. La docencia tiene como enorme contraprestación el acercamiento a una gigantesca diversidad de caracteres e historias, a centenares de situaciones, a una desmesurada cantidad de insospechados temas, y cada día hay más sorpresas, sobre todo cuando se renuncia a la idea de imponer verdades o de administrar información como buena moneda, o a prescribir conductas o validar perspectivas personales. Entonces hay la posibilidad de la exploración constante, del verdadero aprendizaje.

Conté en otra ocasión, aunque ya no sé si en estas mismas notas, cómo cuando hacía mi especialización en Sociología tuve un curso de Análisis Cuantitativo con el profesor Elías Sevilla Casas, en la Universidad del Valle. Él se sorprendió porque, a pesar de mi frecuente y en su opinión acertada participación en sus clases, no alcancé más que un 2.00 como nota de un primer examen. Aprovechando que en ese momento se iniciaban las clases con los alumnos de pregrado, me propuso que dictara un curso similar para estudiantes de quinto semestre, con el argumento de que cuando uno tiene dificultades en un tema es una buena opción trabajar en ellos y resolverlos en el ejercicio de la docencia. Tenía razón, toda la razón, tanta que menos de un año después yo estaba diseñando y desarrollando dos cursos en esta materia en la Facultad de Comunicación Social de la Universidad Santiago de Cali.

La complejidad es una de esas dimensiones de la vida que pocas veces se puede apreciar en nuestro mundo lineal, o cuadriculado, o unidimensional (como señalara H. Marcuse), o que privilegia la razón utilitarista e instrumental (como quiere J. Habermas). Y es difícil captarla porque nuestro mundo procura la reducción, la simplificación, la eficacia y la eficiencia, sacrificando la comprensión y el trabajo dedicado, la observación detallada, las perspectivas relacionales.

Hablo de más-caras de la complejidad porque enfrentamos tanto la opción de perdernos en las apariencias (máscaras) como la de llegar a descubrir, si nos esforzamos un poco, la multiplicidad y la riqueza de cada acontecer, de cada asunto que consideramos, de cada relación que establecemos, de cada experiencia.


Como siempre, estando en una clase se presentan ideas que no se me ocurrirían de no se porque logro percibir en algunos estudiantes inquietudes que los desbordan, frente a las cuales no hallan vías de exploración porque no se les dio la oportunidad de pensar de modos diferentes a los que preconiza e insistentemente valida y promueve nuestra concepción dominante de la educación. Los muchachos, por ejemplo, al querer abordar el tema de la elaboración de un reportaje, me preguntan por una definición, piden que les indique cuáles son las condiciones "necesarias" para la preparación y la producción de un reportaje, pero a ninguno se le ocurre preguntar por qué otras condiciones (quizás no necesarias) hacen posible que un periodista encuentre ese aspecto especial que hace de un hecho el punto de partida para iniciar una investigación, o cómo en la enorme maraña de circunstancias que rodean un acontecimiento están la historia, la geografía, la cultura, el ordenamiento social y político de un pueblo. Y, más todavía, cuando les hablo de la geografía parecen entender que me refiero a nombres de ciudades o de accidentes geográficos, porque no les permitieron ver que la geografía es dinámica y compleja, que el planeta se mueve y se transforma por acción de fuerzas geológicas, por efecto de la influencia de otras fuerzas del cosmos, por la acción humana (que incluye el no saber vivir en nuestra Tierra, con ella, con los seres con los que compartimos espacio y circunstancias). Y cuando hablo de historia se sitúan en el terreno de unas fechas y unos reinos que no llegaron a conocer, porque se les hizo creer que la historia es un inventario de hechos que alguien decidió que eran importantes para un país, para una ideología, para un grupo étnico o de poder...

Y entonces se me ocurre hablar de la multidimensionalidad de la realidad, y además de la multiplicidad de realidades que puede haber en un mismo acontecimiento. Y les muestro cómo un edificio que se derrumbó en una ciudad nuestra hace unos días contenía las historias de vida y los proyectos y los sueños de muchísimas personas; y de la geología urbana; y de las contradicciones que puede haber entre un diseño pretendidamente hermoso, funcional, moderno, y una ingeniería que no está preparada para sustentar caprichos arquitectónicos; y del diseño y la aprobación de políticas para el sector de la construcción; y de la enorme preparación que tuvieron quienes integran los grupos de rescate que llegaron de varias ciudades del país para intentar hallar los eventuales sobrevivientes y los cuerpos de quienes murieron sepultados por toneladas de escombros...

Y hablo, además de que no vale la pena una definición cuando se trata de crear un texto que seduzca o conmueva, y que no es útil esperar que un profesor "sentencie" el modo como un periodista habrá de escribir sus reportajes. Y cuento que la mayoría de los buenos periodistas del país quizás no han pasado por una academia en la que les den definiciones o les dicten pautas para crear, y que no hay cursos de observación, curiosidad y creatividad, porque a los educadores generalmente les interesa más la simplificación del universo que creen conocer, dominio en el que no se sienten cuestionados, en el que se pueden cobijar con el manto de muchos autores que avalan sus exposiciones "magistrales".

Digo que cuando se impone una sola mirada la realidad se empobrece. Y a pensar en el culto que se rinde a la razón (sobre todo a un tipo de razón) porque permite entender aislando, y actuar con orden y con efectividad y con eficiencia sobre fragmentos de la vida, como cuando se estudia, cuando se llega a ser un profesional, cuando se construye una relación en la amistad o en el amor....

Reducir experiencias y situaciones y relaciones a un solo aspecto, el que nos seduce o interesa o conviene, constituye un falseamiento de esas realidades. Obligamos a esas realidades a enmascararse.


Siempre habrá muchas más caras de las que percibimos (y no sólo máscaras) en lo que acercamos, en aquello que parece no tocarnos, en todo lo que creemos conocer, en lo que ignoramos, y algunas de esas caras son potenciales productos nuestros. De hecho, sabemos que podemos construir el mundo, y que mucho de lo que abandonamos significa una renuncia a nuestros propios deseos inconscientes, a nuestros miedos o a nuestras limitaciones o a nuestro egoísmo.

Hacemos de una relación una experiencia rutinaria porque no podemos ver más allá de lo que nos exigimos a nosotros mismos, que suele ser poco. E imponemos a quienes creemos amar un carácter (sabemos que el término significa etimológicamente "huella", pero que para el teatro griego aludía a máscara), y nosotros mismos llegamos a enorgullecernos por nuestro carácter. Y echamos a perder lo mágico y lo complejo y lo sorprendente y lo inesperado y lo hermoso de nuestras relaciones, y andamos dando tumbos por la vida porque nos impusimos encontrar la felicidad.

Y las máscaras resultan más caras, porque no sabemos ni podemos ver en nuestra vida más caras que aquellas que nos enseñaron y que tan obedientemente aprendimos a ver.

NOTA: Como en otras oportunidades, declaro que mis escritos pueden ser reproducidos parcial o totalmente, por cualquier medio y para cualquier uso que suponga el acercamiento entre personas, la solidaridad o un gesto de generosidad. Ojalá se haga mención del origen. Sumo a esta declaración un abrazo para quienes me leen y con ello se hacen o son mis amigos. 

viernes, 25 de octubre de 2013

Complejidad y Perspectivas de Vida


Hace apenas tres días, realizando una sesión tutorial para una de mis clases de Redacción, una estudiante se me acercó para comentarme algo en relación con su lectura del texto Elogio de la Dificultad, de Estanislao Zuleta, que puede encontrarse fácilmente si se desea buscar y hallar una reflexión acerca de la marcada tendencia que en nuestros tiempos siguen muchísimas personas para procurar eludir todo aquello que signifique esfuerzo, dedicación, compromiso...

Me dijo que tuvo un profesor de matemáticas que siempre le hizo sentir que este campo del saber no estaba hecho para todo el mundo, que había que trabajar muy duro para llegar a la comprensión del sentido y la lógica propia de las matemáticas, que se trataba de un área enormemente "compleja". Ella asumió que la estaba descalificando, y llegó a pensar que las matemáticas eran un saber al que sólo accedían personas con algún tipo de fijación extraña (cierto tipo de "perversión"), o que se trataba de una materia "auxiliar" de algunas profesiones o del lenguaje propio de científicos condenados a vivir en un mundo de abstracciones poco o nada conectadas con lo que ella consideraba la realidad. Terminó odiando tanto las matemáticas como al profesor que, a pesar de "demostrarle" que el lenguaje matemático era "impenetrable", le imponía someterse a duras jornadas de estudio para preparar exámenes en los que rajaba a la mayoría de sus estudiantes, quizás para dejar en claro que él era alguien especial, uno de esos profesores que domina un saber y un lenguaje hechos para unos pocos privilegiados.


Su pequeña historia con las matemáticas me pareció exactamente igual a la de muchos jóvenes que he conocido tras más de veinte años de ejercicio en la docencia, y le hice notar que seguramente también tuvo otros "docentes" que le hicieron sentir lo mismo con la física, la química, la biología, el lenguaje, la historia, la geografía, la anatomía, la geometría... Es más, seguramente -le señalé- hay profesores en las universidades que se deleitan exhibiendo sus saberes "complejos" y que diseñan pruebas intencionalmente complicadas para hacer ver a los estudiantes que ellos son expertos o especialistas o grandes y sabios eruditos.

Le dije, entonces, que el problema con el conocimiento matemático no es tanto que éste sea complejo sino que generalmente en nuestro medio los docentes, incluidos los licenciados en matemáticas, se forman con enormes limitaciones, y que se especializan tanto en un campo que dejan de ver las relaciones del mismo con otros, que en verdad no trabajan en un área compleja del conocimiento sino que lo simplifican en demasía y que lo peor del asunto es que ellos sí llegan a creer que lo complicado (lo más abstracto y menos útil, lo más distante de cualquier posibilidad de ser comprendido) es el verdadero saber.

En mis primeras clases de cada semestre suelo citar una sentencia de un poema de Bertold Brecht en el que afirma que lo que no sabemos por nosotros mismos en verdad no lo sabemos. Trabajo para un programa de formación de Comunicadores Sociales y permanentemente le muestro a los estudiantes que un comunicador debe estar dispuesto a conocer muchos aspectos de la realidad y acercarse a múltiples campos del conocimiento. Un ejemplo: si me ofrecen manejar la sección ambiental de un periódico, seguramente tendré que enterarme de qué es el calentamiento global, qué es la capa de ozono, por qué se derriten los casquetes polares, qué agentes contaminantes del aire o del agua se producen en mayores cantidades en diversos campos de la producción, y habré de interesarme por saber qué se propuso con la llamada "Revolución Verde", y qué es un biodigestor... Y si me ofrecen trabajar como reportero de una sección política tendré que conocer algo sobre la historia de mi país, informarme sobre cómo han evolucionado los partidos políticos, qué significa en política hablar de "derecha" o de "centro" o de "izquierda", sobre cómo funcionan los organismos legislativos de diferente nivel, sobre cómo una constitución transformó las posibilidades de la acción política partidista y de la ciudadanía....

No nos dan conocimientos complejos ni nos preparan para comprender la complejidad del mundo en el que vivimos... Por el contrario, todo lo simplifican, lo reducen a datos que debemos memorizar porque para los docentes son la expresión del "saber" de cada materia, lo convierten en información que -supuestamente- expresa el conocimiento de una disciplina. Y entonces, los estudiantes "conocen" los nombres de los autores de moda, y "saben" qué dicen, y algunos hasta llegan a recitar de memoria algunos de sus planteamientos, o sus análisis, o sus reflexiones; pero nada más. No saben y no se les permite saber, porque el saber es para iniciados (llámense docentes, o especialistas o agentes activos en el mundo real). El estudiante jamás será protagonista, jamás se planteará la necesidad de intentar transformaciones, jamás cuestionará el saber libresco de sus profesores. Todo es trágica y absurdamente SIMPLE. Lo que se ha desterrado en nuestra educación es la posibilidad de desarrollar una mirada global, compleja, sobre el mundo en el que vivimos.

¿Por qué la formación en universidades de élite sí trabaja en torno a la complejidad? Porque se trata de un nivel de construcción del pensamiento que no se puede democratizar en una sociedad que se sustenta en la existencia de desigualdades en casi todos los órdenes. Si se trabajara más en la perspectiva del desarrollo de un pensamiento matemático que en "temas" y "recetas" (fórmulas) para resolver problemas que no tienen nada que ver con la vida, tendríamos muchos jóvenes pensando, y éso es problemático para una sociedad como la nuestra. Si tuviéramos comunicadores que se formaran en la formulación de preguntas en torno a por qué pasa con nuestra población lo que pasa, se reduciría el volumen de votos que permiten que nuestros senadores y "representantes" y diputados y concejales se eternicen en unos cargos que principalmente sirven para enriquecerlos y asegurar buenas relaciones y negocios para sus familias.

La realidad es compleja. El mundo es complejo. Así lo hemos hecho los humanos, porque -como dice Zuleta- salimos del paraíso y estamos obligados (felizmente condenados) a diseñar la vida que queremos vivir.


El pasado jueves 24 de octubre escuché en una de esas emisoras que gozan de enorme prestigio (somos tan simples) a un Director de Noticias que se escandalizaba a micrófono vivo porque una madre prostituyó a 14 hijas. Según lo que él "supo" (que es lo que hace público, porque cree ser "objetivo") esa mujer vendió la virginidad de sus niñas. Entonces "mostró" su indignación públicamente, y se rasgó las vestiduras (una figura que le encanta a los fundamentalistas de toda pelambre), y pidió cadena perpetua para la madre desnaturalizada que se atrevió a tanto, y abogó por penas cada vez más severas para ese tipo de madres. Al rato, decidió hablar en directo con una psicóloga de prestigio, pensando que ella avalaría su apreciación sobre el caso. Pero la psicóloga no comió cuento por estar al aire en cadena nacional con un supuesto conductor especializado en una gran emisora: le preguntó si había averiguado por la condición mental de la señora, si conocía algo acerca de sus condiciones de vida, si tenía información sobre su pasado; le preguntó si solamente es culpable ante la sociedad esa mujer o lo son también quienes compraron la virginidad de las niñas; le preguntó si cree que este tipo de situaciones desaparecerá si se imponen penas cada vez más severas para quienes los moralistas señalan como culpables...

El mundo, ciertamente, es complejo.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Hoy, en mi vereda...


Debo comenzar agradeciendo a un número considerable de personas cuyos nombres no registro (o no recuerdo, o no conozco), por sus solicitudes para integrarse al grupo Textos para Compartir. En general, no me hago ilusiones sobre la calidad o la profundidad de lo que escribo. Publico mis ideas porque las siento fuertes y ciertas en determinados momentos: ni mejores ni peores que las de otros, sólo ciertas en la medida en que pugnan por salir o desatan nudos que tengo y que a veces parecen querer asfixiarme.

Hoy, en mi vereda, mi madre sufre de un modo que jamás imaginé que podría darse. No soy médico, ni psicólogo, ni psiquiatra... y no sé qué haría si tuviera el conocimiento de un especialista en los males del alma. Pero, además, no me duelo por no tener la experticia de quienes se consagran a estudiar y pretender resolver los padecimientos de quienes sufren por no poder aceptar la vida como nos llega. Difícil, triste, doloroso...

Nuestros padecimientos con respecto a las personas que tenemos cerca siempre serán producto, efecto y expresión de la confusión. El alma (o lo que sea que tengamos) se expresa de formas que no podemos anticipar ni comprender, ni siquiera si creemos tener conciencia plena de nuestra historia personal. No hay tal: no nos sabemos suficientemente. Lo peor es que el factor inconsciente tiene un peso enorme y lo desconocemos casi por completo.

¿A quién le preguntamos por qué nuestros deseos de imponernos sobre los demás son condición para sentirnos bien? Muchos de nosotros hemos vivido cerca de personas que nos retan, que nos condicionan, que nos imponen ser de ciertos modos para ser aceptados y aprobados.

Supongo (no tengo otra opción) que todos tenemos padres amorosos, que tenemos preceptores que imponen visiones sobre el mundo, que padecemos docentes que deciden cuáles son los caminos que debemos tomar.

Hay enfermedades del alma que no se tratan en los consultorios médicos: ni las que padecemos quienes en alguna ocasión nos hemos sentidos excluidos, utilizados o ignorados, ni las que sufrieron aquellas personas que excluyeron, utilizaron o ignoraron a otras. No sabemos a ciencia cierta qué es el amor, e intentamos (aunque no siempre con éxito) comprender de qué manera podemos hacer que alguien cercano se sienta amado por nosotros.

Los males físicos parecen llegarnos a todos en algún momento. Los demás males, siento que pueden evitarse (las religiones los señalan como "pecados", y son los menores, puesto que estamos advertidos sobre cómo podemos caer en ellos y, por tanto, sabemos cómo evitarlos).

Lo grave es que ignoremos consciente y deliberadamente pecar. No soy religioso, y no hablo del pecado en los términos en los que se expresarían un sacerdote, un pastor, un chamán, un gurú.

Pecar es, creo, contrariar la vida, limitar las opciones que tenemos o que otros tienen para explorar posibilidades.

Vivimos en un mundo de suicidas...

hoy, en la vereda de tantos.....