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viernes, 7 de noviembre de 2014

Pensar la Educación (II)


Nota previa: Algunos amigos hicieron muchos e interesantes comentarios sobre mi texto anterior. Quizás a ellos les debo una disculpa por la tardanza en esta segunda entrada sobre el tema de la Educación, pero puedo justificarme diciendo que las observaciones recibidas me han llevado a pensar en muchos aspectos que no había considerado, o al menos no del modo en el que se me plantean algunos asuntos en esas notas. De todos modos, debo decir que busco menos afirmarme en mis ideas que propiciar un diálogo creativo, franco y quizás provocador sobre un tema que parece trillado pero frente al cual las expresiones concretas en la línea de una transformación son escasas. Quizás la primera pregunta que debamos plantearnos, y casi seguramente la última frente a la cual tendremos una respuesta clara, es ¿para qué la educación?, puesto que absolverla con un mínimo grado de satisfacción implica pensar en qué tipo de sociedad queremos para quienes vienen tras nosotros. Sigamos caminando y ya veremos.

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"Siempre que en la filosofía actual se ha consolidado una argumentación coherente en torno a los núcleos temáticos de más solidez, ya sea en la Lógica o en teoría de la ciencia, en teoría del lenguaje o del significado, en Ética o en teoría de la acción, o incluso en Estética, el interés se centra en las condiciones formales de la racionalidad del conocimiento, del entendimiento lingüístico y de la acción, ya sea en la vida cotidiana o en el plano de las experiencias organizadas metódicamente o de los discursos organizados sistemáticamente..." Jürgen Habermas, Teoría de la Acción Comunicativa

Al final, se trata de las pretensiones normativas y universalistas en las que se funda la racionalidad que inaugura la modernidad, que parecen aplicarse a casi todas las esferas de la vida en la modernidad, y que se expresan en casi todas "las materializaciones de la racionalidad cognitivo.instrumental, de la práctico moral, e incluso quizá también de la práctico-estética", como señala Habermas en su Teoría de la Acción Comunicativa.

¿Cómo pensar una educación que eluda tales pretensiones?

En Colombia tenemos una historia sindical del magisterio que se ha orientado, con justa razón, a plantear y buscar la obtención de un conjunto de reivindicaciones que dignifiquen una profesión poco valorada por las instancias gubernamentales y, en general, por la sociedad. Sin embargo, la mayoría de nuestros educadores han cumplido (y quizás lo siguen haciendo) una función meramente utilitaria en el proyecto de preparar a la juventud para atender a las demandas de la economía, y para que se inserte en un sistema que se desentiende de metas "inútiles", es decir de toda aquella que no satisfaga la integración en una sociedad global preconcebida, que avanza a paso lento con las mismas promesas de "progreso" o "desarrollo" que anticipaban las múltiples transformaciones que sustentan nuestra idea de modernidad.

Pero lo grave es que la educación misma haya pasado a un segundo plano, porque se considera ya definida, en el sentido de que la misma sociedad parece haber agotado su visión sobre su sentido, sobre su razón de ser, sobre su "utilidad" para cumplir con las expectativas de mantenimiento de órdenes e instancias que se asumen como logros, como "fines alcanzados" de un tipo particular de organización social, aquél en el que vivimos hoy la mayoría de los humanos.

La educación se define generalmente en términos de "transmisión de conocimientos, valores, costumbres y formas de actuar", de manera que quienes se educan "aprenden" de otros individuos, presuntamente "capacitados" para "enseñarles", aquello que necesitan saber para vivir en la sociedad, integrados a ella y siendo capaces de aportar a la misma para que ésta subsista y para que eventualmente resuelva aspectos problemáticos o disfuncionales que pongan en peligro su ordenamiento. Obviamente, hay muchas definiciones, y no afirmo que todos los educadores suscriban la que anoto aquí: sólo planteo que "generalmente" se concibe en tales términos la educación, y puedo asegurar que muy pocos educadores se toman el tiempo necesario para responder por sí mismos en qué consiste su oficio.


Quizás esta presunción de saber qué es la educación, que tantos educadores comparten, explica por qué los debates sobre la misma son escasos o se reducen a pequeños grupos de intelectuales, o terminan por desplazarse hacia los lugares en los que la sociedad muestra sus debilidades y sus fisuras, su tremenda fragilidad, el fracaso de las promesas de la modernidad, comenzando por aquellas que consagró como lema la Revolución Francesa de 1789 ("Liberté, egalité, fraternité"). Y esa misma presunción permite que nuestros educadores crean que sus mayores expresiones de inconformidad deban estar orientadas a procurarse unas mejores condiciones de vida y de trabajo (mejorar los salarios, la seguridad social, los estímulos, los recursos, las instalaciones, las normas bajo las cuales realizan su labor...), y poco o nada se planteen cómo dejar de ser funcionales a un sistema que se sustenta en desigualdades, prejuicios, automatización de individuos, negación de capacidades y talentos, olvido u ocultamiento de la necesidad de cientos de transformaciones que la sociedad requiere para que la libertad, la igualdad y la solidaridad tengan lugar en ella, y no hablemos de la autonomía, las múltiples expresiones de la diversidad, la creatividad, el compromiso y la responsabilidad que con cada individuo podrían hacerse manifiestos en la sociedad si el sentido fuera otro (así pensemos en metas algo utópicas o indefinibles como la felicidad, el amor, la convivencia, la colaboración, la compasión, el respeto por los demás individuos y por todo aquello que existe en el planeta como manifestación de la vida...).

Al desentenderse del sentido de la educación, los educadores se forman para reproducir el mundo que creen merecemos. Se desentienden de toda idea de subversión (entendida ésta en su buen sentido, que no es otro que la transformación o la erradicación de todo aquello que atenta contra los fines no utilitarios de la educación, aquellos que no hacen parte de los prospectos o los proyectos institucionales). Además, es obvio que sus condiciones no dan para mucho: es casi imposible que cuando se trabaja para sobrevivir, y entonces se deban buscar ingresos adicionales a los que procura un empleo para satisfacer algo más que las necesidades básicas, se pueda dedicar tiempo para pensar en cómo transformar las prácticas educativas, cómo seguirse formando, cómo afectar de manera positiva la vida de un estudiante, cómo salirse de la estrecha mirada que proponen las "materias" para abarcar asuntos realmente importantes en la vida de la gente.

Y entonces las "verdades" sobre el mundo y sobre la vida, y sobre el mundo de la vida, resultan ser aquellas que consagra el "sentido común" (que no suele ser otra cosa más que las opiniones de quienes en la sociedad tienen voz y voto, quienes deciden, quienes gobiernan, quienes administran, quienes ejercen algún poder, porque difícilmente pueden escucharse otras, y los medios masivos no atienden las voces débiles de los débiles). Y en los sistemas educativos se seguirá hablando de un éxito y de unos logros que están en función de propósitos que no son tener una vida plena, ser autónomos, tener la capacidad de dar razón de todo aquello que se cree saber (es decir, tener la capacidad de construir los propios saberes), padecer la dulce angustia de pensar y de amar, porque cada expresión del éxito en esos sistemas tiene un nombre ya establecido: hay que adaptarse a la escala que propone una educación progresiva, hacer primaria para hacer un bachillerato para ir a una escuela tecnológica o a una universidad para poder hacer una especialización para poder cursar una maestría para poder hacer un doctorado y, entonces sí, tal vez, construir una familia y hacerse a un empleo muy bien remunerado que garantice una jugosa y tranquilizadora pensión para que a cada buena y aplicada y responsable oveja del rebaño le llegue la oportunidad de entrar al paraíso de la enajenación completa y alcance la felicidad.

Y los educadores seguirán reclamando mejores salarios, más vacaciones, mejor seguridad social y condiciones favorables para poderse pensionar y decir que cumplieron. Y el sistema habrá cumplido, porque jamás alguien intentó mostrar que es una estafa, y que en él se justifican razones y argumentos falaces para que la existencia sea una negación de la vida.

En Bogotá, a comienzos de noviembre de 2014

martes, 23 de septiembre de 2014

Pensar la Educación (I)


NOTA PREVIA: Me propongo exponer unas ideas, varias, aparentemente inconexas y dispersas, sobre la educación en Colombia. La única razón es que soy un buen educador (sin modestias, que serían la expresión de una impostura). Como algunas de esas ideas pueden resultar polémicas, agradeceré todo comentario de quienes lean mis textos, y lo asumiré como una exigencia para que los escritos futuros sean más claros, mejor sustentados y siempre propositivos y respetuosos con las opiniones de mis interlocutores. Los textos serán relativamente cortos, no sólo porque me interesa que se lean completos sino porque pienso que cada aspecto que trataré merece una exposición clara y concisa, y de este modo es probable que haya más diálogos (y más ricos) con los amigos que quieran conversar sobre ellos.

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En el discurso de posesión para su segundo mandato presidencial, Juan Manuel Santos señaló que su propósito estratégico es convertir a Colombia en un país con equidad, en paz y educado. Dijo Santos: “Una paz total no es posible si no hay equidad. Y la única forma de lograr equidad a largo plazo es tener una población bien educada. Además, un país educado es menos propenso a la violencia”.

Visto desde una perspectiva social, los tres aspectos son uno mismo, si bien en el esfuerzo por alcanzar metas específicas para cada uno de ellos habrán de cumplirse tareas que nuestros políticos han desestimado durante toda nuestra historia republicana, o frente a las cuales han hecho propuestas parciales y diseñado programas “funcionales” que han asegurado el más triste de los resultados: un país desigual, en permanente conflicto y con poca, casi ninguna, educación.



Quienes trabajamos en la perspectiva de educar, más por vocación que por “profesión” (léase empleo), sabemos que la educación que necesita este país no es aquella que se piensa cuando se trabaja para cumplir metas con respecto a indicadores internacionales: importan la cobertura, la profesionalización de los jóvenes, la diversidad en la oferta de programas de formación, la intensidad de las jornadas académicas, la educación de los educadores, la retención de los educandos en los centros educativos… Todo esto importa, pero importa más contar con una educación que forme ciudadanos pensantes, deliberantes, activos en sus comunidades, autónomos, creativos, responsables, comprometidos con ellos mismos y con sus comunidades, sean estas las que sean.

Hace algo más de tres meses abandoné mis escritos regulares en este blog. Y no porque no se me ocurriera qué decir sino porque sentí que había demasiadas inquietudes y que valía la pena pensar con calma para exponer ideas que, aunque circulan hace buen tiempo en los debates sobre la educación, no parecen haberse abierto paso efectivamente. Se trata de ideas relativamente sencillas, que podrían servir como referentes para una real transformación de un sistema educativo que anda a paso lento y en ocasiones tortuoso y en muchas más oportunidades equívoco y en otras más sin rumbo claro (o con un claro rumbo desastroso).

El primer obstáculo para una educación como la que necesitamos es la idea de que la educación debe estar orientada por especialistas en educación, y promovida por “educadores”. La función se superpone a los propósitos, razón por la cual el sistema ha concebido un aparato formador de esos educadores en términos de la función misma: y la función habla de ciclos y de niveles, y habla de contenidos que se ofrecen como una secuencia de paquetes de información supuestamente progresiva, y propone áreas de formación que se plantean como territorios separados por fronteras infranqueables, y entonces el “Mundo de la Vida” del que nos habla Jürgen Habermas se fractura por completo en el proceso educativo, y la educación se conforma con la provisión de datos para la memoria inmediata, y la complejidad del mundo y de la vida se diluyen, y la existencia de las personas tiene que ver muy poco o nada con toda suerte de “materias” que se supone deben conocer los educandos, y la equidad no aparece siquiera en el horizonte más lejano, y la paz es una quimera.

En un Seminario sobre Educación, realizado hace ya casi treinta años en la Universidad del Valle, me atreví a decir que si la educación es tan importante para la sociedad no puede dejarse en manos sólo de los educadores. Quise decir que los asuntos importantes de la sociedad deben tratarse socialmente y considerar la complejidad de la sociedad. Lo mismo debe pensarse cuando se habla de salud o de medio ambiente: dejar los asuntos cruciales en estos dominios exclusivamente en manos de expertos o especialistas no resuelve problemas, porque los problemas los debe resolver una sociedad que los comprende y es capaz de pensar soluciones y de actuar para transformar sus condiciones y sus realidades. Los expertos son muy importantes, piensan mucho, y estudian y hacen propuestas, pero sus posibilidades de intervenir directamente en la transformación del mundo social son menos que reducidas. Además, el saber experto suele ser convertido por el sistema educativo en un nuevo paquete de información que, si sólo se expone para que se memorice y se recite, está condenado al olvido y poco impacto tiene en términos de acciones transformadoras de la sociedad.

En otra oportunidad, tras terminar un Diplomado en Estrategias de Comunicación para Educadores Ambientales, que diseñé y desarrollé en complicidad con WWF-Colombia, hablamos de distinguir entre informar, capacitar y formar. Y la mayoría de los asistentes descubrió que invertía mucho (tiempo, dinero, energía) en informar y capacitar, pero que poco formaba. Y reconoció, además, que las buenas intenciones no bastan como principio o como fundamento en una acción social educativa.

Los fracasos de nuestro sistema educativo tienen que ver con algunos de los aspectos que acabo de mencionar. Para colmo de males, las estrategias más recientes de nuestros gobiernos han hecho énfasis en la ampliación de la cobertura del sistema, en la gratuidad de la educación, en la ampliación de las jornadas educativas (doble jornada y otras tonterías), sin transformar conceptos y criterios y orientaciones, sin cambiar la educación. Más de lo mismo es, en suma, menos de lo necesario.

Por otra parte, el sistema se acomoda a cada nueva “necesidad” de quienes piensan dirigir el país. Con cada nueva detección de fracturas y de vacíos en la comprensión y sobre la acción de los ciudadanos se piensa en una “solución” educativa: si hay problemas de salud, se legisla en el Congreso para que haya una cátedra de salud; si hay problemas de embarazos adolescentes y de violaciones o de ingreso temprano y poco consciente a la vida sexual, se legisla para que haya una cátedra de educación sexual; ahora se propone una cátedra de la paz, porque se vislumbra un posible acuerdo en La Habana entre los negociadores de las FARC y los del gobierno nacional. Y cada cátedra es, otra vez, un territorio aislado de los demás, y se convierte en un inventario de fórmulas discursivas que se asumen como verdades que si se exponen de cierto modo, y se memorizan provisionalmente, van a cambiar el mundo de la vida. Y las cátedras son un nuevo fracaso, porque se van haciendo cada vez más rígidas y estériles y aburridas.

Y cuando no se legisla para hacer que el sistema educativo asuma la responsabilidad por los fracasos o las limitaciones que la sociedad encuentra para alcanzar sus ideales, entonces se legisla para limitar más a los ciudadanos, y se cambian los códigos para incluir nuevos delitos o para incrementar las penas de los existentes. Y no cesan la violencia intrafamiliar, ni los embarazos de las adolescentes, ni las violaciones, ni el maltrato, ni el abandono…

Pienso en una educación que tome en consideración la sociedad sin fragmentarla, y que comprenda que toda expresión de aquello que asumimos como “realidad” es compleja y debe abordarse en su complejidad.

Es todo (por ahora, porque apenas comenzamos a pensar lo que tenemos al frente).

En Bogotá, septiembre 23 de 2014

lunes, 16 de junio de 2014

Para una pedagogía política no formal...

NOTA: Aquí se trata de contribuir a la reflexión sobre asuntos políticos de importancia, aunque no con la pretensión de quien dicta una cátedra sino en la perspectiva de un ciudadano del común que piensa en voz alta (en este caso, escribe) sobre temas que considera importantes para una pedagogía política que tanta falta hace en Colombia. Seguramente habrá voces doctas o saberes académicos depurados que puedan objetar el nivel de elaboración o la pureza conceptual con los que se abordan los temas. En lo que a mí concierne, el ejercicio busca principalmente que los lectores piensen, comenten, cuestionen y precisen cómo entienden y asumen las ideas que someto a su consideración. No creo que la pedagogía política se deba sustentar en definiciones de especialistas más que en la experiencia de cada quien; por otra parte, la posibilidad de tener varias visiones puede ser mucho más productiva que la adopción de conceptos que sólo operan en ambientes académicos. Lo que intento, en suma, es provocar y animar una conversación con quien tenga interés en pensar en cómo vive la política y cómo participa o no en la política.

¿Qué es la Patria?

Jorge Luis Borges, creo, dijo alguna vez que la patria es la infancia. Más allá del evidente sentido metafórico de la expresión, ésta contiene una idea esencial que podemos asociar con raíces, con orígenes, con aquello que nos ancla afectivamente a un entorno familiar, cultural, emocional, cercano a lo que en otros discursos llamaríamos el nacimiento a la vida social.

Tanto en Cali como en Bogotá, cuando estoy en cualquiera de estas ciudades, suelo recorrer los lugares que tuvieron importancia en mi vida; es decir, aquellos sitios en los que viví, tuve amigos, jugué, amé, trabajé o estudié, en los que tuve experiencias importantes o decisivas vinculadas con inquietudes o preocupaciones de cada momento.

La patria, dicen los diccionarios etimológicos, tiene que ver con el lugar de la familia, del padre, del clan. En las sociedades modernas es muy difícil hablar de una patria porque hay demasiada movilidad. En mi caso, por ejemplo, tengo la "patria" paterna (el Chocó) y la "patria" materna (el norte del Cauca), pero hay pedacitos de "patria" que tienen que ver con épocas en las que la familia vivió en Medellín, luego en Cali y finalmente en Bogotá. Por causa de mi desaplicación escolar terminé viviendo en casa del tío Marco Tulio, en Palmira, donde disfruté de años maravillosos mientras terminaba mis estudios de bachillerato. Sólo he podido sentir parcialmente la idea de que Colombia es mi patria estando fuera del país, y en realidad más que sentir a Colombia sentí a América Latina, sentí a los pueblos indígenas de toda América, sentí a los pueblos negros de África y a los pueblos de Asia. Poca identificación logré advertir con los europeos, a pesar de que en la cultura letrada de las universidades de nuestros países tienen tanto protagonismo, y se habla de que tenemos en Europa "madres" patria.





Cuando un grupo de poder habla de patria, en general apela a valores culturales de un pueblo o a nacionalismos chatos, carentes de fuerza (en general, creo que todo nacionalismo es chato y carente de fuerza, porque no hay uno sólo que se sustente en hermandades o solidaridades ciertas, amplias y desinteresadas). Los discursos sobre la patria son sospechosos, porque la idea que se expresa siempre es abstracta, difusa, pretende borrar diferencias que se han impuesto en las sociedades por el ejercicio del poder de algunos (las naturales las conocemos y las aceptamos, como cuando hablamos de la piel; las étnicas y las culturales también son ciertas y respetables, porque hablan de modos de supervivencia, de formas de producir conocimientos y de estar en el mundo, de maneras de sentir y de crear, de convenciones y acuerdos colectivos); los que hablan de la patria esconden que imponen a otros (a la mayoría) una noción del derecho y un ejercicio de la política que les niega toda posibilidad de expresar sus pareceres y de participar en la vida de un país como fuerzas con capacidad y posibilidad real de tomar decisiones.

Más grave es que se hable de intereses de la patria, y más que se afirme que tales intereses están por encima de toda una población. La patria es una entelequia que sirve a los poderosos para convocar a los despojados del poder en torno a sus propios intereses. Cuando las minorías hablan de patria lo hacen convencidos de que es posible socialmente pensar por y para todos los habitantes de un país, pero sabemos que esta idea de patria es una más de las utopías de la humanidad.

Los estados-nación surgieron del sueño burgués que imaginó sociedades organizadas en función de la libertad, la igualdad y la fraternidad. Pero muy pronto y sistemáticamente estas conquistas se hicieron de unos pocos, y en las luchas por ampliar los beneficios para sí mismos distintos grupos de poder han apelado a la idea de la patria para lograr que muchos se enreden en guerras fratricidas para defender sus propias ideas de lo que debe ser la patria. No la de quienes mueren en las guerras sino las de quienes las alientan, las alimentan y crean ejércitos para hacerlas.



¿Cómo se materializa la patria? Podríamos preguntarle a los soldados de cualquier ejército de cualquier país, y de seguro no podrán expresar en qué consiste la patria por la que se supone deben estar dispuestos a dar la vida.

Creo que la idea de patria es la que cada quien quiera tener. Y me quedo con la idea de que la patria es la infancia; al menos, en mi caso, me siento renacer cuando recorro las casas que habité, los sitios en los que he sido feliz, los caminos por los que pude andar algún día tomado de una mano amorosa.

martes, 10 de junio de 2014

La elección final...


En 1958 se eligió al primer presidente del Frente Nacional. Recuerdo, con apenas cinco años de edad, salir de la mano de mi madre a la Avenida El Dorado para ver una caravana (cara vana) entrando a Bogotá, presidida por una gigantesca fotografía en blanco y negro del seguro primer mandatario de esa serie que comenzó a adormecer a los colombianos con respecto a la necesidad y el derecho de ser protagonistas de su destino. El siguiente gobierno, el de Guillermo León Valencia, tomó por sorpresa a mi familia: mi padre, entonces catedrático de la Universidad del Valle y Representante a la Cámara por el Chocó, quien fue nombrado por el "cazador" como gobernador de su terruño. Recuerdo su alegría al pensar que tenía la oportunidad de hacer algo por un departamento que ya entonces era el más olvidado por los gobiernos "nacionales". Recuerdo también que debió renunciar antes de cumplir su período, y que hizo cuentas de presidiario al dejar el cargo (sabía cuántos años, meses, días, horas y minutos había permanecido en su cargo), las cuentas que hace quien dedica su tiempo y su inteligencia a tratar de cumplir con un propósito que no es el suyo sino el de gentes huérfanas, en un país cuyos gobiernos decidieron aprovechar la miseria para consolidar una casta de politiqueros hambrientos, negociantes de la necesidad y, por ello, necesariamente corruptos. Se hablaba entonces de "los lentejos", expresión que se aplicaba a quienes se dejaron comprar con puestos y prebendas para asegurar lo que hoy llaman "gobernabilidad" los capataces de nuestra más que precaria "democracia".

Herencia del Frente Nacional es la abstención, y son herencia también el desprestigio de la acción política, del discurso político, de la reflexión política y del análisis político. Sumidos como estamos en el desbarajuste y el peor "mass-mediatismo", los colombianos vivimos un momento crucial para el país al mismo tiempo que padecemos de la mayor inconsciencia de nuestra historia: los comuneros de 1782 sabían que luchaban contra los altos impuestos y el mal gobierno de los representantes de un rey que no sabía (como no saben quienes han gobernado el país durante los últimos setenta años) qué pasaba en "sus dominios". Lo más grave es que acabamos de votar por un grupo de candidatos (algunos candidotes), entre los cuales hubo quien se atrevió a plantear como disyuntiva la escogencia entre "políticos" y "no políticos"...

Creo que el desprestigio de la política en Colombia beneficia a los herederos del Frente Nacional. El clientelismo, el compadrazgo, el cohecho, el padrinismo, el soborno, las lentejas (hoy la mermelada, el nombre es lo de menos), la mentira y la calumnia, el tráfico de influencias y mil males más que se han hecho costumbre entre quienes crean cada vez más nuevos "partidos", acceden a corporaciones públicas, dirigen organismos descentralizados, son nombrados en cargos diplomáticos y, en fin, "mandan" en Colombia (porque mandan a joder al 98% de los colombianos), han hecho de la política una práctica innoble, despreciable y digna de la más grande condena.

Si hay que elegir, entonces, no hay más opción que la de procurar que haya otros modos de actuar en el escenario político. Es decir, el imperativo para los colombianos no es otro que confrontar prácticas (que no discursos, ya que cualquiera inventa un modo de agradar), y romper tradiciones (como aquella de actuar a la manera de las avestruces asustadas). Habrá que arriesgar hablando con quienes están a nuestro lado, intentando aclarar ideas o llegar a la necesaria confusión que hemos evitado.

Nadie ha dicho que la política debe ser simple. Si alguien lo cree así, de seguro que se trata de quien vive de ella o de quien, en un extremo opuesto, la padece.

Cuando se elige se corre el riego de cometer errores. Siempre pasa, y vamos aprendiendo de a poco, muchas veces recolectando cicatrices. Pero en Colombia no estamos ante fenómenos nuevos: hay una historia que se viene repitiendo desde los tiempos de la "Patria Boba": aquí el "juego" se trata de que hay gatos y hay ratones.

Uno puede aceptar que haya juegos de poder, luchas por el poder, afán de lucro. Lo grave, lo tremendamente inaceptable e inmoral, es que además de querer disfrutar del poder haya quienes quieran obligarnos a creer en un Estado que no se ha podido construir, en una Patria que no existe más que para la defensa o la búsqueda de prebendas de los siempre encumbrados. ¡Qué triste escuchar a un gobernante hablar de los intereses superiores de la patria, cuando esa misma patria es aquella que beneficia a su familia! ¡Qué tragedia tener que soportar a un gobernante que te dice cómo pensar, cuándo hacer el amor, o dónde invertir (si puedes, porque la palmicultura es muy costosa).

Sé que los señores del azúcar, en Valle del Cauca, acabaron con las pequeñas fincas de cientos de campesinos para apoderarse de sus tierras. Corrían cercas, cambiaban el curso de algunos ríos, empujaban su ganado para que destruyera alambrados y pisara cultivos. Así se hicieron Riopaila, Castilla, Providencia, Manuelita, Central Tumaco, Colombina, los grandes ingenios y trapiches de los señores de Asocaña. La guerra se la inventaron quienes hoy se lucran con el producto de las tierras de cientos de miles de campesinos: a quienes no pudieron hacer vender los convirtieron en víctimas de bandidos (antes de ayer "pájaros", ayer paramilitares, hoy miembros de "bacrim", mañana "centro-demócratas").

Esta vez no hay retorno. Aporto algo de memoria, algo de información. Tampoco hay tiempo.

Toca elegir.

sábado, 17 de mayo de 2014

El estiercolero...

La más grande degradación de la política caracteriza el mal llamado debate electoral en Colombia. Ningún interés que no sea el de un grupúsculo asociado con el poder de la economía, o el apetito burocrático (que no es otra cosa que el ingreso a dineros mal habidos a través de cualquier entuerto, chanchullo, tráfico de influencias, cohecho, y las mil y una variantes de actos de corrupción que nuestros "políticos" inventan o copian o "descubren", que parecen convertirse su modus operandi), o las ganas de "transformar" lo que se cree inviable o improductivo o negativo por la vía de leyes improvisadas y miopes... Casi ningún candidato escapa al comadreo y a la burda estrategia de denigrar de los demás sin atreverse a exponer con claridad sus propuestas (cuando hay alguna).

La verdad, una campaña que entristece, que hace crecer la apatía y la desconfianza por el quehacer político. Más triste aún es el hecho de que la mayoría de los llamados "ciudadanos de a pie" piensen que la forma de hacer política es la que nos muestran los candidatos a la presidencia del país y a las corporaciones públicas.

Lo más grave es que la degradación de la acción política se nutre intencionalmente por la mayoría de tales candidatos. Sólo a ellos conviene que la apatía crezca, porque las mañas inventadas por las maquinarias de los partidos desde mucho antes del invento del Frente Nacional se sustentan en el clientelismo, el cacicazgo, el chantaje o la intimidación, la compra de conciencias y el trueque de favores por dinero o por dominios que procuren el apuntalamiento o la ampliación de cualquier forma del poder. Las maquinarias seguirán permitiendo que se sigan eligiendo los cultivadores del estiercolero en que se ha convertido la acción política en Colombia, y no valdrán opciones como el voto en blanco (de lograr una cifra importante se llegarían a cambiar los candidatos... por otros de los mismos partidos que, como decían los viejos gaitanistas, son "la misma perra con distinta guasca") o la abstención (las maquinarias harán lo suyo y los abstencionistas dirán que ganaron, como siempre, la confirmación de que no cuentan).

Aquí sólo cabe la educación política, basada en la Política cierta, la que no riñe con la ética, la que no se basa en el engaño, la que se nutre con el diálogo abierto y la crítica, la que consulta con el conjunto de la población y no se emplea como estrategia para la imposición de un modo particular de ver el mundo, la que no se nutre con la criminalidad y el terrorismo para obtener ventajas de fantasmas y de miedos, la que sabe que todas las expresiones diversas son amigas de la democracia, la que no convierte en negocios las posibilidades de que un pueblo disfrute del derecho a vivir con dignidad.

Quienes no hablan sobre temas políticos se hacen cómplices del estiercolero. No importa que no se tengan toda la claridad sobre cada asunto ni todos los argumentos para sustentar una posición. Lo que importa es que se hable y que se acepte que puede haber razones más sólidas que las nuestras, y que hablando se gane en la comprensión del sentido y la necesidad de que todos seamos políticos.

Hay que rescatar la política de manos de los mal llamados políticos. Y se puede y se necesita comenzar ya.

Bogotá, mayo 17 de 2014


jueves, 6 de marzo de 2014

Colombia Elige...


A diferencia de muchos de mis colegas blogueros, no tengo ninguna recomendación específica frente a candidatos para la selección de los congresistas de Colombia este 9 de marzo. Sólo unas consideraciones que, en mi sentir, valdría la pena que se sometan a la consideración de quienes asumimos que algo se puede hacer para que el país ande por otras sendas, que no sean la de la supresión de los contradictores, la de las ciegas adscripciones a liderazgos mesiánicos, la de las complicidades con personajes que no leen ni estudian ni se interesan por aquellos a quienes dicen representar, la de la confianza ciega en tradiciones que en general han mostrado no servir más que para el mantenimiento de un statu quo que afirma la consolidación de unas diferencias que deberían avergonzarnos como ciudadanos, como demócratas, como humanos.

Están lejos los tiempos en los que milité en la izquierda. En mi familia la tradición indicaba que debía ser conservador, muy cercano a sectores bastante radicales. En una y otra vereda pude percibir autoritarismos, visiones sectarias y estrechas, intolerancia y discriminación hacia quienes no comulgaban con los idearios de cada colectivo. Al final, identifiqué las "líneas" de cada uno como expresiones de "iglesias" cerradas (aunque etimológicamente la palabra aluda a congregación, algunos estudiosos sugieren que de entrada el término hace referencia a grupos excluyentes, lo que daría para pensar que "iglesia cerrada" es casi un pleonasmo). De hecho, me excluí de una iglesia una vez viví la experiencia de conocer por dentro un Seminario, y de la otra una vez que expresé una opinión contraria a la de un grupo y fui prácticamente acusado de ser algo así como un contra-revolucionario.

He dedicado mi vida desde entonces (desde hace ya más de treinta años) a actuar de acuerdo con mis convicciones, en las que priman las ideas de servir a otros, de andar del lado de la vida en cualquiera de sus manifestaciones, de valorar la diferencia como principio y garantía de preservación de la vida misma (como tan bien lo saben los biólogos y los ambientalistas), la de disfrutar de lo que soy capaz de conquistar con mi trabajo y mis ideas (por éso el enorme disfrute del estudio, de la literatura, de la música, del cine, de mis diarias caminatas o paseos en bicicleta, del amor, del humor....). Si el mundo no es mejor cada día para cada uno, en sus pequeños dominios (la casa, el espacio en el que trabaja, el vecindario, los círculos de amigos), y si no es posible que aportemos para hacerlo mejor, no es mucho lo que se puede disfrutar del estar vivos.

Creo que los políticos tienen como misión principal educar, y sé que los nuestros casi nunca lo hacen. Creo que un político debe generar confianza por todas y cada una de sus actuaciones, y advierto que en Colombia hay muy pocos políticos que lo logran; más bien se esmeran por alcanzar altos niveles de descrédito. Creo que para ser políticos se necesita más que hacer política (es decir, que la política verdadera se hace en escenarios que no son propiamente aquellos en los que nuestros políticos brillan más: los de la invención de leyes para todo y la negación a buscar soluciones por fuera de imposiciones y normas; los de la acumulación de poder económico, influencias y capacidad de negociación para beneficio personal; los del cultivo de una imagen mediática que pocas veces tiene que ver con la personalidad real de la mayoría de quienes muestran sus máscaras cada cuatro años en los tarjetones).

Y los políticos deben servir a la gente, independientemente de quién los elija, cosa que rara vez vemos. Lo que llamamos vocación de servicio parece estar del lado de personas altruístas que se organizan en torno a proyectos que se realizan generalmente por vías distintas a las que proponen los políticos.

Y los políticos deben ser generosos y solidarios, cosa que tampoco vemos corrientemente.

Y los políticos deben ser honrados.

Y no deben ser oportunistas.

Un abrazo para quienes se atreverán a votar este domingo, y ojalá lo hagan de la manera políticamente más consecuente.

Luis Jaime, marzo 7 de 2014

lunes, 30 de diciembre de 2013

Que no nos maten porque nos dejamos...

NOTA: Comencé a escribir esta nota el 28 de diciembre de 2013. El calendario gregoriano habla del día de los inocentes, pero en 1582 nadie sospechaba que nuestro mundo redujera su tamaño (los entusiastas usuarios de las nuevas tecnologías de la información creen que sus dimensiones crecen, y que tener más datos supone saber más y tener mayor control sobre lo que ocurre). Hay formas de leer, y hay una que indica que cada vez tenemos más información pero sabemos menos, abarcamos más pero reducimos nuestra capacidad de comprensión, tenemos "más poder" pero podemos menos, resolvemos con mayor celeridad las minucias de la vida pero perdemos la vida en ello.


Hace apenas una hora, en el canal de televisión de National Geographic, estuve viendo un programa sobre las terribles predicciones que muchos científicos del mundo hacen sobre lo que le espera a la humanidad en este siglo en materia de desastres "naturales".

La naturaleza, como bien dijo el filósofo colombiano Danilo Cruz (poco leído, poco conocido), es parte del mundo que dejamos atrás los humanos cuando creímos ser amos y señores del planeta. Los mitos y las creencias (o las opiniones, como preferiría Platón) dieron paso al reino de la razón, preconizado por Descartes y celebrado por Kant, y aclamado por quienes se sintieron amos del mundo y constructores de un futuro venturoso cabalgando a lomos de la ciencia. Los comerciantes, los industriales y los gobernantes, sobre todo, imaginaron un mundo de abundancia basado en la eficacia y la eficiencia de nuevas y cada vez más sofisticadas tecnologías. Y nos están matando.

Uno se deja matar cuando cree ciegamente en las bondades del mal llamado desarrollo. Te han dicho que el desarrollo supone que vayas a una escuela, que ingreses a una universidad, que te conviertas en funcionario de un sistema que a duras penas te permite ganar un salario mensual, pagar tu casa y tus "obligaciones", alimentar a tus hijos, jubilarte y morir de viejo. La vida se redujo, se contrajo, se hizo miserable y triste. Y ahí vas, trasegando (que no caminando) un sendero que a duras penas conduce a un entierro de segunda clase.



Cada nuevo año, desde que escucho la radio y veo canales internacionales de televisión, la temporada de huracanes que comienza con el solsticio de verano es más feroz (no hablo de tifones y de ciclones, que son lo mismo aunque aluden a otras etnias, otras culturas y a gentes que solemos ignorar). Si mal no recuerdo, los terribles efectos de Katrina, aunque fueron predichos, no pudieron evitar que cientos de miles de habitantes de Nueva Orleans perdieran sus casas y sus enseres, sus animales y sus sueños, en una inundación que anticipa las decenas que habrá en el futuro próximo en las costas de los Estados Unidos. Nueva York sigue jactándose de ser la capital del mundo, sin intuir que se puede ser la capital de los desastres que provocan justamente la enorme atracción de esta ciudad, su desmesurado crecimiento, su desbordado consumismo, sus irracionales modelos de vida, su gigantesca insensibilidad y todo aquello que hoy concentran las grandes ciudades, que es la insolidaridad y el despilfarro, que es la funcionarización de la vida, que es la ceguera y el desconocimiento de la responsabilidad frente a un futuro venturoso que negamos a nuestros hijos, nietos, sobrinos, a todas las generaciones del siglo que creímos sería el de la redención de la miseria, el de la democratización de la educación, el de la liberación de las últimas etnias y naciones víctimas de colonialismos y tiranías e injusticias políticas o sociales.

Hace un poco más de treinta años intenté escribir una serie de relatos cuyo tema central era la muerte. No porque le rinda culto. Me atemoriza, sobre todo cuando no encuentro razones para que actúe, cuando es forzada, cuando nos la imponen. Contaba en uno de ellos cómo nuestra especie inventó el asesinato, que no existe en otras especies animales; hablaba de algunos misteriosos pasajes que quizás se abran para quienes abandonan el mundo que conocemos; afirmaba que el suicidio es una forma de matar en el que la sociedad, por la interpuesta mano de la víctima, muestra una de sus más horrendas caras...

Daniel Viglietti, canta-autor uruguayo cuyas canciones conocí desde finales de la década de 1960, dice que nuestras sociedades nos matan cuando trabajamos y cuando no lo hacemos, que hay niños que se parecen a los hombres (nos imitan) cuando matan a otros con el trabajo o con el despojo, que hay "ciegos" peores que aquellas personas que no pueden ver...



No hay nada de "natural" en las tragedias que se anuncian, ni se trata del final de los tiempos, ni hay profecías de inminente e inevitable cumplimiento en materia de mortandades. Sólo hay lo que todos conocemos pero frente a lo cual permanecemos pasivamente conformes: abusos del poder, políticos corruptos, traficantes de armas y de drogas, negociantes, imperios industriales, explotación intensiva de bienes ambientales, esclavitudes, comercio con todo aquello que signifique lucro enorme y poca inversión, estupidez generalizada en medio (y gracias a los medios) de todo aquello que pueda convertirse en espectáculo, moda (o, lo que es lo mismo, cambio sin transformación)...

Contra los "apocalípticos", creo en las bondades de la investigación científica y de los creadores o desarrolladores de nuevas tecnologías. Acaban de implantar un corazón artificial a un hombre y sigue vivo, hay cientos de amputados por minas y que caminan, disponemos de las mayores fuentes de información con que haya podido contar la humanidad en toda su existencia.

Contra los "integrados", pienso que nos dejamos llevar por el atractivo de la basura en que nos ha metido el modelo funcional de vida en el que estamos.

Para comenzar el nuevo año, sólo quisiera que cada uno de quienes leen esta nota pensara en qué tontería puede abandonar entre las pocas o muchas que ha incorporado a su vida; o qué uso creativo y solidario podría hacer de cualquier elemento que tenga a su alcance. Se puede llamar a un amigo para hacerle sentir la amistad y el apoyo en una circunstancia, se puede escribir un poema, se puede crear un cuento, se puede intentar comprender por qué se producen los huracanes y qué relación tienen con lo que hacemos diariamente. Se puede decidir que no se apoya a determinados políticos por razones de "tradición" o de conveniencia personal y ocasional. Se puede acariciar a un niño en la calle, se puede cantar y volver a las canciones de cientos de artistas que decidieron que no todo en el arte es comercio, se puede leer tanta y tan hermosa producción literaria que habla de historias ciertas de personas o de países cuya expresión decidimos ignorar en favor de las ligeras y tontas series de televisión que nos ofrecen algunas multinacionales en alta definición.

No es que este mundo esté matando gente lejana, ajena, distante. Es que nos mata y nos hace cómplices de la muerte.

No te dejes matar, no mates.