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viernes, 3 de mayo de 2013

Los caminos del miedo...


                                                                                     "Como para no andar cantando
                                                                                     con todo lo que yo tengo.
                                                                                     ¡Caray!, lo tendría todo
                                                                                     si no me faltara el miedo."
                                                                                           Facundo Cabral, hijo de Sara


Nota previa: escribí alguna vez que albergo dos miedos: el de provocar daño a otros y el de alejar a las personas que amo. Lo que escribo es fruto de mis cavilaciones, de mi escaso conocimiento de la historia, de mi deseo de no darle espacio a mis miedos.


Hay quienes aman el miedo. No lo saben, y no lo quieren saber. El miedo es como el demonio, que nos habita inconscientemente y en ocasiones sale de su escondite para hacernos ver bastante más como somos de lo que creemos. El miedo se cocina, para nuestra desgracia, al lado de quienes amamos y nos aman, y generalmente por sus influencias, porque suele aparecer bajo la máscara de la protección, o la verdad, o los ideales, o la moral, o la libertad. Los miedos los suelen sembrar los padres, los maestros, los hermanos mayores, los mejores amigos, los curas, los líderes políticos, casi todos ellos seres miedosos.

Y hay mil expresiones del miedo. Las conocemos cada vez que estamos cerca de un logro, cuando estamos en presencia de personas, situaciones u objetos desconocidos (sobre todo cuando no podemos asociar lo desconocido con lo familiar o lo ya experimentado), y muchas veces cuando enfrentamos aquello que nos cuesta trabajo comprender. Y hay esos otros miedos que se alojan en el inconsciente y sólo emergen cuando secretamente reconocemos señales de peligro (casi siempre distorsiones de imágenes que negamos, que no podemos aceptar, que no se dejan ver con claridad porque nuestra coraza defensiva las reprime).

En Colombia nos quieren asustar con la violencia de los violentos. Y quienes lo intentan son tanto o más violentos que aquellos a quienes acusan. Son miedosos que intuyen que compartiendo sus temores se sentirán seguros, que hallando eco en sus negaciones podrán tranquilizarse. Quizás son quienes más hablan con enorme afectación y sentimiento de entelequias como la patria, la nación, la democracia, la moral y las buenas costumbres, y tal vez mañana -si nadie ataja su desbordada y paranoica publicidad fundada en sus miedos- promoverán el miedo a la belleza, a la creatividad, al amor sin cortapisas, a la solidaridad...

Un miedo gigantesco alimentó la política exterior de los Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial. Tan grande que acogieron a decenas de oficiales de las SS alemanas como "expertos" en la lucha contra el comunismo y todo lo que se le pareciera: el sindicalismo, las balbucientes expresiones del movimiento ambientalista, los gérmenes de movimientos juveniles que explotarían en Mayo de 1968 en París.

La historia real (la que se sabe a pedazos cada vez que se liberan archivos secretos de los poderosos) dice que personajes como Klaus Barbie trabajaron como asesores de gobiernos impuestos mediante golpes militares en varios países latinoamericanos. En su caso, el gobierno de René Barrientos, en Bolivia, lo adoptó como asesor para el diseño de políticas de exterminio contra los mineros, los indígenas, los sindicalistas, los académicos y los estudiantes universitarios, todos aquellos que soñaban con un país distinto, democrático y respetuoso del derecho de la mayoría de su población. El asunto empeoró cuando Ché Guevara decidió que las tierras altas de los Andes podrían ser nuevo escenario de su delirio generoso de liberar la América del Sur de tantos males previstos siglo y medio antes por visionarios como Simón Bolívar ("Los Estados Unidos parecen destinados por la Providencia para sembrar la América de miseria en nombre de la libertad", había dicho el Libertador de cinco naciones).

Paco Ibañez hizo música para un poema de Nicolás Guillén en el que canti-cuenta parte de esta historia...




El rifle del soldadito de Bolivia era un regalo de Mr. Johnson al gorila Barrientos para acallar las voces disidentes. El miedo abundaba, sobre todo desde que Cuba había anunciado que seguiría un camino propio. No hablaré de lo que sucedió después, porque aquí interesa destacar como los miedos ciegan y a veces provocan aquello que se teme. 

Los archivos desclasificados permiten explicar la cacería de brujas en el mismo territorio de los Estados Unidos, impulsada por Joseph McCarthy, para quien toda voz contraria a su estrecha visión del mundo (artística, literaria, política, democrática...) debía suprimirse, y promovió la delación entre amigos, la fabricación de listas negras en todas las empresas, entidades e instituciones... Entre sus más ciertos seguidores estaría el futuro presidente Nixon, cuya historia conocemos a medias pero es suficiente para incluirlo en la lista de miedosos altamente nocivos.

Nuestra Colombia ha producido miedosos desde el momento mismo en que se promulgó la independencia de España: muchos "criollos" se hicieron al control de los partidos que hoy llamamos "tradicionales" para conjurar sus miedos lanzando a cientos de personas del pueblo a decenas de guerras "civiles", una tras otra, las mismas que no han terminado y que hoy no quieren que terminen los hijos de los hijos de aquellos.

Los miedos de la vida en sociedad.


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Hay miedos personales, inmovilizadores, heredados o fabricados por la dudosa certeza de que tenemos que seguir caminos ajenos. Nacen en el seno de las familias o en la escuela, porque un padre se cree orientador infalible o porque un profesor se asume como depositario de verdades. Hacen daño, a veces irreparable.

Pienso en los niños que dejan de cantar, de bailar, de dibujar y de jugar. Alguien les dice que cada una de estas actividades tiene unos modos "apropiados" para realizarse, que no son los que dictan la intuición y la más elemental expresión de la vida. Hay que "aprender" de otros para poder hacer en estos dominios. Y los niños creen , porque quieren a quienes les hablan, porque les dicen que deben respetarlos y aceptar sus indicaciones. Y entonces tenemos niños y adolescentes y jóvenes que se hacen ovejas del rebaño, que renuncian a sus ganas y a sus inclinaciones naturales para hacerse adultos civilizados y decentes.

La tragedia de las "buenas costumbres" es que la costumbre no es más que un resultado de la estadística, como hubiera dicho el buen Borges (aunque bien conservador fue el maestro). Mi querido Julio Cortázar habría usado "fofos" y "fasos" para incendiar cartillas y manuales, esos objetos aborrecibles de la cultura moderna que han modelado el carácter de tanta gente.

Para que no se piense que hablo prejuiciosamente, un botón del Norte:



Los jóvenes tienen miedo de ser productivos, creativos, innovadores. Parece que la enseña de la educación es promover la repetición de tanto equívoco que la ha hecho posible.

Los miedos de uno mismo.


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Hay miedos en la amistad y en el amor. Si no transforma, la amistad es una especie de baba pegajosa y tibia que se disfruta por su facilidad y su confort. Si no conmueve, el amor es apenas una formalidad social que se agota en periódicos encuentros, fortuitos o programados, con alguien que agrada y complace. Una amistad y un amor que estremezcan no son populares pero qué bien caerían.

En Colombia hay los miedosos de la libertad ajena: la de expresión, la sexual, la ideológica, la cultural...

Gritan y alertan, claman por la restitución de fórmulas y formas caducas; se escandalizan por las novedades (se puede ser crítico de cada nueva expresión, pero qué bueno ser capaces de mirar qué hay detrás de todo intento por re-novar o re-crear o in-novar o crear).

He llegado a creer que muchos tienen miedo por llegar a ser aquello que odian. Y pienso que los homofóbicos son homosexuales en potencia, y que los curas que declaran que es pecado casar parejas del mismo sexo tienen el más tremendo miedo de encontrarse con una persona a la que podrían amar (no hablo de sexo, sólo de capacidad de encontrarse y de ser con otro humano). Y, sin embargo, hay un gran número de curas pederastas, y de monjas como las del Castillo de Loudon (recomendado, búsquenlo), que escandalizarían hasta al más inocente seguidor de los Mandamientos de toda Iglesia.

Miedo a la comprensión, al afecto, a la felicidad....

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La verdad, mis amigos, es que quería volver (un poco para conjurar mis propios miedos, aquellos que hablan de los alejamientos y la incertidumbre en los abrazos). Yo ando dando bandazos y preguntándome por qué diablos me tengo que hacer tantas preguntas. Sé que tiene que ver con quienes leen mis notas. Y los abrazo porque me justifican (al menos hoy, y si son indulgentes).

martes, 12 de junio de 2012

Enfermedades "modernas"


En 1957, en pleno apogeo de la llamada “Guerra fría”, los militares de Estados Unidos diseñaron y decidieron probar la bomba Hood, un arma experimental que provocaba en las personas expuestas a las bacterias que diseminaba en el ambiente linfosarcomas (tumores malignos que afectan los ganglios así como el tejido linfoide de diversos órganos).

Doce años antes ya habían comenzado a experimentar con inyecciones de plutonio en algunas zonas de California. Aunque las páginas de Internet suelen ofrecer todo tipo de información, es difícil hallar datos sobre estos temas, pero con alguna insistencia pude encontrar un texto que relata con algún detalle el caso de Albert Stevens, un hombre que fue escogido como conejillo de indias para probar los eventuales efectos de una guerra química o bacteriológica, para la que los militares estadounidenses suponían se estaba preparando el ejército soviético.

La primera información que tuve sobre estos casos, hace ya casi siete años, apareció en un programa de televisión de un reconocido y reputado canal de televisión internacional, en el que se hablaba sobre archivos desclasificados del gobierno de los Estados Unidos. Jamás repitieron esos programas y hace unos pocos días, revisando papeles y cuadernos con la idea de ordenar mi espacio de trabajo, encontré unas hojas amarillas en las que había hecho rápidas anotaciones que hoy me animan a escribir este texto.

Cotejando mis notas de entonces con alguna información que he podido “pescar” recientemente encuentro las que podrían considerarse “grandes coincidencias”: la observación de que ni los “pacientes” ni sus familiares supieron jamás qué ocurría, la amenaza para los militares y los médicos implicados en los experimentos de que si hablaban serían declarados traidores, la posterior negación del gobierno de los Estados Unidos de la realización de los mortales experimentos.

En las notas recientes encuentro afirmaciones sobrecogedoras: por ejemplo, se dice que las víctimas no eran elegidas al azar, puesto que se requería disponer de personas sanas ya que si algunos órganos como los riñones y el hígado no funcionaban normalmente los resultados de las pruebas podían alterarse; también que se recomendaba “trabajar” con enfermos terminales para que no tuvieran que sufrir a largo plazo los efectos de la radiactividad. Se cuenta que después de recibir una inyección de plutonio la señora Eda Schultz vivió 37, John Mousso 38 y Elmer Allen 44. Un niño australiano de cuatro años de edad, Simeon Shaw, fue invitado a San Francisco por el ejército norteamericano para recibir similar “tratamiento”, esta vez para una rara forma de cáncer óseo. Seguramente pueden hallarse registros de los medios masivos en los que se destaca la generosidad de la nación estadounidense cuando el 26 de abril de 1946 Simeon fue recogido en el aeropuerto de esta ciudad por una ambulancia de la Cruz Roja. El niño regresó al poco tiempo a su país y murió un año después.

Mis notas del mencionado programa de televisión registran que en septiembre de 1950, en la bahía de San Francisco, se diseminó por el aire una cantidad “controlada” de serratia marcescens, un bacilo que “puede encontrarse en la flora intestinal del hombre y de algunos animales, en el ambiente y en reservorios pobres en nutrientes como el agua potable, cañerías y llaves, así como también en insumos hospitalarios como jabones y aún en antisépticos”[1]. Lo que se describió en los medios como una “rara” enfermedad que afectó a un pequeño sector de la población de la bahía (en el Centro Médico de Stanford se atendieron 11 pacientes) se expresaba mediante fiebres altas, escalofríos y alucinaciones.

Cuando se desclasificaron algunos archivos que mencionaban estos experimentos, la Corte Suprema de los Estados Unidos señaló que los mismos se sustentaban en la facultad discrecional del gobierno para hacer pruebas “militares”.

En el verano de 1952 se hizo la simulación de un ataque bacteriológico en áreas comerciales y residenciales de Minneapolis, resultando afectados varios niños de la Escuela Primaria Clinton, quienes padecieron de asma, pulmonía y otros problemas respiratorios. El caso se ventiló en algunas audiencias públicas, en las que se hizo público que el ejército había esparcido sulfuro de zinc y de cadmio. Sin embargo, los militares mantuvieron que el polvo utilizado en sus pruebas era “totalmente” seguro.

En 1987, cuando consultaba documentos oficiales en una base de la Fuerza Aérea en Albuquerque (Nuevo México), la periodista Eileen Welsome leyó por casualidad una nota al pie que describía un experimento con plutonio en un ser humano. En los años siguientes dedicó casi todo su tiempo libre a investigar el asunto. Reconstruyó los experimentos y reunió mucha información sobre las víctimas, pero ignoraba sus nombres, porque en todos los documentos eran identificadas mediante códigos (CAL-1, HP-10, CHI-2). Siguiendo una pista tras otra en 1992 llegó a Italy (Texas), un pueblito caluroso y polvoriento con poco más de 1000 habitantes. A la mañana siguiente visitó a Fredna y Elmerine, dos vecinas del lugar.
Las tres mujeres conversaron, intercambiaron datos y reconocieron con tristeza que el paciente CAL-3 era Elmer Allen, esposo de Fredna y padre de Elmerine. Elmer fue la decimoctava y última víctima inyectada con plutonio el 18 de julio de 1947. La periodista logró averiguar nombres y apellidos de otras 16 víctimas. Sólo quedó sin identificar un hombre joven que el 27 de diciembre de 1945 fue inyectado con una alta dosis de plutonio en un hospital de Chicago (su nombre codificado era CHI-3). Por la investigación de las inyecciones, publicada en una serie de notas en el diario The Albuquerque Tribune, Welsome recibió en 1994 el premio Pulitzer.


Bueno, el que aluda a casos de los Estados Unidos significa sólo que pienso que un alto porcentaje de las enfermedades de mayor incidencia en nuestra modernidad puede asociarse con el ejercicio del poder, así como con una industrialización y unas economías que tienen como fin único enriquecer a los poderosos que las dirigen.
Acaban de informar en un noticiero de televisión colombiano que la OMS ha confirmado que las emisiones de gases en vehículos que utilizan ACPM son causantes de la mayor parte de los casos de cáncer pulmonar en el mundo (y nosotros felices con los sistemas de transporte masivo). Nos alimentamos con productos procesados llenos de contaminantes (preservativos, colorantes, saborizantes, agroquímicos de todo tipo) y, sin embargo, seguimos deseando que las industrias nos “faciliten” la vida mientras nos acercan la muerte.
Quizás haga falta que propaguemos el “virus” de la información y la denuncia, previendo que nuestros hijos tengan otras condiciones. La mayor y más terrible enfermedad de la modernidad está en el tipo de sociedades que padecemos.


NOTA FINAL: Invito a ver mi blog Escrílogos Lecturnales, hecho con afecto para todos mis amigos (actuales y por venir).

[1] Tomado de http://www.scielo.cl/scielo.php?pid=S0716-10182002000400007&script=sci_arttext , artículo extraído de La Revista Chilena de Infectologia.