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martes, 3 de julio de 2012

Si se enseñara a pensar....


La semana pasada recibí de una amiga, docente de la Universidad Central, un correo en el que se invitaba a leer un artículo sobre el plagio, una práctica que parece haberse incrementado con el boom de internet y las nuevas tecnologías en la educación media y la educación superior. Como suele suceder, al menos en nuestra inefable Colombia, docentes y directivos, funcionarios ministeriales y políticos variopintos, todos a una expresan su más profunda preocupación por el asunto y manifiestan estar en la mejor disposición para salir al paso de tan abominable práctica: ¿la solución? disponer de las herramientas que la misma tecnología ofrece para detectar a los tramposos, imponer castigos severos para quienes cedan a la tentación de ofrecer gato por liebre a los abnegados maestros, diseñar formas de evaluación que impidan a los estudiantes recurrir a sitios como El Rincón del Vago, Tu Tarea, Monografías.com, Ayuda Tareas, etc., etc., etc.

Como mi principal tarea en el ejercicio de la docencia -desde hace ya un poco más de treinta años- ha sido trabajar en talleres de redacción, el tema me interesa, me inquieta y me lleva a constantes reflexiones. Al final de las mismas, como ocurrió en esta ocasión, concluí que las "soluciones" que se suelen ofrecer son todas ineficaces, inconvenientes y ajenas al problema (aunque no a su manifestación).

Los colombianos, creo, nos creímos el cuento de que somos "un país de leyes", lo cual constituye un dudoso mérito: si una sociedad tiene que promulgar leyes para disuadir a sus integrantes de que infrinjan normas éticas, vulneren tradiciones o pasen por encima de códigos de comportamiento sustentados en los más elementales acuerdos de una cultura, va por mal camino. Es simple: a nadie se le imponen multas o se le lleva a la cárcel por estornudar en un concierto, aunque los asistentes al mismo esperan que no haya algún contertulio que lo haga.

¿Por qué los estudiantes hacen pasar por suyos trabajos ajenos? Creo que es la pregunta que no se hace, al menos públicamente, y supongo que las "soluciones" al problema del plagio ignoran.

Alguna vez pensé que los funcionarios de todo tipo no funcionan porque se piensan como "atajadores" de todo aquello que no cabe en sus mentes lineales o cuadriculadas: ningún funcionario está preparado para comprender la lógica o la dinámica de un proceso social, ninguno es capaz de situarse en el lugar de quien solicita su atención. Los funcionarios de todo tipo quieren que el mundo se acomode a una normatividad que se ajuste a manuales, procedimientos y expectativas que se centran en la visión o el deseo de algún burócrata o "experto" que saben qué se puede o qué no se puede (o debe) hacer.

Un estudiante copia un texto porque durante once años le enseñaron que sus ideas o sus saberes no son posibles: se sabe lo que otros ya supieron, que es lo que los libros de texto consagran como verdad, o lo que dice un docente, que es lo que validan con  un diploma una Normal o una Universidad.



Alternativas para los estudiantes: memorizar los "saberes" de sus docentes o las "verdades" de los libros de texto. El que piensa pierde.

La negación del pensamiento creativo, la imposibilidad de hacer preguntas, la condena a quien halla respuestas que no conoce quien dicta una clase, la burla de quien se aparta de un dogma, el señalamiento a quien "interrumpe" el discurso del profesor (atemorizado por un eventual descubrimiento de su no saber), imponen un modo de expresión que niega la posibilidad de un pensamiento autónomo, auténtico, crítico, imaginativo. ¿Qué se puede hacer?

Creo que se puede actuar a partir de la comprensión del problema: los estudiantes copian porque tienen miedo de un sistema que persigue, que excluye, que segrega, que elimina a quien no es capaz de repetir la verborragia de quienes se creen depositarios de una verdad: muchos de quienes se hacen llamar "profesores" ejercen el poder de imponer lo que creen saber, y demandan de sus alumnos la repetición de sus idioteces, simples repeticiones de otros que impusieron el miedo en ellos.

Los estudiantes copian porque sienten que necesitan la aprobación de unos docentes que no se preocupan por su saber (el de los estudiantes) sino por la conformidad de una expresión (la que sea) con aquello que decidieron aceptar como verdad: se trata de docentes mediocres, inseguros (su única seguridad es poder cobrar un cheque cada fin de mes, pasar de agache frente a otros docentes, adoptar poses convenientes).

Los estudiantes copian porque aprendieron que el éxito académico tiene que ver con una nota, y saben (es seguro) que sus profesores no se preocupan por lo que escriben (generalmente no leen, simplemente "chulean" los trabajos que reciben), pues están más interesados en proyectar la imagen de "conocedores" que en posibilitar la producción de conocimiento en sus alumnos.

Los estudiantes copian porque sus maestros son copiones (o copietas): no producen ideas propias, no estudian, no hacen preguntas, se interesan más por repetir discursos "consagrados" que por pensar qué sentido tiene lo que dicen.

Los estudiantes copian porque nuestras sociedades los premian cuando lo hacen: en ellas no interesa que un joven cuestione o proponga alternativas frente a las ideas que se han validado por quienes manejan los hilos del poder económico, político, científico, cultural... mientras menos se piense más probabilidades habrá de que permanezcan en su lugar, de que nada cambie, de que no se toque aquello que genera y mantiene las desigualdades.

Los estudiantes copian y pegan ideas que ni siquiera comprenden porque hay docentes carentes de ética y que se asumen apenas como mercenarios de la educación: otros pobres copietas que lograron la aprobación de otros copietas que llegaron a la dirección de un programa de estudios o a la rectoría de un plantel. Ganan bien, o más o menos bien, y se conforman con un pago que les permite aparentar ser merecedores de un prestigio que nada tiene que ver con su pobreza y su mezquindad.

Los estudiantes copian porque la escritura, clave del pensamiento crítico y reflexivo, no es su fuerte: siempre escribieron y escriben para repetir ideas ajenas, para congraciarse con un funcionario de la educación, para sentirse a tono con un sistema estúpido diseñado para que nada se transforme o sea puesto en cuestión.

Cuando trabajo sobre la escritura planteo que es necesario pensar: sólo quien piensa es capaz de redactar un texto interesante, agudo, crítico, original, revolucionario.

Quienes reducen la escritura a la ortografía no le hacen bien alguno a la formación de los jóvenes, quienes creen que escribir es repetir lo que otros han dicho no están contribuyendo a la formación de espíritus libres y creativos, quienes califican a sus estudiantes por la conformidad con sus ideas están castrando la posibilidad de que este mundo sea diferente, mejor.


Quienes condenan el plagio deberían pensar si no son los promotores de esta práctica.

He tenido estudiantes que copian textos ajenos y los presentan como propios, son hábiles usuarios de internet y buenos buscadores de textos. No han tenido suerte, porque yo sé qué son capaces de escribir ellos mismos y cada duda me ha llevado a buscar (y a encontrar) las "fuentes" de "su inspiración". No los denuncio: hablo con ellos, les muestro que he detectado su intento de engañarse y de engañarme, les hablo de mi rabia y mi tristeza por su tontería y por el tiempo que me hacen perder. Algunos (la mayoría) reconocen sus errores y agradecen que les dé la oportunidad de ser distintos.

Enseñar no es lo mismo que "entregar" un "saber". Los saberes se construyen. Nadie sabe lo que otro sabe. Como dijo Brecht: "lo que no sabes por ti mismo, en verdad no lo sabes".

¿Será que podremos acabar algún día con los "docentes" promotores del plagio en nuestros centros educativos? Ando creyendo que las reformas educativas que requerimos tienen más que ver con el sistema que nos alimenta, con la posibilidad de eliminar los funcionarios de la educación, con la necesidad de que creamos que no hay verdades incontrovertibles ni "maestros" infalibles.

Los plagiarios son quienes no son capaces de pensar por ellos mismos y de provocar pensamientos nuevos.

martes, 15 de mayo de 2012

Día del Maestro (en Colombia)

Tuvimos un día más que movido. En el salón 503 de la Universidad Central (Sede Norte) mis chicos redactaban su ensayo final del curso "Construcción de Textos" cuando explotó la bomba. La ventana de atrás del salón me permitió ver un humo gris, y volví luego al grupo extrañado, estupefacto y aterrado. Pedí calma y fui a la ventana, y después decidí que había que correr a los salones que dan hacia el costado sur del edificio para poder saber qué había ocurrido: vi la buseta destruída (pensé que era el blanco de los terroristas) y un par de carros afectados en sus costados, teñidos de añil y despedazados sus costados. Después llegaron decenas de transeúntes curiosos y algo más tarde una ambulancia, un camión de bomberos y muchos agentes de la policía.

Por otro lado, y algunos minutos más tarde, dos o tres alumnos de semestres pasados me ofrecieron sus abrazos en el día del profesor.

A mis seis años de edad la señorita Elvira Camargo visitaba mi casa cada día, en el barrio El Recuerdo, para darme las primeras herramientas "académicas" en la vida: con ella aprendí a leer, sentado a la mesa del comedor de una casa que todavía añoro (la casa de mi sarampión y mi tosferina, enfermedades que me permitieron disfrutar de muchos cómics, un tipo de lectura que seguramente alimentó mis sueños).

Estuve en el colegio del Virrey Solís, dirigido por el implacable y enorme Fray Bernardo Angel (falleció hace un poco más de un año), un franciscano con voz de trueno a quien alguna vez engañé con el invento de que fingía fumar con tizas en los paraderos de la Calle 54 con carrera 7, donde esperé el transporte escolar durante dos años, antes de ser exiliado por "mal estudiante" a un internado en Facatativá y luego al Seminario Conciliar San Pedro Apóstol, de Cali, donde aprendí el gusto por el latín y las etimologías (que no el latín ni el saber de los etimólogos) y conocí al maestro Jaramillo, quien para sus estudiantes era apenas "Don Quijote", un estricto ortógrafo a quien seguramente debo la impecabilidad de algunos textos.

En el Virrey me encontré con Marín, Enciso y Betancourth (este último un huilense amante de la historia y la geografía). Con ellos aprendí bastante de gramática, caligrafía y algo de lo que ha hecho de este país lo que aún sigue siendo.

El seminario era un sitio bastante particular. Había muchas restricciones, pero también licencias para explorar territorios como la biblioteca, donde a mis doce años descubrí las Novelas Ejemplares de Cervantes, cuya lectura animó al cura Gómez a sugerirme que escribiera una parodia de el "Coloquio de los perros", tal vez mi primera producción literaria.

Diré que fueron maestros mi hermana y mi cuñado "de ocasión" (ella y él se separaron muy pronto), porque entre los libros que expropiaban a las librerías caleñas me encontré con muchas de mis mejores lecturas de juventud.

Por cuenta de mi escaso "espíritu seminarístico" terminé matriculado en el Colegio de Cárdenas (Palmira), donde finalmente pude hacerme bachiller. De allí recuerdo al profesor Insignares, un médico frustrado que terminó enseñando anatomía, a Edgar Londoño (profesor de química orgánica, un tipo paciente, metódico y amable), a Arcesio Betancur (con clases de trigonometría, materia que hacía fácil y amena).

Mi universidad me regaló a Jesús Martín, a Hernán Lozano (mi maestro de maestros), a Estanislao Zuleta (a quien conocí mejor cuando alguien tuvo la feliz idea de entregarme setenta casetes de audio y más de mil hojas mimeografiadas para que transcribiera sus clases y sus conferencias registradas por entusiastas escuchas de sus charlas y sus clases), a Guillermo Restrepo (un matemático genial, creador de una maestría en matemáticas puras), a Germán Colmenares (uno de los impulsores del movimiento de la Nueva Historia), a Jorge Enrique Villegas (filósofo por vocación, maestro grato y amigo).

Hernán Lozano me hizo sentir ganas por enseñar, pues me tomó como su monitor apenas cuando cursaba el tercer semestre de mi pregrado. De monitor pasé a docente en una academia de carreras intermedias y desde entonces no he podido dejar de emocionarme cuando converso con la gente que anda en búsqueda de caminos.

He trabajado en muchos campos (aún en campos de algodón, en Andalucía, Valle del Cauca, o en el campo de la venta a domicilio de moras, en Palmira, y en las calles de la zona industrial de Bogotá vendiendo abrasivos), pero pocas veces he sentido la satisfacción que provoca el reconocimiento de un estudiante que agradece el encuentro, porque la docencia no se funda en el saber de un personaje que impresiona a alguien sino en la capacidad de seducción con respecto a determinados asuntos, con el éxito en la provocación a personas que aceptan interrogarse a sí mismas, con la confusión debidamente sembrada en unas mentes que el fin encuentran razones diferentes a las que validan las verdades de las ciencias para pensar el mundo.

Feliz día, alumnos!!!