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viernes, 7 de noviembre de 2014

Pensar la Educación (II)


Nota previa: Algunos amigos hicieron muchos e interesantes comentarios sobre mi texto anterior. Quizás a ellos les debo una disculpa por la tardanza en esta segunda entrada sobre el tema de la Educación, pero puedo justificarme diciendo que las observaciones recibidas me han llevado a pensar en muchos aspectos que no había considerado, o al menos no del modo en el que se me plantean algunos asuntos en esas notas. De todos modos, debo decir que busco menos afirmarme en mis ideas que propiciar un diálogo creativo, franco y quizás provocador sobre un tema que parece trillado pero frente al cual las expresiones concretas en la línea de una transformación son escasas. Quizás la primera pregunta que debamos plantearnos, y casi seguramente la última frente a la cual tendremos una respuesta clara, es ¿para qué la educación?, puesto que absolverla con un mínimo grado de satisfacción implica pensar en qué tipo de sociedad queremos para quienes vienen tras nosotros. Sigamos caminando y ya veremos.

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"Siempre que en la filosofía actual se ha consolidado una argumentación coherente en torno a los núcleos temáticos de más solidez, ya sea en la Lógica o en teoría de la ciencia, en teoría del lenguaje o del significado, en Ética o en teoría de la acción, o incluso en Estética, el interés se centra en las condiciones formales de la racionalidad del conocimiento, del entendimiento lingüístico y de la acción, ya sea en la vida cotidiana o en el plano de las experiencias organizadas metódicamente o de los discursos organizados sistemáticamente..." Jürgen Habermas, Teoría de la Acción Comunicativa

Al final, se trata de las pretensiones normativas y universalistas en las que se funda la racionalidad que inaugura la modernidad, que parecen aplicarse a casi todas las esferas de la vida en la modernidad, y que se expresan en casi todas "las materializaciones de la racionalidad cognitivo.instrumental, de la práctico moral, e incluso quizá también de la práctico-estética", como señala Habermas en su Teoría de la Acción Comunicativa.

¿Cómo pensar una educación que eluda tales pretensiones?

En Colombia tenemos una historia sindical del magisterio que se ha orientado, con justa razón, a plantear y buscar la obtención de un conjunto de reivindicaciones que dignifiquen una profesión poco valorada por las instancias gubernamentales y, en general, por la sociedad. Sin embargo, la mayoría de nuestros educadores han cumplido (y quizás lo siguen haciendo) una función meramente utilitaria en el proyecto de preparar a la juventud para atender a las demandas de la economía, y para que se inserte en un sistema que se desentiende de metas "inútiles", es decir de toda aquella que no satisfaga la integración en una sociedad global preconcebida, que avanza a paso lento con las mismas promesas de "progreso" o "desarrollo" que anticipaban las múltiples transformaciones que sustentan nuestra idea de modernidad.

Pero lo grave es que la educación misma haya pasado a un segundo plano, porque se considera ya definida, en el sentido de que la misma sociedad parece haber agotado su visión sobre su sentido, sobre su razón de ser, sobre su "utilidad" para cumplir con las expectativas de mantenimiento de órdenes e instancias que se asumen como logros, como "fines alcanzados" de un tipo particular de organización social, aquél en el que vivimos hoy la mayoría de los humanos.

La educación se define generalmente en términos de "transmisión de conocimientos, valores, costumbres y formas de actuar", de manera que quienes se educan "aprenden" de otros individuos, presuntamente "capacitados" para "enseñarles", aquello que necesitan saber para vivir en la sociedad, integrados a ella y siendo capaces de aportar a la misma para que ésta subsista y para que eventualmente resuelva aspectos problemáticos o disfuncionales que pongan en peligro su ordenamiento. Obviamente, hay muchas definiciones, y no afirmo que todos los educadores suscriban la que anoto aquí: sólo planteo que "generalmente" se concibe en tales términos la educación, y puedo asegurar que muy pocos educadores se toman el tiempo necesario para responder por sí mismos en qué consiste su oficio.


Quizás esta presunción de saber qué es la educación, que tantos educadores comparten, explica por qué los debates sobre la misma son escasos o se reducen a pequeños grupos de intelectuales, o terminan por desplazarse hacia los lugares en los que la sociedad muestra sus debilidades y sus fisuras, su tremenda fragilidad, el fracaso de las promesas de la modernidad, comenzando por aquellas que consagró como lema la Revolución Francesa de 1789 ("Liberté, egalité, fraternité"). Y esa misma presunción permite que nuestros educadores crean que sus mayores expresiones de inconformidad deban estar orientadas a procurarse unas mejores condiciones de vida y de trabajo (mejorar los salarios, la seguridad social, los estímulos, los recursos, las instalaciones, las normas bajo las cuales realizan su labor...), y poco o nada se planteen cómo dejar de ser funcionales a un sistema que se sustenta en desigualdades, prejuicios, automatización de individuos, negación de capacidades y talentos, olvido u ocultamiento de la necesidad de cientos de transformaciones que la sociedad requiere para que la libertad, la igualdad y la solidaridad tengan lugar en ella, y no hablemos de la autonomía, las múltiples expresiones de la diversidad, la creatividad, el compromiso y la responsabilidad que con cada individuo podrían hacerse manifiestos en la sociedad si el sentido fuera otro (así pensemos en metas algo utópicas o indefinibles como la felicidad, el amor, la convivencia, la colaboración, la compasión, el respeto por los demás individuos y por todo aquello que existe en el planeta como manifestación de la vida...).

Al desentenderse del sentido de la educación, los educadores se forman para reproducir el mundo que creen merecemos. Se desentienden de toda idea de subversión (entendida ésta en su buen sentido, que no es otro que la transformación o la erradicación de todo aquello que atenta contra los fines no utilitarios de la educación, aquellos que no hacen parte de los prospectos o los proyectos institucionales). Además, es obvio que sus condiciones no dan para mucho: es casi imposible que cuando se trabaja para sobrevivir, y entonces se deban buscar ingresos adicionales a los que procura un empleo para satisfacer algo más que las necesidades básicas, se pueda dedicar tiempo para pensar en cómo transformar las prácticas educativas, cómo seguirse formando, cómo afectar de manera positiva la vida de un estudiante, cómo salirse de la estrecha mirada que proponen las "materias" para abarcar asuntos realmente importantes en la vida de la gente.

Y entonces las "verdades" sobre el mundo y sobre la vida, y sobre el mundo de la vida, resultan ser aquellas que consagra el "sentido común" (que no suele ser otra cosa más que las opiniones de quienes en la sociedad tienen voz y voto, quienes deciden, quienes gobiernan, quienes administran, quienes ejercen algún poder, porque difícilmente pueden escucharse otras, y los medios masivos no atienden las voces débiles de los débiles). Y en los sistemas educativos se seguirá hablando de un éxito y de unos logros que están en función de propósitos que no son tener una vida plena, ser autónomos, tener la capacidad de dar razón de todo aquello que se cree saber (es decir, tener la capacidad de construir los propios saberes), padecer la dulce angustia de pensar y de amar, porque cada expresión del éxito en esos sistemas tiene un nombre ya establecido: hay que adaptarse a la escala que propone una educación progresiva, hacer primaria para hacer un bachillerato para ir a una escuela tecnológica o a una universidad para poder hacer una especialización para poder cursar una maestría para poder hacer un doctorado y, entonces sí, tal vez, construir una familia y hacerse a un empleo muy bien remunerado que garantice una jugosa y tranquilizadora pensión para que a cada buena y aplicada y responsable oveja del rebaño le llegue la oportunidad de entrar al paraíso de la enajenación completa y alcance la felicidad.

Y los educadores seguirán reclamando mejores salarios, más vacaciones, mejor seguridad social y condiciones favorables para poderse pensionar y decir que cumplieron. Y el sistema habrá cumplido, porque jamás alguien intentó mostrar que es una estafa, y que en él se justifican razones y argumentos falaces para que la existencia sea una negación de la vida.

En Bogotá, a comienzos de noviembre de 2014

martes, 23 de septiembre de 2014

Pensar la Educación (I)


NOTA PREVIA: Me propongo exponer unas ideas, varias, aparentemente inconexas y dispersas, sobre la educación en Colombia. La única razón es que soy un buen educador (sin modestias, que serían la expresión de una impostura). Como algunas de esas ideas pueden resultar polémicas, agradeceré todo comentario de quienes lean mis textos, y lo asumiré como una exigencia para que los escritos futuros sean más claros, mejor sustentados y siempre propositivos y respetuosos con las opiniones de mis interlocutores. Los textos serán relativamente cortos, no sólo porque me interesa que se lean completos sino porque pienso que cada aspecto que trataré merece una exposición clara y concisa, y de este modo es probable que haya más diálogos (y más ricos) con los amigos que quieran conversar sobre ellos.

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En el discurso de posesión para su segundo mandato presidencial, Juan Manuel Santos señaló que su propósito estratégico es convertir a Colombia en un país con equidad, en paz y educado. Dijo Santos: “Una paz total no es posible si no hay equidad. Y la única forma de lograr equidad a largo plazo es tener una población bien educada. Además, un país educado es menos propenso a la violencia”.

Visto desde una perspectiva social, los tres aspectos son uno mismo, si bien en el esfuerzo por alcanzar metas específicas para cada uno de ellos habrán de cumplirse tareas que nuestros políticos han desestimado durante toda nuestra historia republicana, o frente a las cuales han hecho propuestas parciales y diseñado programas “funcionales” que han asegurado el más triste de los resultados: un país desigual, en permanente conflicto y con poca, casi ninguna, educación.



Quienes trabajamos en la perspectiva de educar, más por vocación que por “profesión” (léase empleo), sabemos que la educación que necesita este país no es aquella que se piensa cuando se trabaja para cumplir metas con respecto a indicadores internacionales: importan la cobertura, la profesionalización de los jóvenes, la diversidad en la oferta de programas de formación, la intensidad de las jornadas académicas, la educación de los educadores, la retención de los educandos en los centros educativos… Todo esto importa, pero importa más contar con una educación que forme ciudadanos pensantes, deliberantes, activos en sus comunidades, autónomos, creativos, responsables, comprometidos con ellos mismos y con sus comunidades, sean estas las que sean.

Hace algo más de tres meses abandoné mis escritos regulares en este blog. Y no porque no se me ocurriera qué decir sino porque sentí que había demasiadas inquietudes y que valía la pena pensar con calma para exponer ideas que, aunque circulan hace buen tiempo en los debates sobre la educación, no parecen haberse abierto paso efectivamente. Se trata de ideas relativamente sencillas, que podrían servir como referentes para una real transformación de un sistema educativo que anda a paso lento y en ocasiones tortuoso y en muchas más oportunidades equívoco y en otras más sin rumbo claro (o con un claro rumbo desastroso).

El primer obstáculo para una educación como la que necesitamos es la idea de que la educación debe estar orientada por especialistas en educación, y promovida por “educadores”. La función se superpone a los propósitos, razón por la cual el sistema ha concebido un aparato formador de esos educadores en términos de la función misma: y la función habla de ciclos y de niveles, y habla de contenidos que se ofrecen como una secuencia de paquetes de información supuestamente progresiva, y propone áreas de formación que se plantean como territorios separados por fronteras infranqueables, y entonces el “Mundo de la Vida” del que nos habla Jürgen Habermas se fractura por completo en el proceso educativo, y la educación se conforma con la provisión de datos para la memoria inmediata, y la complejidad del mundo y de la vida se diluyen, y la existencia de las personas tiene que ver muy poco o nada con toda suerte de “materias” que se supone deben conocer los educandos, y la equidad no aparece siquiera en el horizonte más lejano, y la paz es una quimera.

En un Seminario sobre Educación, realizado hace ya casi treinta años en la Universidad del Valle, me atreví a decir que si la educación es tan importante para la sociedad no puede dejarse en manos sólo de los educadores. Quise decir que los asuntos importantes de la sociedad deben tratarse socialmente y considerar la complejidad de la sociedad. Lo mismo debe pensarse cuando se habla de salud o de medio ambiente: dejar los asuntos cruciales en estos dominios exclusivamente en manos de expertos o especialistas no resuelve problemas, porque los problemas los debe resolver una sociedad que los comprende y es capaz de pensar soluciones y de actuar para transformar sus condiciones y sus realidades. Los expertos son muy importantes, piensan mucho, y estudian y hacen propuestas, pero sus posibilidades de intervenir directamente en la transformación del mundo social son menos que reducidas. Además, el saber experto suele ser convertido por el sistema educativo en un nuevo paquete de información que, si sólo se expone para que se memorice y se recite, está condenado al olvido y poco impacto tiene en términos de acciones transformadoras de la sociedad.

En otra oportunidad, tras terminar un Diplomado en Estrategias de Comunicación para Educadores Ambientales, que diseñé y desarrollé en complicidad con WWF-Colombia, hablamos de distinguir entre informar, capacitar y formar. Y la mayoría de los asistentes descubrió que invertía mucho (tiempo, dinero, energía) en informar y capacitar, pero que poco formaba. Y reconoció, además, que las buenas intenciones no bastan como principio o como fundamento en una acción social educativa.

Los fracasos de nuestro sistema educativo tienen que ver con algunos de los aspectos que acabo de mencionar. Para colmo de males, las estrategias más recientes de nuestros gobiernos han hecho énfasis en la ampliación de la cobertura del sistema, en la gratuidad de la educación, en la ampliación de las jornadas educativas (doble jornada y otras tonterías), sin transformar conceptos y criterios y orientaciones, sin cambiar la educación. Más de lo mismo es, en suma, menos de lo necesario.

Por otra parte, el sistema se acomoda a cada nueva “necesidad” de quienes piensan dirigir el país. Con cada nueva detección de fracturas y de vacíos en la comprensión y sobre la acción de los ciudadanos se piensa en una “solución” educativa: si hay problemas de salud, se legisla en el Congreso para que haya una cátedra de salud; si hay problemas de embarazos adolescentes y de violaciones o de ingreso temprano y poco consciente a la vida sexual, se legisla para que haya una cátedra de educación sexual; ahora se propone una cátedra de la paz, porque se vislumbra un posible acuerdo en La Habana entre los negociadores de las FARC y los del gobierno nacional. Y cada cátedra es, otra vez, un territorio aislado de los demás, y se convierte en un inventario de fórmulas discursivas que se asumen como verdades que si se exponen de cierto modo, y se memorizan provisionalmente, van a cambiar el mundo de la vida. Y las cátedras son un nuevo fracaso, porque se van haciendo cada vez más rígidas y estériles y aburridas.

Y cuando no se legisla para hacer que el sistema educativo asuma la responsabilidad por los fracasos o las limitaciones que la sociedad encuentra para alcanzar sus ideales, entonces se legisla para limitar más a los ciudadanos, y se cambian los códigos para incluir nuevos delitos o para incrementar las penas de los existentes. Y no cesan la violencia intrafamiliar, ni los embarazos de las adolescentes, ni las violaciones, ni el maltrato, ni el abandono…

Pienso en una educación que tome en consideración la sociedad sin fragmentarla, y que comprenda que toda expresión de aquello que asumimos como “realidad” es compleja y debe abordarse en su complejidad.

Es todo (por ahora, porque apenas comenzamos a pensar lo que tenemos al frente).

En Bogotá, septiembre 23 de 2014

martes, 3 de julio de 2012

Si se enseñara a pensar....


La semana pasada recibí de una amiga, docente de la Universidad Central, un correo en el que se invitaba a leer un artículo sobre el plagio, una práctica que parece haberse incrementado con el boom de internet y las nuevas tecnologías en la educación media y la educación superior. Como suele suceder, al menos en nuestra inefable Colombia, docentes y directivos, funcionarios ministeriales y políticos variopintos, todos a una expresan su más profunda preocupación por el asunto y manifiestan estar en la mejor disposición para salir al paso de tan abominable práctica: ¿la solución? disponer de las herramientas que la misma tecnología ofrece para detectar a los tramposos, imponer castigos severos para quienes cedan a la tentación de ofrecer gato por liebre a los abnegados maestros, diseñar formas de evaluación que impidan a los estudiantes recurrir a sitios como El Rincón del Vago, Tu Tarea, Monografías.com, Ayuda Tareas, etc., etc., etc.

Como mi principal tarea en el ejercicio de la docencia -desde hace ya un poco más de treinta años- ha sido trabajar en talleres de redacción, el tema me interesa, me inquieta y me lleva a constantes reflexiones. Al final de las mismas, como ocurrió en esta ocasión, concluí que las "soluciones" que se suelen ofrecer son todas ineficaces, inconvenientes y ajenas al problema (aunque no a su manifestación).

Los colombianos, creo, nos creímos el cuento de que somos "un país de leyes", lo cual constituye un dudoso mérito: si una sociedad tiene que promulgar leyes para disuadir a sus integrantes de que infrinjan normas éticas, vulneren tradiciones o pasen por encima de códigos de comportamiento sustentados en los más elementales acuerdos de una cultura, va por mal camino. Es simple: a nadie se le imponen multas o se le lleva a la cárcel por estornudar en un concierto, aunque los asistentes al mismo esperan que no haya algún contertulio que lo haga.

¿Por qué los estudiantes hacen pasar por suyos trabajos ajenos? Creo que es la pregunta que no se hace, al menos públicamente, y supongo que las "soluciones" al problema del plagio ignoran.

Alguna vez pensé que los funcionarios de todo tipo no funcionan porque se piensan como "atajadores" de todo aquello que no cabe en sus mentes lineales o cuadriculadas: ningún funcionario está preparado para comprender la lógica o la dinámica de un proceso social, ninguno es capaz de situarse en el lugar de quien solicita su atención. Los funcionarios de todo tipo quieren que el mundo se acomode a una normatividad que se ajuste a manuales, procedimientos y expectativas que se centran en la visión o el deseo de algún burócrata o "experto" que saben qué se puede o qué no se puede (o debe) hacer.

Un estudiante copia un texto porque durante once años le enseñaron que sus ideas o sus saberes no son posibles: se sabe lo que otros ya supieron, que es lo que los libros de texto consagran como verdad, o lo que dice un docente, que es lo que validan con  un diploma una Normal o una Universidad.



Alternativas para los estudiantes: memorizar los "saberes" de sus docentes o las "verdades" de los libros de texto. El que piensa pierde.

La negación del pensamiento creativo, la imposibilidad de hacer preguntas, la condena a quien halla respuestas que no conoce quien dicta una clase, la burla de quien se aparta de un dogma, el señalamiento a quien "interrumpe" el discurso del profesor (atemorizado por un eventual descubrimiento de su no saber), imponen un modo de expresión que niega la posibilidad de un pensamiento autónomo, auténtico, crítico, imaginativo. ¿Qué se puede hacer?

Creo que se puede actuar a partir de la comprensión del problema: los estudiantes copian porque tienen miedo de un sistema que persigue, que excluye, que segrega, que elimina a quien no es capaz de repetir la verborragia de quienes se creen depositarios de una verdad: muchos de quienes se hacen llamar "profesores" ejercen el poder de imponer lo que creen saber, y demandan de sus alumnos la repetición de sus idioteces, simples repeticiones de otros que impusieron el miedo en ellos.

Los estudiantes copian porque sienten que necesitan la aprobación de unos docentes que no se preocupan por su saber (el de los estudiantes) sino por la conformidad de una expresión (la que sea) con aquello que decidieron aceptar como verdad: se trata de docentes mediocres, inseguros (su única seguridad es poder cobrar un cheque cada fin de mes, pasar de agache frente a otros docentes, adoptar poses convenientes).

Los estudiantes copian porque aprendieron que el éxito académico tiene que ver con una nota, y saben (es seguro) que sus profesores no se preocupan por lo que escriben (generalmente no leen, simplemente "chulean" los trabajos que reciben), pues están más interesados en proyectar la imagen de "conocedores" que en posibilitar la producción de conocimiento en sus alumnos.

Los estudiantes copian porque sus maestros son copiones (o copietas): no producen ideas propias, no estudian, no hacen preguntas, se interesan más por repetir discursos "consagrados" que por pensar qué sentido tiene lo que dicen.

Los estudiantes copian porque nuestras sociedades los premian cuando lo hacen: en ellas no interesa que un joven cuestione o proponga alternativas frente a las ideas que se han validado por quienes manejan los hilos del poder económico, político, científico, cultural... mientras menos se piense más probabilidades habrá de que permanezcan en su lugar, de que nada cambie, de que no se toque aquello que genera y mantiene las desigualdades.

Los estudiantes copian y pegan ideas que ni siquiera comprenden porque hay docentes carentes de ética y que se asumen apenas como mercenarios de la educación: otros pobres copietas que lograron la aprobación de otros copietas que llegaron a la dirección de un programa de estudios o a la rectoría de un plantel. Ganan bien, o más o menos bien, y se conforman con un pago que les permite aparentar ser merecedores de un prestigio que nada tiene que ver con su pobreza y su mezquindad.

Los estudiantes copian porque la escritura, clave del pensamiento crítico y reflexivo, no es su fuerte: siempre escribieron y escriben para repetir ideas ajenas, para congraciarse con un funcionario de la educación, para sentirse a tono con un sistema estúpido diseñado para que nada se transforme o sea puesto en cuestión.

Cuando trabajo sobre la escritura planteo que es necesario pensar: sólo quien piensa es capaz de redactar un texto interesante, agudo, crítico, original, revolucionario.

Quienes reducen la escritura a la ortografía no le hacen bien alguno a la formación de los jóvenes, quienes creen que escribir es repetir lo que otros han dicho no están contribuyendo a la formación de espíritus libres y creativos, quienes califican a sus estudiantes por la conformidad con sus ideas están castrando la posibilidad de que este mundo sea diferente, mejor.


Quienes condenan el plagio deberían pensar si no son los promotores de esta práctica.

He tenido estudiantes que copian textos ajenos y los presentan como propios, son hábiles usuarios de internet y buenos buscadores de textos. No han tenido suerte, porque yo sé qué son capaces de escribir ellos mismos y cada duda me ha llevado a buscar (y a encontrar) las "fuentes" de "su inspiración". No los denuncio: hablo con ellos, les muestro que he detectado su intento de engañarse y de engañarme, les hablo de mi rabia y mi tristeza por su tontería y por el tiempo que me hacen perder. Algunos (la mayoría) reconocen sus errores y agradecen que les dé la oportunidad de ser distintos.

Enseñar no es lo mismo que "entregar" un "saber". Los saberes se construyen. Nadie sabe lo que otro sabe. Como dijo Brecht: "lo que no sabes por ti mismo, en verdad no lo sabes".

¿Será que podremos acabar algún día con los "docentes" promotores del plagio en nuestros centros educativos? Ando creyendo que las reformas educativas que requerimos tienen más que ver con el sistema que nos alimenta, con la posibilidad de eliminar los funcionarios de la educación, con la necesidad de que creamos que no hay verdades incontrovertibles ni "maestros" infalibles.

Los plagiarios son quienes no son capaces de pensar por ellos mismos y de provocar pensamientos nuevos.

martes, 5 de junio de 2012

Sí hay flores...


Cuando se trata de flores, uno se pregunta si vale la pena o no arrancar una hermosa corola de su soporte, para regalarla y obtener a cambio una sonrisa, un beso o una promesa de amor, o si vale la pena dejar que un montón de colores siga su curso y atraiga o deleite o emocione a los eventuales transeúntes de la vereda.

¿Cuál es el propósito de la flor? Quizás atraer algún insecto que asegure la reproducción de la especie; tal vez motivar al casual enamorado que se aventura por una callejuela de estas ciudades que abruman y entristecen con tanto ladrillo; en algún caso, simplemente estar exponiéndose a los rayos de luz que el sol ofrece... Y hay flores que son la promesa de un fruto que nadie consumirá, que apenas sí (APENAS SÍ) darán a luz plantas similares a las que les dieron vida.

El asunto aquí tiene que ver con intenciones, con usos, con propuestas, y aún con posibilidades que nos rebasan.

No soy jardinero. Lo fue quizás Tagore, en un libro que afirma que "el amor es sencillo como una canción". Él fue reconocido con un premio de literatura, aunque hoy en día pocos puedan acreditar que leyeron novelas como Gora, un relato de amor en un país del que casi nada sabemos (a mí me lleva a recordar el observatorio de Jaipur, donde quizás jamás estaré, o la estación central del ferrocarril de Nueva Delhi, en la que seguramente nunca daré un paso).

El mundo es como es, sin que podamos hacer mucho por lograr transformaciones: algunos quisimos y queremos lo otro, y trabajamos en espacios pequeños, con públicos bastante modestos, con la creencia (certeza) de que no todo está perdido para una humanidad que todavía no conoce una razón cierta que la justifique. Damos vueltas y vueltas imaginando que hay un propósito que niega todos los propósitos individuales, tan precarios, tan egoístas y tan vacíos.

Acabo de entregar las calificaciones de un curso que me acercó a un poco más de un centenar de jóvenes. Dieciséis semanas de trabajo para llegar a encontrar el talento de un músico que es capaz de tocar la música de los negros que rompieron la vigilancia y los cercos de unos bien olvidados hacendados del Sur de los Estados Unidos (la música de esos negros jamás se olvidará). Alguien más se hace preguntas acerca de la libertad, y cuestiona nuestros modelos formativos, la legislación, la sabiduría de sus padres, las verdades de la ciencia, la validez de unas normas... El mundo no se detiene, y afortunadamente quienes vamos pasando por él no tenemos más que unas pocas y muy limitadas respuestas a tanta inquietud que provoca.

Hace ya treinta años tuve en la ventana de mi cuarto, en las residencias de la Universidad del Valle (apenas unos meses antes del allanamiento con el que fueron clausuradas, por la época en que unos conjurados del Vaticano asesinaron a un Papa que reinó treinta y tres días), unas glocinias rojas, del rojo más profundo y verdadero. Las cuidé como se cuida todo lo que se quiere, y mis cuidados permitieron que cada flor que nacía sobreviviera más de veinte días.

Como las flores, los jóvenes de hoy se abren al mundo. No siempre tienen la fortaleza que uno espera cuando siente que las flores deben durar tanto como un deseo, pero sólo ellos tienen la posibilidad de hacer que haya opciones, escenarios diversos, nueva vida, No hay nada qué hacer: quienes vivimos previamente no podemos hacer otra cosa que asumir el papel de jardineros, o de vándalos que acaban con los jardines, o de espectadores que contemplan un paisaje y lo disfrutan pasivamente, pensando que está hecho simplemente para que nos asombremos y creamos en una belleza externa, superior, trascendente...


Hay flores. Y cada flor promete un fruto, así no sea exactamente el que se prevé (ya habló Darwin de la evolución, esa fuerza transformadora e inevitable que nos habita). Y hay flores que se secan, y hay flores que se dejan fecundar, y hay flores que se dejan cortar para que alguien las contemple o las regale.

En lo que a mí respecta, las flores son las voluntades y las ganas de quienes se asoman al mundo con rabia, con la idea de que les han legado una realidad que no tiene por qué ser la que escojan.

No hay flores de mil días (aunque hay una variedad que lo pretende). Hay simplemente flores, que desafían con sus colores la precariedad de un día, y sólo porque existen nos reconcilian con el Universo (y sabemos que hay tantos otros, que no somos siquiera realidades).

Quizás los jóvenes de ahora sean poco informados (lo son), y quizás su idea de comprender el mundo sea limitada (lo es). Hay quien dice que la "magia" de la tecnología los ha perdido: esa persona piensa que para ellos todo consiste en apretar botones y hallar respuestas. Seguramente tendrán mayores dificultades que yo lo docentes de mañana que se interesan por provocar una idea más amplia (compleja) del mundo. Ahora todo es tan simple y tan directo...

Cuando se trata de estar frente a un grupo uno se pregunta qué vale la pena decir y qué es importante proponer. Al final se entera de que no hay caso, lo que no significa que no hay esperanzas: hay algo más que los saberes que uno cree ciertos, y las encrucijadas de nuestros devenires obligarán a quienes vienen a pensar de otros modos.

Lo cierto es que no es aconsejable que nos creamos responsables o determinadores del futuro: la esperanza cierta (que no es "cierta esperanza") es que nuestros muchachos encuentren caminos diferentes de los que trazaron hace cincuenta o más años otros jóvenes, alucinados con la idea del progreso y la felicidad comprada en centros comerciales. Seguramente hay algo que podemos hacer quienes estamos cerca del olvido: animarlos, decirles que son todo y que todo lo pueden, convencerlos de que pueden hallarse si se buscan de veras. Y nada más.

Si hay flores....

martes, 15 de mayo de 2012

Día del Maestro (en Colombia)

Tuvimos un día más que movido. En el salón 503 de la Universidad Central (Sede Norte) mis chicos redactaban su ensayo final del curso "Construcción de Textos" cuando explotó la bomba. La ventana de atrás del salón me permitió ver un humo gris, y volví luego al grupo extrañado, estupefacto y aterrado. Pedí calma y fui a la ventana, y después decidí que había que correr a los salones que dan hacia el costado sur del edificio para poder saber qué había ocurrido: vi la buseta destruída (pensé que era el blanco de los terroristas) y un par de carros afectados en sus costados, teñidos de añil y despedazados sus costados. Después llegaron decenas de transeúntes curiosos y algo más tarde una ambulancia, un camión de bomberos y muchos agentes de la policía.

Por otro lado, y algunos minutos más tarde, dos o tres alumnos de semestres pasados me ofrecieron sus abrazos en el día del profesor.

A mis seis años de edad la señorita Elvira Camargo visitaba mi casa cada día, en el barrio El Recuerdo, para darme las primeras herramientas "académicas" en la vida: con ella aprendí a leer, sentado a la mesa del comedor de una casa que todavía añoro (la casa de mi sarampión y mi tosferina, enfermedades que me permitieron disfrutar de muchos cómics, un tipo de lectura que seguramente alimentó mis sueños).

Estuve en el colegio del Virrey Solís, dirigido por el implacable y enorme Fray Bernardo Angel (falleció hace un poco más de un año), un franciscano con voz de trueno a quien alguna vez engañé con el invento de que fingía fumar con tizas en los paraderos de la Calle 54 con carrera 7, donde esperé el transporte escolar durante dos años, antes de ser exiliado por "mal estudiante" a un internado en Facatativá y luego al Seminario Conciliar San Pedro Apóstol, de Cali, donde aprendí el gusto por el latín y las etimologías (que no el latín ni el saber de los etimólogos) y conocí al maestro Jaramillo, quien para sus estudiantes era apenas "Don Quijote", un estricto ortógrafo a quien seguramente debo la impecabilidad de algunos textos.

En el Virrey me encontré con Marín, Enciso y Betancourth (este último un huilense amante de la historia y la geografía). Con ellos aprendí bastante de gramática, caligrafía y algo de lo que ha hecho de este país lo que aún sigue siendo.

El seminario era un sitio bastante particular. Había muchas restricciones, pero también licencias para explorar territorios como la biblioteca, donde a mis doce años descubrí las Novelas Ejemplares de Cervantes, cuya lectura animó al cura Gómez a sugerirme que escribiera una parodia de el "Coloquio de los perros", tal vez mi primera producción literaria.

Diré que fueron maestros mi hermana y mi cuñado "de ocasión" (ella y él se separaron muy pronto), porque entre los libros que expropiaban a las librerías caleñas me encontré con muchas de mis mejores lecturas de juventud.

Por cuenta de mi escaso "espíritu seminarístico" terminé matriculado en el Colegio de Cárdenas (Palmira), donde finalmente pude hacerme bachiller. De allí recuerdo al profesor Insignares, un médico frustrado que terminó enseñando anatomía, a Edgar Londoño (profesor de química orgánica, un tipo paciente, metódico y amable), a Arcesio Betancur (con clases de trigonometría, materia que hacía fácil y amena).

Mi universidad me regaló a Jesús Martín, a Hernán Lozano (mi maestro de maestros), a Estanislao Zuleta (a quien conocí mejor cuando alguien tuvo la feliz idea de entregarme setenta casetes de audio y más de mil hojas mimeografiadas para que transcribiera sus clases y sus conferencias registradas por entusiastas escuchas de sus charlas y sus clases), a Guillermo Restrepo (un matemático genial, creador de una maestría en matemáticas puras), a Germán Colmenares (uno de los impulsores del movimiento de la Nueva Historia), a Jorge Enrique Villegas (filósofo por vocación, maestro grato y amigo).

Hernán Lozano me hizo sentir ganas por enseñar, pues me tomó como su monitor apenas cuando cursaba el tercer semestre de mi pregrado. De monitor pasé a docente en una academia de carreras intermedias y desde entonces no he podido dejar de emocionarme cuando converso con la gente que anda en búsqueda de caminos.

He trabajado en muchos campos (aún en campos de algodón, en Andalucía, Valle del Cauca, o en el campo de la venta a domicilio de moras, en Palmira, y en las calles de la zona industrial de Bogotá vendiendo abrasivos), pero pocas veces he sentido la satisfacción que provoca el reconocimiento de un estudiante que agradece el encuentro, porque la docencia no se funda en el saber de un personaje que impresiona a alguien sino en la capacidad de seducción con respecto a determinados asuntos, con el éxito en la provocación a personas que aceptan interrogarse a sí mismas, con la confusión debidamente sembrada en unas mentes que el fin encuentran razones diferentes a las que validan las verdades de las ciencias para pensar el mundo.

Feliz día, alumnos!!!